Horizonte personal [Presente Absoluto | Llegada]
#1
》》Día 22 de Verano del año 17

El traqueteo del casco contra el oleaje cambia de ritmo, pero no lo registro. Estoy sentada en un rincón de cubierta, el diario abierto sobre mis rodillas, los dedos manchados de tinta y sal. Recorto con cuidado cada columna que me interesa, alineando los bordes con una precisión que roza lo maniático.

—Señorita…

No levanto la vista.

Ahí están los nombres. Uker. Ubbe. Bajo el sello frío de Wanted. Sus rostros fijados en esa expresión neutra con la que el Gobierno transforma vidas en cifras.

Ubbe no me sorprende. Su rebeldía siempre fue un incendio mal disimulado; era cuestión de tiempo que alguien decidiera ponerle precio. Hay orgullo en verlo sostener su naturaleza sin doblegarse… y hay preocupación, la misma que aprieta el pecho cuando uno sabe que el mundo no perdona a los indomables.

Uker es distinto.

No entiendo cómo ha terminado ahí. No encaja en el molde fácil de “pirata” que imprimen los periódicos. Eso me inquieta más que cualquier cifra. Si lo han catalogado así, algo se ha torcido en el tablero… o alguien ha decidido mover piezas con intención.

Doblo ambos recortes y los separo con cuidado. Orgullo y alarma pesan igual en mis manos.

Paso la página.

Otra noticia captura mi atención: Ashura, líder de los Mushoku, se ha condecorado como Shichibukai en una isla más allá del Grand Line. Hachinosu. El título implica reconocimiento, poder legitimado. Si esa isla se convierte en eje estratégico, necesito saber cómo llegar, a qué puerto dirigirme, qué rutas la conectan con el resto del mundo. Las coordenadas empiezan a ordenarse en mi mente como un mapa en construcción.

—Señorita, hemos llegado.

Parpadeo apenas. Sigo leyendo.

Porque entre los nombres vinculados a esa tripulación aparece uno que me obliga a contener una sonrisa involuntaria.

Quetzalli Junior.

El pirata enmascarado.

Mi vieja fascinación, esa que siempre disfrazo de análisis frío para que nadie note cuánto me importa. Recuerdo perfectamente la primera vez que vi su imagen impresa: la máscara cubriéndole el rostro como un juramento, el cuerpo suspendido en pleno giro, capturado en una curva imposible. Recorté esa página también. La guardé.

Mientras otros señalaban crímenes, yo repasaba la línea de sus hombros, la colocación exacta de los pies antes del impulso, la limpieza del aterrizaje. Decían “peligroso” y a mí se me aceleraba el pulso. Decían “pirata” y yo veía a alguien que dominaba su propio peso como si la gravedad fuera una sugerencia.

Nunca lo admití en voz alta, pero durante años imaginé que algún día lo tendría enfrente. Que me miraría con esa máscara indescifrable y, sin burlarse, me diría dónde colocar el centro, cómo girar sin dudar, cómo caer y volver a levantarme sin perder estilo. No era solo un capricho adolescente.

Era admiración.

De la que se siente en el estómago.

—¡Señorita! ¡Baterilla!

Esta vez la voz me atraviesa.

Levanto la vista. El pesquero ya está amarrado. La cubierta vibra con pasos apresurados, sogas tensándose, órdenes cruzadas. La costa se extiende frente a nosotros, tangible.

— Sí, ya voy — respondo al fin.

Doblo los recortes y los guardo entre mis pertenencias: Uker. Ubbe. Hachinosu. Quetzalli Junior. Nombres que ya no son simples noticias, sino líneas que empiezan a cruzarse con mi propio trayecto.

Me pongo de pie. La madera cruje bajo mis botas mientras avanzo hacia la pasarela. El aire de Baterilla es denso, cargado de movimiento y posibilidades.

Desciendo del pesquero con el periódico aún bajo el brazo.

Vine por oportunidades comerciales.

Pero el horizonte acaba de volverse, también, inevitablemente personal.



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Horizonte personal [Presente Absoluto | Llegada] - por Asherah Bel-Nadin - 25-02-2026, 06:56 PM

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