A Kibai le parecía que le iba a estallar la cabeza.
Maldita sea, en qué momento había pensado que era buena idea decirle a aquella loca que él la acompañaría? María o MM como ella misma se había hecho llamar, era peor que tratar de cuidar a una camada de Minks conejo en una tienda de zanahorias. La joven se había parado, sin exagerar, cada seis o siete metros en su camino hacia el mercado de los muelles. Y no una parada simple para ojear una mercancía o preguntar un precio de una tienda, no.
MM se paraba a charlar, hacía comentarios completametne sin sentido y sencillamente paecía completamente sumida en su propio mundo, ajena a todo lo que no despertase su atención inmediata. Más de una vez Kibai tuvo que redirigirla porque paecía empeñada en seguir cada ruta o callejón que se desviaba del camino hacia su destino. El mink, aunque en un inicio había querido protger a aquella chica de cualquiera lo suficientemente miserable para aprovecharse de su bondad manifiesta, se iba sintiendo menos como un escolta y más como alguien que dirigía una corriente de energía caótica, tratando de que esta no se estrellase contra cada puesto o ciudadano hacia los que feuse atraída.
El episodio de la niña fue el más estresante de todos. Kibai caminaba con las manos en los bosillos, mientras Maria cotorreaba sin parar acerca de a saber qué cosa, un batiburrillo de frases que él no podía entender, moviendo casi por reflejos su cabeza cuando ella alargaba la mano a sus bigotes y lamentándose una vez más por su mala suerte, cuando una niña con un gato en brazos alargó una mano señalando hacia él.
— WoW ¿Serás algún día así de grande, Pipi?
Kibai iba a abrir la boca cuando MM intervino, no solo alimetnando las ilusiones de la pequeña, sino que se volvió a referir a él como "Peluche". El mink hizo rechinar los colmillos sonoramente entre si, preguntándose cómo de mal vería Stroud que les sirviese cola de sirena a la parrilla aquella noche para cenar.
Por fortuna, la escena no se alargó más de lo estrictamente necesario. La joven peliazul le regaló una manzana a la niña y continuó su camino dando pequeño saltitos.
Cuando por fin llegaron a la zona que aquel tendero les había recomendado. La zona era bastanta bulliciosa, con multiples puestos de mercancía fresca que los barcos del muelle aún continuaban descargando en el momento en el que Kibai por fin consiguió arrancar a MM de su última parada. El mink pensó que por fin podrían encontrar las especies y el ajinomoto que la chica buscaba. Después podría dejarla en su barco y olvidarse de...
¡Es perfecto, Goldie!
Goldie...
Goldie...
Goldie...
Las garras de Kibai salieron solas.
Se giró bruscamente para encarar a la joven, pero esta ya había abandonado su lado, y estaba en pleno éxtasis delante de una tienda de ponchos, examinando diferentes telas mientras miraba hacia él, descartando prendas una tras otra, formando un montón ante la pobre mirada de la anciana que atendía el puesto.
— Señora ¿Tiene ese dorado en talla como para mí, pero más grande y hacia arriba y los lados? Que sea muy abrigador por las noches, y fresco por el día...
Mientras tomaba aliento para calamrse, Kibai se dirigió a grandes pasos hacia allí, pero antes de que pudiese pronunciar palabra, MM se dio la vuelta y le calzó un poncho directamente por la cabeza.
— Goldie, no sé cómo decírtelo… aquí se acaba tu desnudez de callejero…
El mink se agitó dentro de la tela, tratando de encontrar el agujero para sacar la cabeza. Cuando finalmente lo consiguió, la joven de pelo azul seguía parloteando sin cesar.
Kibai no lo soportó más. Con una mano firme le tapó la boca y le sujetó una de las manos con la otra, acercando su rostro y clavándole una mirada seria que habría usado para tratar con un niño que había hecho una travesura.
— Primero, mi nombre es Kibai, ni Goldie, ni Peluche, ni gatito, de acuerdo? Ki. Bai. Segundo, no soy un gato, soy un leopardo. Para nosotros es muy ofensivo que nos confundan, de acuerdo? Es como si a ti te llamo trucha, o salmonete, o esturión...
Haciendo un gesto a la anciana de que no ocurría nada, el mink soltó a MM y se estiró la tela del poncho. La verdad es que no le quedaba mal, y en aquella isla, hasta encajaba bastante.
— Y tercero, no voy desnudo, es el conjunto que el dueño de la tienda me ofreció. Pero gracias por el poncho, me gusta, en serio. Ahora, si quieres podemos darnos una vuelta por aquí y encontraremos las cosas que necesitas. Después te acompañaré hasta dónde están tus amigos, te parece bien?
Separándose un poco de la joven, Kibai introdujo ambas manos en los bolsillos. Lo cierto es que le dolía enfadarse con un ser a todas luces tan inocente, pero por otro lado, el latido constante en una de sus sienes le decía que si él no se lo decía, aquella joven podía acabar mal. El recuerdo de la mirada lasciva del tendero le hizo crispar la mandíbula. Si el no hubiese llegado a pasar por allí...
— Y perdona si te he asustado, te aseguro que no era mi intención.
Tratando de quitar hierro al asunto, Kibai se echó un paso atrás y dio un giro en redondo que hizo revolotear el poncho, sonrió hacia ella, sacando la cadena con la rosa para que luciese por fuera.
— Venga, dime: Cómo me queda? Ah, y ahora tenemos que comprarte algo a ti, y no pienso discutirlo.
— Venga, dime: Cómo me queda? Ah, y ahora tenemos que comprarte algo a ti, y no pienso discutirlo.
Vestimenta de Kibai
La Caja de Pandora
