26-02-2026, 06:29 PM
(Última modificación: 27-02-2026, 10:12 AM por Vegapunk.
Razón: Fix Código
)
Massimo salió de su casa cuando el sol apenas asomaba tras las chabolas. La puerta, un tablón apoyado contra el marco, la dejó igual que siempre: encajada, suficiente para que nadie entrara sin hacer ruido. No tenía nada de valor, pero tampoco le apetecía encontrarse con visitas inesperadas al volver.
Caminó por las calles de tierra pisoteada, esquivando charcos de la noche anterior, saludando con un gesto a los que ya le conocían. Un viejo que barría la entrada de su casa levantó la mano. Massimo asintió. Una mujer que colgaba ropa en una cuerda le ofreció una sonrisa tímida. Él siguió andando.
Primero fue al mercado. No a comprar, sino a ver. Allí conocía a media docena de comerciantes que de vez en cuando necesitaban alguien para cargar cajas o mover mercancías pesadas. Hoy no había suerte.
-¿Hm? ¡Ah, eres tu! Hoy no tenemos carga pesada para ti, ¡lo siento!- Dijo el tendero con una risa de oreja a oreja. En cambio, Dooti…
-Hmph… Pues vaya…- Y como vino, se fue, en silencio.
Luego cruzó hacia las casas de la zona más humilde, las que estaban pegadas al río. Allí vivía la gente que no podía pagar un médico de verdad, los que aceptaban sus manos torcidas y sus ungüentos de hierbas con gratitud sincera. Visitó a un par de enfermos. Un niño con fiebre, al que recetó reposo y agua fresca. Un hombre con una herida en la pierna que se estaba infectando; lo limpió y lo vendó con lo que tenía mas a mano.
-¡Gracias señor!- Una vez mas, una sonrisa de oreja a oreja. Pero Dooti…
-... Si. De nada.- De nuevo, una respuesta seca y se fue en silencio.
No cobraba. A veces aceptaba comida, a veces un "gracias" bastaba. Hoy le dieron una hogaza de pan y un trozo de queso. Comió mientras caminaba, sin prisa, sin detenerse.
La tarde lo encontró en los escalones de piedra que bajaban al río. Su sitio. Le gustaba el rumor del agua, el silencio de la otra orilla, el cielo abierto sobre su cabeza.
Se sentó. Apoyó la espalda en la pared. Estiró las piernas. La gabardina se abrió ligeramente, dejando ver las vendas que cubrían parte de su torso, las cicatrices que asomaban por los bordes. No había nadie cerca. Podía permitirse estar un poco más relajado.
Rebuscó en uno de los bolsillos interiores de su gabardina. Su gran mano descubrió un ajado y oxidado saxofón. Una baratija que se encontró por ahí tirada hace ya tiempo.
La miró con pena y, con mucho cuidado y dificultad a causa de las heridas de sus manos comenzó a ajustar los pistones. De vez en cuando posaba sus labios sobre la boquilla para soltar algún que otro “TOOT”, a modo de comprobación.
Cuando el tono era el adecuado gruñó satisfecho. Tomó una bocanada de aire y…
Hoy sonaba algo triste.
Caminó por las calles de tierra pisoteada, esquivando charcos de la noche anterior, saludando con un gesto a los que ya le conocían. Un viejo que barría la entrada de su casa levantó la mano. Massimo asintió. Una mujer que colgaba ropa en una cuerda le ofreció una sonrisa tímida. Él siguió andando.
Primero fue al mercado. No a comprar, sino a ver. Allí conocía a media docena de comerciantes que de vez en cuando necesitaban alguien para cargar cajas o mover mercancías pesadas. Hoy no había suerte.
-¿Hm? ¡Ah, eres tu! Hoy no tenemos carga pesada para ti, ¡lo siento!- Dijo el tendero con una risa de oreja a oreja. En cambio, Dooti…
-Hmph… Pues vaya…- Y como vino, se fue, en silencio.
Luego cruzó hacia las casas de la zona más humilde, las que estaban pegadas al río. Allí vivía la gente que no podía pagar un médico de verdad, los que aceptaban sus manos torcidas y sus ungüentos de hierbas con gratitud sincera. Visitó a un par de enfermos. Un niño con fiebre, al que recetó reposo y agua fresca. Un hombre con una herida en la pierna que se estaba infectando; lo limpió y lo vendó con lo que tenía mas a mano.
-¡Gracias señor!- Una vez mas, una sonrisa de oreja a oreja. Pero Dooti…
-... Si. De nada.- De nuevo, una respuesta seca y se fue en silencio.
No cobraba. A veces aceptaba comida, a veces un "gracias" bastaba. Hoy le dieron una hogaza de pan y un trozo de queso. Comió mientras caminaba, sin prisa, sin detenerse.
La tarde lo encontró en los escalones de piedra que bajaban al río. Su sitio. Le gustaba el rumor del agua, el silencio de la otra orilla, el cielo abierto sobre su cabeza.
Se sentó. Apoyó la espalda en la pared. Estiró las piernas. La gabardina se abrió ligeramente, dejando ver las vendas que cubrían parte de su torso, las cicatrices que asomaban por los bordes. No había nadie cerca. Podía permitirse estar un poco más relajado.
Rebuscó en uno de los bolsillos interiores de su gabardina. Su gran mano descubrió un ajado y oxidado saxofón. Una baratija que se encontró por ahí tirada hace ya tiempo.
La miró con pena y, con mucho cuidado y dificultad a causa de las heridas de sus manos comenzó a ajustar los pistones. De vez en cuando posaba sus labios sobre la boquilla para soltar algún que otro “TOOT”, a modo de comprobación.
Cuando el tono era el adecuado gruñó satisfecho. Tomó una bocanada de aire y…
Hoy sonaba algo triste.
