28-02-2026, 11:24 AM
Día 27 de Verano, Año 17
La niebla del amanecer se pegaba a los arrozales como si el agua de la noche no se hubiera ido aun. A cuatrocientos metros de altitud el sendero de piedras planas conducía hacia el nivel de los cultivos con una pendiente que Kazan ya conocía paso a paso después de varios días subiéndola y bajándola. Esa mañana la descendía por última vez, al menos en esta visita. El kanaboo iba sobre el hombro derecho en posición casi vertical, inclinado ligeramente hacia atrás. Arriba, justo por encima de su cabeza a esa altura tan diferente, la ladera continuaba hacia el dojo del Hasshoken donde la noche anterior había visto cuatro siluetas entrenando; ahora el espacio estaba vacío bajo la luz grisácea. "Madrugadores, pero no tanto." Se detuvo donde el sendero se aplanaba y empezaba el primer arrozal. La pipa ya ardía. Había esperado el primer tramo de descenso antes de cargarla porque fumar mientras bajas por una pendiente no es muy bueno para las rodillas de alguien que pesa quince toneladas. Treinta metros de arrozal a su izquierda. A su derecha, el camino continuaba otros doscientos metros hacia el cruce. Frente a él, a unos diez metros, un poste de madera clavado en el borde del arrozal marcaba algún límite con una cinta de tela desgastada.
"El Uchimizu necesita agua disponible. Y aquí hay agua disponible."
No era una excusa para retrasar la bajada al puerto y por ende su partida. O al menos así se lo dijo a si mismo. El dedo índice de la mano derecha se sumergió en el canal con cuidado. El agua era fría y con corriente propia. Kazan lo sintió. Orientó el cuerpo hacia el poste, peso distribuido en ambas piernas separadas al ancho de sus hombros, pie izquierdo ligeramente adelantado. -Por las profundidades...- murmuró para sí, y disparó.
La gota viajó. "Sin fuente. Sin ritual."
-Ga-ha-ha-ha-ha!- La risa salió completa y resonó sobre los arrozales. En algún lugar arriba, a mil trescientos metros, la fuente de Batch Kalão seguía corriendo exactamente igual que siempre. Volvió a sumergir el índice. El segundo disparo marcó el poste cuatro centímetros a la izquierda del primero. El tercero, tres centímetros arriba. El patrón no era accidental. Era calibración deliberada de algo que llevaba menos de veinticuatro horas siendo completamente suyo, un arte que no había aprendido bajo amenaza de muerte ni para entretener a nadie, que era una novedad por su parte.
No escuchó los pasos. Lo que escuchó primero fue la respiración, ese ritmo específico de alguien que controla la entrada de aire con una disciplina que no se improvisa. Después, la pisada sobre tierra compacta del sendero sur. Después, sin girarse aún, la certeza, quien se acercaba desde esa dirección no era un campesino de la isla.
Permaneció con el índice en el canal, orientado hacia el poste de madera, y esperó.
