28-02-2026, 07:29 PM
La mano se paseó por su cabello cuando se estiraba, apartándolo de su rostro. Se veía más descansado, algo que, pese a lo ocurrido, le aliviaba de sobremanera. Sintió la calma llenar su interior al punto de que sus propios hombros se relajaron.
Le hacía falta descansar después de tanto estrés, cansancio y emociones fuertes en tan pocos días. En el momento que se apartó, él también hizo lo mismo, poniéndose en pie y caminando calmadamente hasta la cocina.
¿Por qué ahora se sentía tímido? No es que pudiera verlo ahora directamente, pero sus orejas estaban encendidas en el rojo de su rubor. Carraspeó, fingiendo completa ignorancia. —No estás equivocado, uno cosecha lo que siembra, pero al menos hice para dos personas. — Un pequeño detalle divertido, recordando el momento que el rubio había sido quien hizo primero algo de comer para ellos. Caminó con calma, la mesa estaba puesta solo con dos tazas de café. —Siéntate donde te veas más cómodo. — Pronunció señalando la mesa, donde había ahora dos sillas una a cada lado de la misma, dándole la opción a elegir lo que quisiera.
Tomó los dos platos, no es que se vieran lo más elegantes precisamente, la clara de dos huevos estaba destruida al intentar romperlos, pero el corte del bacon estaba impecable. No sabía manejar katanas por casualidad y era mejor no ver la pelea interna que le había supuesto conseguir uno de esos huevos en condiciones, el mismo que dejó frente a Tezca y, por su parte, quedándose el que estaba destrozado.
Se sentó, con la taza de café aun lado, la cajita de tabaco cerrada sobre la misma mesa, al lado opuesto. Tenía el mono, desde luego, pero no le urgía tanto. Solo quiso ver la reacción de Tezca, ¿lo habría hecho bien? ¿Se reiría quizás? ¿Por qué diantres se preguntaba cosas tan... básicas? Elevó su mano, dejando escapar un suspiro, acariciando involuntariamente la cicatriz de su frente cuando se la frotó en un intento de calmar sus nervios.
Sus ojos descendieron hacia el plato, con el huevo destruido y el bacon perfectamente cocinado. Comenzó a saborearlo con su diestra, en un corto silencio, hasta que descendió su zurda, elevando la mirada hacia el contrario. Al menos sabía bien. —Tezca... ¿Recuerdas lo que te dije?— Hizo una pausa, elevando su mirada hacia el contrario, buscando su mirada calmadamente.
Su mirada estaba perdida, volviendo a descenderla hacia la comida. Sus ojos saltaron de vuelta a la cajita de tabaco, siendo que el mono no hizo más que incrementar. Sus nervios no estaban siendo los mejores en ese momento, no sabía tampoco cómo gestionarlos. —Creo que te lo has ganado de sobra. — Su voz sonaba en una mezcla de seguridad y temor. Tomó la cajita de metal, abriéndola, retirando un cigarrillo y colocándolo en sus labios para encenderlo.
Dejó salir el humo, estirando su otra mano, buscando el tacto ajeno, con la mirada calmada. —Sé que tienes más curiosidad por la cicatriz, y te conté algo vagamente, pero empezaré siendo más claro con eso. — Cerró sus ojos, ahora apartando su mano de forma insegura, más por evitar que percibiera el temblor y el sudor en las mismas que por rechazo. —No nací huérfano. Típico de familia desestructurada; padre alcohólico, madre que dio a luz sin querer un hijo, lo típico, supongo. — ¿Lo era? Había conocido demasiado en ese trabajo, y el patrón solía ser habitual en los criminales. —Palizas, culpas... cosas así. Mi vieja un día solo buscó culparme de estar atada a mi padre después de una de esas locuras, quién sabe si por estrés o por intentar culparme de haber nacido. Era algo que me había dejado muy claro; de no haberlo hecho, ella ya habría huido. Quizás fuera cierto, quizás no. — Conocía casos en que sus madres dejaban atrás a sus hijos también y hacían su propia vida sin preguntar sobre aquellos a quienes dieron luz primero. —Se volvió loca, aprovechó una de las botellas de mi padre y bueno, el resto es historia. Sé que poco después de que yo naciera cayó en la drogadicción. Puede que su arrebato fuera también por eso, quién sabe. — Señaló su cicatriz. —Solo recuerdo sus ojos, su pelo, los dos desnutridos prácticamente, ella descargando su rabia, cosas así. Cuando pasó era un renacuajo, no te sé decir qué edad tendría entonces. ¿Cinco? ¿Ocho años quizás? A saber. Sé que veía sangre, la escuchaba gritarme y nadie ayudaba. Creo que eso me hizo darme cuenta de que, a la larga, no importas a nadie, y solo puedes ayudarte tú mismo. — Descendió su mano, expulsando el humo de sus pulmones, acercando un cenicero de un mueble. —No es algo agradable de recordar. El resto solo fue negro, desperté en el mismo dormitorio con la cabeza vendada. Éramos pobres, así que solo agarraron un médico de por allí que paró la hemorragia, pero nunca terminó de sanar bien. Ir a un médico era prácticamente imposible con el poco dinero que teníamos. — por ello cuando lo golpeaban en esa zona, sabía que era un punto débil. Fingía no ser el caso. Se sentó de nuevo, colocando el cenicero sobre la mesa, dejando caer la ceniza de su cigarrillo. —Eres el primero al que le cuento esto, y que sabe qué pasó además de mí y los que lo provocaron. — Aunque nunca supo cuál fue el “médico” que lo llegó a tratar en aquella época. No es que saliera demasiado ni le permitieran hacerlo.

—Dormiste bastante, eso es bueno.
Le hacía falta descansar después de tanto estrés, cansancio y emociones fuertes en tan pocos días. En el momento que se apartó, él también hizo lo mismo, poniéndose en pie y caminando calmadamente hasta la cocina.

—Sí, hice el desayuno...
¿Por qué ahora se sentía tímido? No es que pudiera verlo ahora directamente, pero sus orejas estaban encendidas en el rojo de su rubor. Carraspeó, fingiendo completa ignorancia. —No estás equivocado, uno cosecha lo que siembra, pero al menos hice para dos personas. — Un pequeño detalle divertido, recordando el momento que el rubio había sido quien hizo primero algo de comer para ellos. Caminó con calma, la mesa estaba puesta solo con dos tazas de café. —Siéntate donde te veas más cómodo. — Pronunció señalando la mesa, donde había ahora dos sillas una a cada lado de la misma, dándole la opción a elegir lo que quisiera.
Tomó los dos platos, no es que se vieran lo más elegantes precisamente, la clara de dos huevos estaba destruida al intentar romperlos, pero el corte del bacon estaba impecable. No sabía manejar katanas por casualidad y era mejor no ver la pelea interna que le había supuesto conseguir uno de esos huevos en condiciones, el mismo que dejó frente a Tezca y, por su parte, quedándose el que estaba destrozado.
Se sentó, con la taza de café aun lado, la cajita de tabaco cerrada sobre la misma mesa, al lado opuesto. Tenía el mono, desde luego, pero no le urgía tanto. Solo quiso ver la reacción de Tezca, ¿lo habría hecho bien? ¿Se reiría quizás? ¿Por qué diantres se preguntaba cosas tan... básicas? Elevó su mano, dejando escapar un suspiro, acariciando involuntariamente la cicatriz de su frente cuando se la frotó en un intento de calmar sus nervios.
Sus ojos descendieron hacia el plato, con el huevo destruido y el bacon perfectamente cocinado. Comenzó a saborearlo con su diestra, en un corto silencio, hasta que descendió su zurda, elevando la mirada hacia el contrario. Al menos sabía bien. —Tezca... ¿Recuerdas lo que te dije?— Hizo una pausa, elevando su mirada hacia el contrario, buscando su mirada calmadamente.

—Sobre... que te contaría sobre mí si te lo ganabas.
Su mirada estaba perdida, volviendo a descenderla hacia la comida. Sus ojos saltaron de vuelta a la cajita de tabaco, siendo que el mono no hizo más que incrementar. Sus nervios no estaban siendo los mejores en ese momento, no sabía tampoco cómo gestionarlos. —Creo que te lo has ganado de sobra. — Su voz sonaba en una mezcla de seguridad y temor. Tomó la cajita de metal, abriéndola, retirando un cigarrillo y colocándolo en sus labios para encenderlo.

—La cicatriz, mi pasado... Pregunta todo lo que quieras saber sobre mí.
Dejó salir el humo, estirando su otra mano, buscando el tacto ajeno, con la mirada calmada. —Sé que tienes más curiosidad por la cicatriz, y te conté algo vagamente, pero empezaré siendo más claro con eso. — Cerró sus ojos, ahora apartando su mano de forma insegura, más por evitar que percibiera el temblor y el sudor en las mismas que por rechazo. —No nací huérfano. Típico de familia desestructurada; padre alcohólico, madre que dio a luz sin querer un hijo, lo típico, supongo. — ¿Lo era? Había conocido demasiado en ese trabajo, y el patrón solía ser habitual en los criminales. —Palizas, culpas... cosas así. Mi vieja un día solo buscó culparme de estar atada a mi padre después de una de esas locuras, quién sabe si por estrés o por intentar culparme de haber nacido. Era algo que me había dejado muy claro; de no haberlo hecho, ella ya habría huido. Quizás fuera cierto, quizás no. — Conocía casos en que sus madres dejaban atrás a sus hijos también y hacían su propia vida sin preguntar sobre aquellos a quienes dieron luz primero. —Se volvió loca, aprovechó una de las botellas de mi padre y bueno, el resto es historia. Sé que poco después de que yo naciera cayó en la drogadicción. Puede que su arrebato fuera también por eso, quién sabe. — Señaló su cicatriz. —Solo recuerdo sus ojos, su pelo, los dos desnutridos prácticamente, ella descargando su rabia, cosas así. Cuando pasó era un renacuajo, no te sé decir qué edad tendría entonces. ¿Cinco? ¿Ocho años quizás? A saber. Sé que veía sangre, la escuchaba gritarme y nadie ayudaba. Creo que eso me hizo darme cuenta de que, a la larga, no importas a nadie, y solo puedes ayudarte tú mismo. — Descendió su mano, expulsando el humo de sus pulmones, acercando un cenicero de un mueble. —No es algo agradable de recordar. El resto solo fue negro, desperté en el mismo dormitorio con la cabeza vendada. Éramos pobres, así que solo agarraron un médico de por allí que paró la hemorragia, pero nunca terminó de sanar bien. Ir a un médico era prácticamente imposible con el poco dinero que teníamos. — por ello cuando lo golpeaban en esa zona, sabía que era un punto débil. Fingía no ser el caso. Se sentó de nuevo, colocando el cenicero sobre la mesa, dejando caer la ceniza de su cigarrillo. —Eres el primero al que le cuento esto, y que sabe qué pasó además de mí y los que lo provocaron. — Aunque nunca supo cuál fue el “médico” que lo llegó a tratar en aquella época. No es que saliera demasiado ni le permitieran hacerlo.
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