In the Mood [Pasado] [Priv. Asherah]
#2
La mañana se metió por las hendijas antes de que una termine de abrir los ojos, con esa claridad lechosa de primavera que no pide permiso pero tampoco atropella. Me encontró despierta, como casi siempre. Hay hábitos que sobreviven a cualquier mudanza: levantarme antes que el ruido, antes que las expectativas, antes que el mundo.

Descalza, crucé la cabaña dejando que el piso fresco me acomodara el pulso. Alquilar acá, en la franja más humilde pegada al río, fue una decisión premeditada. Serenidad antes que alfombra roja. Espacio antes que vitrina. Igual, no me engaño: la diva no se evapora, se destila. Sigo entrando a un cuarto con la espalda recta. Solo que ahora el cuarto es chico, encalado, con ventanas amplias y sin lámparas importadas. Y eso me da paz.

Abrí los postigos. El aire traía olor a madera húmeda, a tierra removida, a ropa recién colgada. Me hice un té suave —todavía no me reconcilio con el amargo— y apoyé la taza en la mesa donde había dejado las herramientas ordenadas con precisión casi clínica. Limas, hilo de cobre, un frasco chico de ácido, paños limpios. La orfebrería me está enseñando algo que el jet set nunca supo: la belleza no grita, se trabaja.

Antes de encerrarme a crear, bajé al mercado. No necesitaba gran cosa: pan fresco, unas frutas, una piedra pequeña que la semana pasada me guiñó el ojo desde un cajón polvoriento. Caminé entre puestos de verduras y telas con la falda apenas recogida para no mancharla. Saludé con la cabeza, sonrisa justa. Me gusta que acá me miren sin reconocerme del todo. Soy apenas una mujer alta, muy alta y con alas, que compra hilo y paga sin regatear de más.

Fue ahí donde lo vi por primera vez ese día.

Imposible no verlo. Avanzaba entre las calles de tierra como si el barrio hubiera sido construido con medidas equivocadas. Enorme. Descomunal y tosco incluso para mis estándares. Gabardina gastada, movimientos contenidos, manos grandes que parecían capaces de doblar el hierro pero que saludaban con una economía casi tímida. Algunos lo reconocían. Él asentía breve. No se detenía.

No me acerqué. Observé.

Más tarde lo vi cruzar hacia las casas pegadas al río, esas que se sostienen con ingenio más que con recursos. Se inclinó apenas para entrar en una. Esperé unos segundos, fingiendo acomodar la bolsa de frutas. Cuando salió, una mujer lo despidió con una gratitud que no necesitaba palabras. Él respondió seco, casi incómodo. Un ser bastante curioso...

Ese contraste de su corporalidad y su actitud me quedó vibrando mientras volvía a la cabaña.

El resto del día me encerré —en una forma de decir— a trabajar. Até mi cabello y mr dispuse la mesa como altar minimalista. Dos cajones, una tela clara, herramientas alineadas. El metal tiene carácter: si lo forzás, se venga. Si lo escuchás, se entrega. Ajusté una montura caprichosa, pulí un engaste hasta que devolvió la luz sin estridencia, soldé con paciencia una cadena que pedía firmeza. Las limaduras doradas se acumularon como polvo de sol sobre la tela y mi piel.

A veces me sorprendo hablándoles a mis manos. “Tranqui. No apures". Ellas saben más de lo que yo explico. Afuera, el barrio respiraba con sus ruidos chicos: una conversación lejana, el golpe de una puerta improvisada, el ladrido de un perro defendiendo lo poco que tiene. Yo defendía mi concentración.

Al mediodía comí pan con queso y una fruta. Me senté en el umbral, mirando cómo la luz empezaba a dorar las chapas. Pensé en mis padres, en ese mundo donde el brillo era obligación y no elección. Me criaron para que la sala se acomodara cuando yo entrara. Ahora quiero entrar al día y que el día no me deba nada. Es todo un tema, despojarse sin perder el eje. Pero acá, con el río murmurando, siento que voy bien.

Volví al banco un rato más. Cuando levanté la vista, la luz ya estaba cansada y mi espalda me recordó que cuatro metros no se sostienen solos. Decidí salir a caminar. No por necesidad, sino por intuición.

Y entonces lo escuché.

Primero un “toot” breve, casi torpe. Un tanteo. Después otro, más afinado. Y finalmente, una melodía que se estiró con una tristeza mansa, sin dramatismo impostado. Me quedé quieta en medio de la cabaña, como si alguien hubiera pronunciado mi nombre.

Salí sin hacer ruido, dejando la puerta apenas entornada. La primavera me empujó suave, con ese frescor que se instala cuando el sol empieza a rendirse. A medida que me acercaba, la melodía tomaba cuerpo. No era impecable. Tampoco buscaba serlo. Tenía bordes ásperos, como si el instrumento cargara cicatrices propias. Pero estaba afinada con una terquedad que me conmovió.

Entonces lo vi sentado en los escalones, ocupándolos como si fueran demasiado chicos para él. La gabardina abierta era inconfundible. Entre sus manos enormes, un instrumento —ajado y opaco— parecía una reliquia rescatada del fondo de algún galpón olvidado. Ajustaba los pistones con una delicadeza que desmentía su tamaño. Soplaba. Corregía. Volvía a intentar.

Me detuve a unos metros, sin anunciarme. Hay músicas que se rompen si las miran de frente. Me apoyé contra una pared baja, entre unas plantas, dejando que el río hiciera de cómplice. Agazapada pero sin malicia. Solo quería entender qué decía esa tristeza.

La melodía bajó a un registro más grave. Pesaba, pero no se rendía. Y en medio de esa melancolía apareció una línea clara, firme, casi luminosa. Me atravesó. Yo también estoy afinando mi vida, pensé. Probando tonos, ajustando piezas, buscando el punto exacto donde lo que fui y lo que elijo ser no chirríen entre sí.

Di un paso.

La grava crujió bajo mi sandalia.

Mis alas se replegaron; llamé su atención.

No retrocedí.

— No pares — dije, con voz baja pero firme.

El viento me movió el vestido claro. El río siguió hablando en su idioma antiguo. Lo miré sin desafío, pero sin bajar la vista. Sé ocupar el espacio; lo aprendí en salones más hostiles que este.

— No quería interrumpirte pero... suena triste — agregué, inclinando apenas la cabeza — Aunque no como derrotado. Es todo un tema.

No era consuelo. Era lectura.

Me mantuve donde estaba, a una distancia prudente, dándole margen para decidir si mi presencia era intrusión o compañía.

— Si querés — añadí, después de un instante — seguí. El río no se queja. Yo tampoco.

No di un paso más. No me senté. Dejé que la apertura fuera suya.

La primavera nos envolvía a los dos: a él, con su instrumento herido; a mí, con mi necesidad de silencio elegido. Y en ese borde exacto entre nota y respuesta, supe que la coincidencia no había sido casualidad.


Cositas
[Imagen: CwHBiqT.png]


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RE: In the Mood [Pasado] [Priv. Asherah] - por Asherah Bel-Nadin - 27-02-2026, 09:26 AM
RE: In the Mood [Pasado] [Priv. Asherah] - por PX-4 - 15-04-2026, 09:19 PM

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