Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji]
#12
La gorra marine chocaba, resaltaba, llamaba la atención sobre su cabeza, y no porque le quedase mal. Desentonaba como desentona un bloque de hielo en mitad del desierto, como lo hace una traza negra en el mármol blanco o un abrigo en la playa bajo el sol de verano. Algo que simplemente no encajaba.

—¿Eh? ¿Así está mejor? —Con la gorra torcida a un costado la imagen era otra. La rectitud que el símbolo del brazo armado del Gobierno Mundial se distendía, perdía fuerza y, con ello, abrazaba mucho mejor la energía de Enji. Ese aire despreocupado, desdeñoso y arrogante por el que se lo conocía en toda la isla. O no. En realidad, en la isla se lo conocía por ir en calzones a todos lados.

El camino de tierra crecía largo frente a sus pies, pero enredados entre palabras se atravesaba rápido.

—Yo no lo hubiera dicho mejor —señaló y se llevó las manos detrás de la cabeza—. La gente de por aquí es mooooy estirada. Parece que todo se trate de rutinas y arroz para ellos. —Hizo una pausa y después agregó—: (...)y piñas. Sí, definitivamente piñas, aunque esa parte no me disgusta.

Se encogió de hombros. Siempre era entretenido darse de golpes con alguien. En especial allí, en la Isla del Karate, dónde hasta el perro callejero que vivía en un callejón tenía nociones de artes marciales. La doctrina que pregonaban rozaba lo ridículo. ¡Juraría haber cruzado a un ratón ninja! Junto a su correspondiente gato samurai.

El pueblo se asomó tras el horizonte y Enji se miró a sí mismo. ¿Que tenía de malo no llevar pantalones?

—Me pides mucho, baby —suspiró—, aunque por tí sabes que sería Batman.

Las miradas empezaron a atravesar a la peculiar pareja nada más salir de los campos de arroz e internarse en la urbanización. Enji solía atribuirse la culpa cuando caminaba solo o acompañado de algún pueblerino local, pero nadie, absolutamente nadie, se atrevería a señalar a otra persona que no fuera Ashera a la hora de elegir cual de los dos llamaba más la atención. El nudismo del marine y su falta de vergüenza palidecían al lado de los cuatro metros de mujer morena que caminaba a su derecha.

Se le infló un poco el ego de que lo vieran junto a ella. Más de una mirada reflejaba envidia al enfocarle y no era para menos, pensaba Enji. La que caminaba a su lado era una belleza exótica.

—¡Eh! Los ojos dónde pueda verlos, putos lengua de arroz. ¿Es que nunca vieron a una mujer? —Receloso, se paró en medio y trató de cortar cada línea de visión que apuntase a ciertas zonas del cuerpo de la lunarian, aunque para ello tuviera que dar saltos debido a su diferencia de tamaños.

El puesto de onigiris no estaba muy lejos. Era pequeño, diseñado para llevarse la comida o sentarse a comer contra la barra que daba a la propia cocina. Media cortina ocultaba la mitad superior de sus comensales de la vista de la calle.

Enji miró el puesto, miró a Ashera, miró el local de nuevo y se llevó la mano al mentón.

—Hm, creo que debería entrar yo —dedujo—. ¡Vuelvo en cinco!

Y entró en el local.

Protegido por la media cortina y atravesando la calle se escucharon gritos, insultos, risas y algunos golpes, solo para que cinco minutos después saliera Enji con una orden enorme de onigiris formando una pirámide sobre su brazo derecho y un taburete de acero, que debía estar clavado en el suelo, debajo de su brazo izquierdo.

—¡Mira! Les sobraba uno.
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RE: Crónica de una piña anunciada [Pasado | Enji] - por Enji - 25-02-2026, 07:48 AM

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