Aquella chica parecía tener la alegría en el alma, reflejada en la manera tan amistosa en que había respondido a sus palabras. Normalmente, muchos intentarían salir del paso ante una conversación así, sobre todo por el peculiar atuendo de aquel chico moreno que ahora reía junto a ella por la cómica anécdota del sujeto al que habían tenido que dar un baño de sillas y empujones antes de que ella subiera al escenario.
La música comenzó a sonar con ese Jazz/Rock-Blues que llenaba el ambiente del bar, invitando a más clientes a entrar. Algunas personas se acercaron al escenario para escuchar mejor, mientras Bones permanecía sentado con su naturalidad peculiar, asintiendo con una sonrisa apenas insinuada antes de responder:
—Mucho gusto, Miyori. Puedes decirme Doctor Bones o simplemente “Bones”, para abreviarlo.
Lo dijo de corrido, como si ya tuviera mentalizada aquella presentación.
El anciano aún se mantenía en el lugar, observando a los músicos unos segundos antes de volverse hacia la chica.
—No es nada, no sienta pena por pedir algo para beber.—dijo amablemente el dueño del local el cual respondió otra vez cuando Miyo le dijo que recién se habían conocido—. Pues quién lo diría, pensé que al verlos tan animados ya llevarían bastante tiempo siendo amigos.
El hombre rió, pero algo los sobresaltó tanto a él como al médico brujo. En el momento en que Bones sacó sus cartas y comenzó a hacerlas girar entre sus dedos con esa naturalidad tan representativa suya, la chica dio un golpe en la mesa que habría sobresaltado incluso a los músicos, de no estar tan concentrados en sus instrumentos. Po parte del dueño del lugar también dio un pequeño quejido de sorpresa al sentir el golpe de Miyo.
—¿¡Eres mago!?
Bones no pudo evitar sorprenderse ante aquella pregunta, sobre todo viniendo de alguien que parecía compartir su amor por los trucos de cartas. Un breve recuerdo cruzó su mente: la primera vez que intentó hacer magia frente a sus primos.
[spoiler=Flashback]
En la aldea, muchos de los hombres más respetados eran los médicos brujos por su sabiduría ancestral y su conocimiento de los caminos espirituales, más allá de la simple medicina. Se trataba de rituales serios, por lo que cualquier otro tipo de “magia” no era bien visto
En ese entonces, el pequeño Bones no tendría más de seis años. Era una época en que las cosas marchaban bien en la tribu. Sin embargo, para él no todo era sencillo. Sus primos, Lou y Kai, solían burlarse porque quería ser mago. Aunque para ellos fuera una broma inocente, a Bones le dolía no estar aún a la altura de un médico brujo, sabiendo que le quedaba mucho camino por recorrer.
A eso se sumaba el amor especial que sentía por el ilusionismo, aprendido gracias a un mago viajero que realizaba espectáculos por el mundo y que se había perdido por Centaurea. Aquel hombre solo le enseñó algunos trucos, pero fueron suficientes para encender una chispa. Desde entonces, Bones caminaba con un sombrero de copa improvisado con pieles y una capa cosida por su madre con telas sobrantes, imitando al artista que tanto lo había maravillado.
—Oye, enano, ¿qué son esas ropas tan ridículas? ¿Quieres que todos se rían en las reuniones de médicos brujos? —dijo Lou.
—¿¡Qué diablos llevas puesto!? ¡Bwahahaha! —añadió Kai, casi llorando de risa.
El pequeño Bones entrecerró las cejas con una actitud tan intimidante como la de un cachorro con sombrero y capa. Su largo colmillo derecho lo hacía parecer un pequeño vampiro enfadado.
—¡NO SHE RÍAN! ¡ESH UN DISFRAZ PARA HASHER TWRUCOS DE MAGIA, EWA! —gritó molesto, con esa pronunciación afectada por su colmillo.
—¿Y qué “twucos” puedes hacer, enano? —preguntó Lou, cruzándose de brazos.
Ante la presión, el pequeño se puso nervioso. Intentó ordenar las cartas, pero se le cayeron de sus torpes dedos de seis años. Las risas de sus primos fueron inevitables.
Corrió a casa intentando que no vieran sus lágrimas. Se lanzó sobre la cama de su abuela apenas llegó. La puerta se abrió con violencia, alertando a la anciana que estaba en la cocina y se apresuro a verle.
—¡Ebawa! ¿Qué te sucedió, pequeño mío? —preguntó al verlo abrazado a la almohada, sollozando.
—Lou y Kai she rieron de nuewo porque quiero hasher twrucos de cartas… Ellos dishen que es una tontería, pero yo sé que no es shierto, “Grann”.
La mujer sonrió con ternura, sentándose a su lado para acariciar su cabello negro y limpiar las lágrimas que caían por sus mejillas de esos grandes ojos de pupilas rojas.
—No les hagas caso, cariño. Las cosas se logran intentándolo y fallando. Nada cambiará si sigues llorando. Solo cambiará si practicas y les demuestras que están equivocados.
Esas palabras le llegaron al pecho. Su abuela siempre había sido su inspiración para no rendirse.
—¡Grashas, Grann!
La anciana lo abrazó con la calidez que solo una matriarca puede ofrecer.
—He visto que estás muy interesado en la magia. Con algo del dinero que me sobró, le pedí al sastre del pueblo que te hiciera un traje más apropiado para el gran ilusionista que va a ser mi nieto.
—¿¡En sherio, Grann!? ¡Grashiash! ¡Iré a pwacticar mis trwucos para cuando tengash listo el trwaje!
Esa tristeza desapareció tan rápido como habia aparecido, haciendo que la sonrisa de su abuela se ensanchara al ver a aquel chico con tanta dedicación por aquellos juegos de cartas ya que era normal que lo mimara de sobremanera.
Dos semanas después, regresó decidido. Vestía un traje similar al que usaría en el futuro, viéndose como un pequeño gato montés con sombrero de copa y aquel colmillo asomando con orgullo.
—¿Otra vez aquí, dientes mágicos? Veo que te la abuela te hizo un traje nuevo. Aunque eso no ayudara a lo mal que.... —empezó Lou.
Fue interrumpido cuando Bones desplegó un abanico de cartas sin explicación ni presentaciones.
—¡Shaca una carta! ¡Métela en el mazo shin yo ver!
Sus primos lo hicieron entre risas, barajando exageradamente.
Bones tomó el mazo, lo barajó con mayor habilidad que antes y sacó una carta.
—¿Esh eshta tu carta?
Mostró un Joker. Lou y Kai estallaron en carcajadas.
—Le erraste de nuevo, dientes largos. Rio Kai.
Entonces giró el mazo mostrando que todas las cartas que se habían convertido en Jokers.
—Puesh no she qué pasho… cuando ustedes tocaron lash cartash, todas se volvieron unos payashosh como ustedes. Pero es sholo cosha de golpear aquí…
Golpeó suavemente una carta y esta cambió al 8 de corazones, la carta que habian elegido ambos hermanos.
— Ambos primos gemelos se tomaron la cabeza sin entender como habia hecho eso, viéndose en sus ojos la clara sorpresa del acto de magia. ¿Q-qué? ¿¡Cómo!? Dijo Lou mientras que Kai solo reía y aplaudía con honesta diversión por la habilidad de su primo pequeño
Los chicos quedaron boquiabiertos.
—Oye, Baltazar… tienes talento —dijo Kai, llamándolo por su nombre.
—Al parecer nos equivocamos contigo Balti —añadió Lou con ese apodo cariñoso mientras le revolvía el cabello juguetonamente.
El recuerdo se desvaneció, y Bones volvió al presente, encontrándose con los ojos brillantes de la chica y su emoción por ver sus trucos de magia. Aquella memoria le arrancó una sonrisa más amplia de lo habitual, dejando ver sutilmente su colmillo mientras sonreía ahora ya mas expresivamente.
—Así es, soy mago. Y uno muy bueno, si se me permite decirlo.
Realizó algunos trucos más elaborados, dejando caer las cartas con destreza antes de hacerlas desaparecer con un giro de dedos y reaparecerlas en la otra mano.
El dueño del lugar sonrió al verlos conversar animadamente y acercó una silla.
—Debo revisar la cocina. Los dejo, disfruten del show.
Se alejó, dejándolos solos bajo las dulces notas de la banda y las luces del escenario.
La música comenzó a sonar con ese Jazz/Rock-Blues que llenaba el ambiente del bar, invitando a más clientes a entrar. Algunas personas se acercaron al escenario para escuchar mejor, mientras Bones permanecía sentado con su naturalidad peculiar, asintiendo con una sonrisa apenas insinuada antes de responder:
—Mucho gusto, Miyori. Puedes decirme Doctor Bones o simplemente “Bones”, para abreviarlo.
Lo dijo de corrido, como si ya tuviera mentalizada aquella presentación.
El anciano aún se mantenía en el lugar, observando a los músicos unos segundos antes de volverse hacia la chica.
—No es nada, no sienta pena por pedir algo para beber.—dijo amablemente el dueño del local el cual respondió otra vez cuando Miyo le dijo que recién se habían conocido—. Pues quién lo diría, pensé que al verlos tan animados ya llevarían bastante tiempo siendo amigos.
El hombre rió, pero algo los sobresaltó tanto a él como al médico brujo. En el momento en que Bones sacó sus cartas y comenzó a hacerlas girar entre sus dedos con esa naturalidad tan representativa suya, la chica dio un golpe en la mesa que habría sobresaltado incluso a los músicos, de no estar tan concentrados en sus instrumentos. Po parte del dueño del lugar también dio un pequeño quejido de sorpresa al sentir el golpe de Miyo.
—¿¡Eres mago!?
Bones no pudo evitar sorprenderse ante aquella pregunta, sobre todo viniendo de alguien que parecía compartir su amor por los trucos de cartas. Un breve recuerdo cruzó su mente: la primera vez que intentó hacer magia frente a sus primos.
[spoiler=Flashback]
En la aldea, muchos de los hombres más respetados eran los médicos brujos por su sabiduría ancestral y su conocimiento de los caminos espirituales, más allá de la simple medicina. Se trataba de rituales serios, por lo que cualquier otro tipo de “magia” no era bien visto
En ese entonces, el pequeño Bones no tendría más de seis años. Era una época en que las cosas marchaban bien en la tribu. Sin embargo, para él no todo era sencillo. Sus primos, Lou y Kai, solían burlarse porque quería ser mago. Aunque para ellos fuera una broma inocente, a Bones le dolía no estar aún a la altura de un médico brujo, sabiendo que le quedaba mucho camino por recorrer.
A eso se sumaba el amor especial que sentía por el ilusionismo, aprendido gracias a un mago viajero que realizaba espectáculos por el mundo y que se había perdido por Centaurea. Aquel hombre solo le enseñó algunos trucos, pero fueron suficientes para encender una chispa. Desde entonces, Bones caminaba con un sombrero de copa improvisado con pieles y una capa cosida por su madre con telas sobrantes, imitando al artista que tanto lo había maravillado.
—Oye, enano, ¿qué son esas ropas tan ridículas? ¿Quieres que todos se rían en las reuniones de médicos brujos? —dijo Lou.
—¿¡Qué diablos llevas puesto!? ¡Bwahahaha! —añadió Kai, casi llorando de risa.
El pequeño Bones entrecerró las cejas con una actitud tan intimidante como la de un cachorro con sombrero y capa. Su largo colmillo derecho lo hacía parecer un pequeño vampiro enfadado.
—¡NO SHE RÍAN! ¡ESH UN DISFRAZ PARA HASHER TWRUCOS DE MAGIA, EWA! —gritó molesto, con esa pronunciación afectada por su colmillo.
—¿Y qué “twucos” puedes hacer, enano? —preguntó Lou, cruzándose de brazos.
Ante la presión, el pequeño se puso nervioso. Intentó ordenar las cartas, pero se le cayeron de sus torpes dedos de seis años. Las risas de sus primos fueron inevitables.
Corrió a casa intentando que no vieran sus lágrimas. Se lanzó sobre la cama de su abuela apenas llegó. La puerta se abrió con violencia, alertando a la anciana que estaba en la cocina y se apresuro a verle.
—¡Ebawa! ¿Qué te sucedió, pequeño mío? —preguntó al verlo abrazado a la almohada, sollozando.
—Lou y Kai she rieron de nuewo porque quiero hasher twrucos de cartas… Ellos dishen que es una tontería, pero yo sé que no es shierto, “Grann”.
La mujer sonrió con ternura, sentándose a su lado para acariciar su cabello negro y limpiar las lágrimas que caían por sus mejillas de esos grandes ojos de pupilas rojas.
—No les hagas caso, cariño. Las cosas se logran intentándolo y fallando. Nada cambiará si sigues llorando. Solo cambiará si practicas y les demuestras que están equivocados.
Esas palabras le llegaron al pecho. Su abuela siempre había sido su inspiración para no rendirse.
—¡Grashas, Grann!
La anciana lo abrazó con la calidez que solo una matriarca puede ofrecer.
—He visto que estás muy interesado en la magia. Con algo del dinero que me sobró, le pedí al sastre del pueblo que te hiciera un traje más apropiado para el gran ilusionista que va a ser mi nieto.
—¿¡En sherio, Grann!? ¡Grashiash! ¡Iré a pwacticar mis trwucos para cuando tengash listo el trwaje!
Esa tristeza desapareció tan rápido como habia aparecido, haciendo que la sonrisa de su abuela se ensanchara al ver a aquel chico con tanta dedicación por aquellos juegos de cartas ya que era normal que lo mimara de sobremanera.
Dos semanas después, regresó decidido. Vestía un traje similar al que usaría en el futuro, viéndose como un pequeño gato montés con sombrero de copa y aquel colmillo asomando con orgullo.
—¿Otra vez aquí, dientes mágicos? Veo que te la abuela te hizo un traje nuevo. Aunque eso no ayudara a lo mal que.... —empezó Lou.
Fue interrumpido cuando Bones desplegó un abanico de cartas sin explicación ni presentaciones.
—¡Shaca una carta! ¡Métela en el mazo shin yo ver!
Sus primos lo hicieron entre risas, barajando exageradamente.
Bones tomó el mazo, lo barajó con mayor habilidad que antes y sacó una carta.
—¿Esh eshta tu carta?
Mostró un Joker. Lou y Kai estallaron en carcajadas.
—Le erraste de nuevo, dientes largos. Rio Kai.
Entonces giró el mazo mostrando que todas las cartas que se habían convertido en Jokers.
—Puesh no she qué pasho… cuando ustedes tocaron lash cartash, todas se volvieron unos payashosh como ustedes. Pero es sholo cosha de golpear aquí…
Golpeó suavemente una carta y esta cambió al 8 de corazones, la carta que habian elegido ambos hermanos.
— Ambos primos gemelos se tomaron la cabeza sin entender como habia hecho eso, viéndose en sus ojos la clara sorpresa del acto de magia. ¿Q-qué? ¿¡Cómo!? Dijo Lou mientras que Kai solo reía y aplaudía con honesta diversión por la habilidad de su primo pequeño
Los chicos quedaron boquiabiertos.
—Oye, Baltazar… tienes talento —dijo Kai, llamándolo por su nombre.
—Al parecer nos equivocamos contigo Balti —añadió Lou con ese apodo cariñoso mientras le revolvía el cabello juguetonamente.
El recuerdo se desvaneció, y Bones volvió al presente, encontrándose con los ojos brillantes de la chica y su emoción por ver sus trucos de magia. Aquella memoria le arrancó una sonrisa más amplia de lo habitual, dejando ver sutilmente su colmillo mientras sonreía ahora ya mas expresivamente.
—Así es, soy mago. Y uno muy bueno, si se me permite decirlo.
Realizó algunos trucos más elaborados, dejando caer las cartas con destreza antes de hacerlas desaparecer con un giro de dedos y reaparecerlas en la otra mano.
El dueño del lugar sonrió al verlos conversar animadamente y acercó una silla.
—Debo revisar la cocina. Los dejo, disfruten del show.
Se alejó, dejándolos solos bajo las dulces notas de la banda y las luces del escenario.
