Mi trasero es tan juguetón como su dueña, sentí el tacto al cuerpo de esa gran mujer y esa presión fue una expansión tibia de mucho de los nervios y electricidad que avanzó hacia mis caderas, movía concientemente mi cuerpo, mi trasero empujaba hacia atras y hacia los lados, con un ritmo torpe. Cuando me movía y sentía el tacto tras cada desplazamiento no podía evitar pasar la lengüita por mis labios, con una pequeña sonrisa.
Me gustaba cuando lo fisico me hacía callar la mente, los pensamientos, en este momento y en la mayoría de mis casos lo unico que quería era sentir, más allá de lo que cualquiera de las dos quería decirnos. Sentí el peso de las manos de Bai al comenzar desabrochando los botones de la túnica que me tenía el cuerpo apretujado, los botones se abrieron gracias a ella y la tela se desprendía con facilidad, se despegaba de mis costillas y permitía que el aire fresco se sintiera en mi piel y el poder inhalar más profundo para dejarlo entrar a mis pulmones.
Las caricias estaban bien, sus dedos rozaban mi cuerpo, causándome una sensación ambigua entre cosquillas y un masaje por el peso del tacto de la gran mujer, sus caricias eran refrescantes, y ascendieron hasta mis hombres, mientras tanto mis manos acariciaban el cesped. —Al fin puedo respirar, ya no tengo más calor. Mmmm… Miau… Lo haces bien, sigue por favor— Pero ¿qué era la chica? ¿Estaba acostumbrada a esto? Pues que siga trabajando.
Me senguí hundiendo en el cesped cuando de repente el cuerpo de Bai se apegaba contra mi y lejos de incomodarme, me producía una espacie de vibraciones en la zona baja del abdomen y llegaba hacia mi pecho. Estaba tranquila, muy tranquila cuando… entonces… apareció la sensación fria y húmeda, mis manos que tocaban el cesped se tensaron.
Giré la mirada, alcanzando a ver a Bai comiendo mi cuello, sus labios y dientes marcando suavemente mi piel y aquello mi instinto lo tomó como peligro, y la verdad es que era un poco peligroso lo que hacía, no toleraba ser “penetrada” de todas las formas, sin que lo decidiera. La pobre señorita alada no sabía que no podía confiar en las apariencias, porque me gustaba jugar a ser inocente con mi traje de monja. Y aquí lo iba a demostrar, mi cuerpo se giró, mis músculos se tensaron y mi la mano con la palma abierta descendió con mucha fuerza sobre la mejilla izquierda de Bai. El golpe sonó en la colina.
Al ver la huella rojiza que comenzaba a aparecer sobre la piel morena de la mujer, no me sentí mal, sonreí de satisfacción, estaba tranquila, era como si la estuviese corrigiendo, aunque sí me gustaba aquello que había hecho. Pero para que la señorita no pensara que le tenía odio, me incliné hacia delante, y con la misma mano que le pegué, acaricié la mejilla rojita con suavidad. Separé mi mano para observarla y luego levanté la otra mano con la palma abierta, la levanté, la moví rápido y le abofeteé la mejilla contraria, dándole simetría.
Pobrecita. Mis dos manos se deslizaron hacia la nuca de Bai, agarrándola firmemente de sus cabellos castaños y blancos, la obligué a acercar su rostro hasta al mío, dejando apenas unos centímetros entre nuestros labios —Miau. ¿Qué haces, preciosa? Se que no nos entendemos, ¿así son los masajes de donde vienes? Son… bastante… extraños… No deberías tratarme así, soy una mujer muy importante— susurré sobre su boca y no aguanté en sacar mi lengua y pasarla sobre sus labios. Luego recorrí con unos pequeños besos su mandíbula hasta su cuello y se lo lamí, deslicé la lengua hacia arriba, hasta llegar a su oreja y también como pude le pasé la lengua alrededor.
Me gustaba cuando lo fisico me hacía callar la mente, los pensamientos, en este momento y en la mayoría de mis casos lo unico que quería era sentir, más allá de lo que cualquiera de las dos quería decirnos. Sentí el peso de las manos de Bai al comenzar desabrochando los botones de la túnica que me tenía el cuerpo apretujado, los botones se abrieron gracias a ella y la tela se desprendía con facilidad, se despegaba de mis costillas y permitía que el aire fresco se sintiera en mi piel y el poder inhalar más profundo para dejarlo entrar a mis pulmones.
Las caricias estaban bien, sus dedos rozaban mi cuerpo, causándome una sensación ambigua entre cosquillas y un masaje por el peso del tacto de la gran mujer, sus caricias eran refrescantes, y ascendieron hasta mis hombres, mientras tanto mis manos acariciaban el cesped. —Al fin puedo respirar, ya no tengo más calor. Mmmm… Miau… Lo haces bien, sigue por favor— Pero ¿qué era la chica? ¿Estaba acostumbrada a esto? Pues que siga trabajando.
Me senguí hundiendo en el cesped cuando de repente el cuerpo de Bai se apegaba contra mi y lejos de incomodarme, me producía una espacie de vibraciones en la zona baja del abdomen y llegaba hacia mi pecho. Estaba tranquila, muy tranquila cuando… entonces… apareció la sensación fria y húmeda, mis manos que tocaban el cesped se tensaron.
Giré la mirada, alcanzando a ver a Bai comiendo mi cuello, sus labios y dientes marcando suavemente mi piel y aquello mi instinto lo tomó como peligro, y la verdad es que era un poco peligroso lo que hacía, no toleraba ser “penetrada” de todas las formas, sin que lo decidiera. La pobre señorita alada no sabía que no podía confiar en las apariencias, porque me gustaba jugar a ser inocente con mi traje de monja. Y aquí lo iba a demostrar, mi cuerpo se giró, mis músculos se tensaron y mi la mano con la palma abierta descendió con mucha fuerza sobre la mejilla izquierda de Bai. El golpe sonó en la colina.
Al ver la huella rojiza que comenzaba a aparecer sobre la piel morena de la mujer, no me sentí mal, sonreí de satisfacción, estaba tranquila, era como si la estuviese corrigiendo, aunque sí me gustaba aquello que había hecho. Pero para que la señorita no pensara que le tenía odio, me incliné hacia delante, y con la misma mano que le pegué, acaricié la mejilla rojita con suavidad. Separé mi mano para observarla y luego levanté la otra mano con la palma abierta, la levanté, la moví rápido y le abofeteé la mejilla contraria, dándole simetría.
Pobrecita. Mis dos manos se deslizaron hacia la nuca de Bai, agarrándola firmemente de sus cabellos castaños y blancos, la obligué a acercar su rostro hasta al mío, dejando apenas unos centímetros entre nuestros labios —Miau. ¿Qué haces, preciosa? Se que no nos entendemos, ¿así son los masajes de donde vienes? Son… bastante… extraños… No deberías tratarme así, soy una mujer muy importante— susurré sobre su boca y no aguanté en sacar mi lengua y pasarla sobre sus labios. Luego recorrí con unos pequeños besos su mandíbula hasta su cuello y se lo lamí, deslicé la lengua hacia arriba, hasta llegar a su oreja y también como pude le pasé la lengua alrededor.
