28-02-2026, 03:58 PM
El algodón da pequeños toquecitos sobre una herida gangrenada. El morado infecto se tinta de tonos ocres adornados con pequeñas motas de color verde.
Un remedio. Nada especialmente eficaz ni definitivo pero suficiente como para adormecer el dolor durante un tiempo.
-Aah.. Al fin se fue el dolor… Esta herida no para de dar la tabarra…
El rostro de una anciana, demasiado mayor como para decir sus años, le dedica una sonrisa a la sombría figura que con delicadeza y cuidado sujeta unas pinzas que a su vez portan el algodón.
-Humph… Te dije que no podías trabajar o se pondría peor…- El tono era seco, duro y brutalmente honesto.
-Momia testaruda…- Quizás demasiado honesto.
Cuando terminó agarró el algodón y lo aplastó en su gigantesca mano para después, guardarlo en uno de los bolsillos de su gabardina mientras se ponía en pie.
Ni siquiera llegó a erguirse del todo o, de lo contrario, su cabeza habría atravesado el techo de aquella vieja y maltrecha casa donde vivía la anciana.
-Volveré en un par de días… Adiós.- Se despidió seco y tajante de la anciana que le respondió con una gentil sonrisa mientras agitaba su mano y aquel gigante salía por la puerta (De lado, porque recto simple y llanamente no cabe) con la cabeza gacha y la espalda encorvada.
De la oscuridad de esa vieja choza a un sol deslumbrante. Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse al repentino brillo y, cuando podía ver el ligero bullicio de la ribera de Samba. Suspiró con pereza y comenzó su lenta caminata hacia ningún lado en especial.
Dooti ya llevaba un tiempo allí varado.
De tanto en tanto dejaba su agradable casa en ruinas para adentrarse en la zona pobre y tratar a unos cuantos enfermos y a levantar unas cuantas decenas de kilos de cajas con tal de ayudar y de llevarse la comida del día. Una rutina simple y anodina sin muchas intenciones de irse.
Todos los días era la misma cantinela.
Aparece. Los niños empiezan a orbitar, como si tuviera gravedad propia, e incluso trepaban hasta sus hombros sin que este se inmutara ni dijera nada. Se limitaba a mantener el mismo rostro que oscilaba entre la neutralidad y el enfado, mirando a ningún sitio en concreto, y seguía andando hacia adelante mientras se dejaba arrullar por las risotadas inocentes, tirones sin malicia, peticiones y los graciosos bailes de los niños cada vez lo veían.
Debería ir al puerto… Quizás si les ayudo a cargar el barco me vuelvan a dar otro barril de peces en salmuera…
Un remedio. Nada especialmente eficaz ni definitivo pero suficiente como para adormecer el dolor durante un tiempo.
-Aah.. Al fin se fue el dolor… Esta herida no para de dar la tabarra…
El rostro de una anciana, demasiado mayor como para decir sus años, le dedica una sonrisa a la sombría figura que con delicadeza y cuidado sujeta unas pinzas que a su vez portan el algodón.
-Humph… Te dije que no podías trabajar o se pondría peor…- El tono era seco, duro y brutalmente honesto.
-Momia testaruda…- Quizás demasiado honesto.
Cuando terminó agarró el algodón y lo aplastó en su gigantesca mano para después, guardarlo en uno de los bolsillos de su gabardina mientras se ponía en pie.
Ni siquiera llegó a erguirse del todo o, de lo contrario, su cabeza habría atravesado el techo de aquella vieja y maltrecha casa donde vivía la anciana.
-Volveré en un par de días… Adiós.- Se despidió seco y tajante de la anciana que le respondió con una gentil sonrisa mientras agitaba su mano y aquel gigante salía por la puerta (De lado, porque recto simple y llanamente no cabe) con la cabeza gacha y la espalda encorvada.
De la oscuridad de esa vieja choza a un sol deslumbrante. Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse al repentino brillo y, cuando podía ver el ligero bullicio de la ribera de Samba. Suspiró con pereza y comenzó su lenta caminata hacia ningún lado en especial.
Dooti ya llevaba un tiempo allí varado.
De tanto en tanto dejaba su agradable casa en ruinas para adentrarse en la zona pobre y tratar a unos cuantos enfermos y a levantar unas cuantas decenas de kilos de cajas con tal de ayudar y de llevarse la comida del día. Una rutina simple y anodina sin muchas intenciones de irse.
Todos los días era la misma cantinela.
Aparece. Los niños empiezan a orbitar, como si tuviera gravedad propia, e incluso trepaban hasta sus hombros sin que este se inmutara ni dijera nada. Se limitaba a mantener el mismo rostro que oscilaba entre la neutralidad y el enfado, mirando a ningún sitio en concreto, y seguía andando hacia adelante mientras se dejaba arrullar por las risotadas inocentes, tirones sin malicia, peticiones y los graciosos bailes de los niños cada vez lo veían.
Debería ir al puerto… Quizás si les ayudo a cargar el barco me vuelvan a dar otro barril de peces en salmuera…
