Musica de inicio
La cima de la montaña se le antojaba un mundo aparte, un santuario aislado que se alzaba por encima del griterío y el humo de la Isla Kárate. Allí arriba, el aire era tan limpio que parecía cristal. El gran arco Torii, recortado en sombra contra el cielo estrellado, actuaba como un umbral para las luces multicolores de los fuegos artificiales que seguían lanzando desde la ciudad. Al cruzarlo, Kibai sintió que dejaba atrás sus responsabilidades como oficial de la Marina, al menos por unas horas.
Se quedó quieto, de pie, apoyado contra el arco, observando a Asherah. La luz intermitente de los fuegos artificiales que estallaban muy por debajo, sobre la bahía, bañaba la figura de la Lunarian con pulsos de colores eléctricos: azules fríos, rojos vibrantes, dorados profundos. Kibai se tomó su tiempo, permitiéndose el lujo de admirarla sin disimulo.
Con una calma estudiada, Asherah tomó la capa de oficial de Kibai, esa prenda que él le había entregado con tanto respeto, y la acomodó sobre una raíz gruesa y retorcida de uno de los árboles de la cima, lejos del polvo del suelo. El gesto, simple en apariencia, tocó una fibra sensible en el Mink. Ella no la había tirado; la había cuidado. Acto seguido, con un movimiento fluido de sus inmensas alas negras que desplazó el aire a su alrededor, desplegó su propio kimono sobre la hierba rala y la roca oscura, creando una superficie rectangular y limpia.
Kibai quedó hipnotizado por su postura mientras se acomodaba. La joven Lunarian se sentó con una gracia contenida, recogiendo las piernas hacia un lado, con las alas plegadas con precisión milimétrica tras su espalda. Había una cierta solemnidad en su silueta. El linde de su escote, realzado por el encaje y el colgante que subía y bajaba con su respiración serena, captó la luz de un estallido plateado en el cielo, y Kibai sintió que su pulso, ya acelerado por la escalada, daba un vuelco adicional.
— Es magnífica... y está aquí, contigo, Kibai. No lo estropees. — murmuró la vocecilla en su cabeza, que había conseguido liberarse por fin, aunque esta vez hablaba con un tono de urgencia casi reverente.
Tras la invitación de Asherah, que señaló el espacio junto a ella con una mano apoyada en la tela, Kibai asintió. Caminó lentamente, consciente de cada paso sobre la roca, tratando de recuperar la compostura militar que se le escapaba por momentos. Se sentó a su lado sobre el kimono extendido, sintiendo la proximidad de su cuerpo como una fuente de calor sutil en la noche fría. La diferencia de tamaño seguía siendo abrumadora, pero en este espacio privado, esa diferencia parecía difuminarse, convirtiéndose en una fuente de tensión más que de barrera.
Con dedos cuidadosos, Kibai desató la bolsa de tela que colgaba de su pecho. Sacó los cuatro onigiris perfectos, envueltos en alga nori oscura, y los extendió sobre la tela entre los dos con una sonrisa sincera.
— La comida es la clave de cualquier cita exitosa, incluso aunque sea en un lugar tan espectacular como este — dijo, tratando de infundir humor a su tono para ocultar el rastro de nerviosismo que aún persistía en su voz.
Mantuvo el manojo de uvas rojas guardado en el fondo de la bolsa. Su instinto de cocinero (y un instinto más primitivo y depredador), le decía que no era el momento adecuado para el postre. Había un orden para las cosas, una progresión que no debía apresurarse.
Ambos se sumergieron en el silencio, comiendo con calma mientras contemplaban el espectáculo que se desarrollaba bajo sus pies. Desde esa altura, los fuegos artificiales no eran estallidos ensordecedores, sino flores de luz silenciosas que se abrían sobre el cuenco de luces de la isla. El viento se llevaba el humo y el ruido, dejándoles solo la belleza visual.
Kibai comía despacio, saboreando el arroz condiemtnado y el relleno, pero su atención estaba dividida. Su cola de leopardo, actuando con una voluntad propia e independiente, comenzó a moverse con una cadencia lenta y rítmica. Como si buscara confirmar la realidad de la criatura que tenía al lado, la punta de su cola rozó, suavemente, las plumas inferiores del ala derecha de Asherah. El roce se repitió, una y otra vez, al ritmo de las explosiones de luz en el cielo, creando un lenguaje silencioso entre ambos.
El Mink dio el último bocado a su primer Onigiri, limpiándose un grano de arroz del pelaje de la barbilla. Miró a Asherah de reojo, con los ojos verdes brillando bajo la luz intermitente.
— Tengo que admitirlo, Asherah — murmuró, con una voz que había perdido su tono oficial para volverse más baja, más íntima —, el estofado estaba delicioso, y este arroz no está nada mal... pero la compañía... —hizo una pausa deliberada, dejando que la palabra flotara en el aire frío. — la compañía es infinitamente mejor. Y mucho más apetitosa.
La confesión quedó suspendida entre ambos, pero Kibai no sintió que fuese algo que los alejase. Ya no. Aquello era una declaración de intenciones clara, una ruptura de la barrera de la cortesía. El mundo inferior parecía una abstracción lejana; allí arriba, solo existían ellos dos, y las luces de los fuegos de artificio.
Musica para el momentaso
Cuando terminaron el último onigiri, Kibai decidió que era el momento de la verdad. Se levantó con un movimiento ágil, estirando las piernas. Se acercó a la bolsa de tela y, con una sonrisa que ya no tenía nada de traviesa y sí mucho de malvada, extrajo el manojo de uvas rojas. Estaban tensas y maduras, y podía olerlas incluso dentro de la bolsa.
Volvió hacia donde Asherah estaba sentada. En lugar de sentarse frente a ella o a su lado, Kibai se movió con velocidad felina, colocándose tras su espalda. Antes de que ella pudiera reaccionar, desenrolló su cola de leopardo y la envolvió con firmeza alrededor de la inmensa cintura de la Lunarian. No fue un agarre agresivo, pero si posesivo. Con un tirón decidido de su cola, Kibai la hizo tumbarse hacia atrás, usando su propio cuerpo como respaldo para amortiguar su caída.
La cabeza de Asherah aterrizó contra su hombro y su pecho. El impacto fue más intenso de lo que esperaba: aunque la anatomía de Asherah era suave y delicada (y con bastante acolchado en según que zonas), seguía midiendo cuatro metros. Kibai tuvo que apretar los dientes con fuerza, tensando los músculos del pecho y los hombros para aguantar el peso y no soltar un quejido que arruinaría el momento mientras se dejaba cae a su vez. Disimuló el esfuerzo como pudo, relajando el resto de su cuerpo contra ella, aspirando ya sin reparo el exquisito aroma que emanaba de su piel. Desde esa posición, su rostro cubría todo su mundo, y los ojos aguamarina de la Lunarian se clavaban en el como dos pozos entre una cascada de cabellos blancos.
Kibai, sin quitarle la vista de encima, comenzó a desgranar las uvas rojas del manojo. Una por una, con dedos cuidadosos, le ofrecía las frutas a Asherah en la boca. El mismo se permitía comer algunas, cerrando los ojos a veces para saborear el dulzor estallando en su paladar. La luz de los fuegos artificiales, ahora más escasos pero más grandes, bañaba sus rostros en pulsos de color. Kibai observaba cómo sus labios se cerraban sobre sus dedos, consciente de lo cerca que estaban, y sentía una mezcla de euforia y peligro que le hacía hervir la sangre.
“Estamos jugando con fuego, Kibai... y te encanta”, pensó, mientras le ofrecía otra uva.
El manojo se fue vaciando hasta que, finalmente, solo quedó una uva. Una sola esfera roja y perfecta, brillando bajo la luz de un fuego artificial dorado que caía en lluvia sobre la bahía. Kibai la sostuvo entre el pulgar y el índice, elevándola a la altura de sus ojos con una sonrisa que combinaba la picardía con una seriedad profunda. Miró la fruta, luego levantó la vista para fijar sus ojos verdes en los de Asherah, que lo observaba desde abajo con una calma expectante.
— Bueno, Asherah... parece que hemos llegado al final de los suministros — murmuró Kibai, con una voz que temblaba ligeramente por la emoción contenido—. Es una verdadera lástima... esta podría ser la última uva que podamos degustar de la Isla Kárate. — Hizo una pausa, dejando que la tensión se volviera casi insoportable —. Y me temo que es demasiado perfecta para que se la coma uno solo de nosotros. Tendremos que compartirla.
Sin esperar respuesta, Kibai se llevó la última uva a su propia boca, sosteniéndola firmemente entre sus labios. Con un movimiento decidido, se inclinó hacia abajo, sobre la enorme cabeza de Asherah que estaba recostada a medias entre su regazo y su pecho.La diferencia de tamaño obligaba a Kibai a forzar la postura, curvando su columna para alcanzar su rostro. Se inclinó sobre ella, cerrando los ojos mientras sus labios buscaban los de Asherah. Fue un beso cargado de simbolismo, un umbral final que cruzaban juntos. La uva, atrapada entre sus bocas, estalló en un dulzor intenso y compartido, mezclando el sabor del azúcar con el calor de sus alientos y el aroma de la noche. En aquella cima del mundo, bajo el Torii solitario y la luz intermitente de los fuegos artificiales, se abandonó todo concepto de raza, bando o deber, dejando solo el sabor dulce y peligroso de una noche memorable.
La Caja de Pandora
