Eterea | Pasado +18
#10
El olor a petricor que exudaba Lana —mezcla húmeda de tierra herida y piel tibia— se deslizó minuciosamente por sus sentidos hasta instalarse en lo más hondo de sus entrañas, dispuesto a enraizar.

Y es que, lejos de lo que ella pensaba, había sido una invasión lenta y parasitaria a la que su cuerpo había respondido mucho antes que su pensamiento en forma de dulce tensión expansiva; la piel se le erizó y sus pupilas se abrieron con una violencia oscura para luego contraerse en un gesto súbito.

Era la conciencia, llegando tarde. Llegando siempre tarde. Desplazándose hacia un margen estrecho mientras otra fuerza —más vieja que el lenguaje y más profunda que cualquier razonamiento— reclamaba el centro de su ser.

—Déjame... —Sus palabras murieron al sentir cómo la estructura primordial que sostiene toda pasión verdadera se tambaleaba por el contacto de Lana. Pues este había logrado que su pensamiento se viera sofocado, relegado a un rincón donde apenas podía observar cómo el animal interior que poseía emergía con una fuerza casi sagrada.

Suspiro.

Bai lo contuvo todo en un trémulo y volcánico suspiro que pronto descendió por el cuello de la muchacha como una caricia invisible.

De la nada, la luz comenzó un diálogo silencioso con su piel. El sol rozaba su cuerpo, y sus ojos, incapaces de sostenerse, se deslizaron hacia abajo, hacia las manos de Lana, que con destreza habían liberado su torso de la pechera; la armadura cayó sin resistencia, dejando al descubierto su piel semidesnuda, suave y tibia, apenas contenida por lo que parecía ser un rudimentario sujetador.

Acto seguido, la rubia se dirigió a ella y Bai, de nuevo, inclinó la cabeza como si la fuerza rotativa le fuera a ayudar a entenderla mejor.

—Qué...

El contacto de Lana con el bajo vientre de Bai despertó un impulso primitivo que creía imposible en su especie; su cadera se apretó tanto como pudo mientras un estremecimiento recorría su cuerpo antes incluso de que la mente pudiera intervenir.

—Ya entiendo... —Murmuró la birkiniana mientras su pelvis se pegaba con lentitud al trasero de Lana, despertando al animal que ronroneaba bajo su piel.

Tras ello, marcando un vaivén sutil, la tela rígida de la brageta y el cinturón comenzaron a presionar con insistencia su piel. Por supuesto que no era comparable a otras sensaciones más físicas, pero, por algún desconocido motivo, contra más se ajustaba aquella rigidez a los contornos de su trasero, más estremecimientos y calor concentrado en la espalda, caderas y hasta las puntas de los dedos, sentía.

—Espero te guste lo que te puedo ofrecer —añadió separando su pelvis para dejarle mover.

Pronto la piel virgen se volvió un paisaje en el que deseó perderse; la sedosidad de aquella espalda era tentadora. Sus manos se movieron entonces con una devoción pocas veces vista en ella y, bajo la constante sensación de que algo en ella comenzaba a ceder, lentamente los botones saltaron de uno en uno. Después, cuando no quedó guardián alguno para custodiar su cuerpo, sus manos quedaron suspendidas en el aire, temblorosas, preludiando el gesto de tocarle.

Nada.

La izquierda tembló de repente con ligereza; su pecho enchido por el silencioso deseo se entremezclaba con la imaginación y le recordaba que había estado largo tiempo sin respirar. Sin embargo, antes de exhalar, decidió calmar sus nervios bajando las manos de golpe mientras su mirada, regresando una y otra vez al rostro de Lana, se sentía incapaz de renunciar por completo a la contemplación de sus bellas expresiones.

Estaba helada.

Una exhalación surgió entonces como una germinante queja a un chispazo inexistente, fruto de dedos rozando la carne ajena.

Sus manos se decidieron entonces a explorar su ropa, adentrándose con cuidado, rozando sus paletas hasta subir hacia sus pequeños hombros incendiarios.

En ese momento se percató de su cuello desnudo, firme y apetitoso, reclamando sus labios sobre él.

Presa del impulso animal, Bai retiró una mano de la ropa para clavar su antebrazo en la tierra y anclarse. Después, con cuidado de no hacerle daño, pegó su cuerpo al de Lana y mordió con suavidad la falda de aquella montaña blanca.

Sin embargo, aunque su fuerza había sido medida, era la misma que usaba con otros pretendientes en encuentros casuales. Hombres altos y robustos que contrastaban con la fragilidad de la hermosa mujer que estaba entre sus garras. Así, quizás, pese a su suavidad, esta hubiera podido ser desmedida para la contraria.

Mientras tanto, su otra mano fue contorneando la figura de la Venus pálida.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
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Nv.23 — Silogista
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Eterea | Pasado +18 - por Lana - 11-02-2026, 12:42 AM
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