03-03-2026, 09:22 PM
Día 34 de Verano, Año 17
El sol de la tarde castigaba la madera astillada del bote de remos y el olor a salitre se mezclaba con la peste de la humedad estancada bajo los pies de Akira. Su bote no navegaba, más bien sobrevivía, luchando contra cada embestida del mar. Un casco podrido que resquebrajado que estaba a punto de deshacerse por completo en mil astillas ante el menor descuido.
Akira mantenía la mirada fija en el horizonte, donde la línea azul finalmente se convertía en un muro de palmeras y roca volcánica. No había muelles de hormigón ni faros que le dieran la bienvenida, solo el rugido de la rompiente contra los acantilados de caliza negra que delataban que estaba aproximándose al norte de la isla de Baterilla.
Con los brazos ardiendo por el esfuerzo, Akira luchaba contra el agua que se filtraba por las juntas de la madera. Alternaba el remo con un cuenco hecho con sus manos para ir sacando el agua como buenamente podía, sabiendo que si el bote se hundía en ese punto, las corrientes lo arrastrarían hacia el este, lejos de cualquier salvación. Los remos, pesados e hinchados por culpa del agua, vibraban en sus manos con cada golpe de un oleaje que parecía decidido a estrellarlo de nuevo contra un arrecife y dejarlo vendido en mitad del mar.
Justo cuando el desastre parecía inevitable, Akira divisó la ruta pesquera. No era un puerto, sino una herida estrecha entre los arrecifes, marcada apenas por un par de boyas improvisadas hechas con corchos de red y botellas de plástico descoloridas. Era la ruta que solo los pescadores locales conocían, un laberinto de canales donde el agua cambiaba del azul oscuro a un turquesa casi eléctrico.
Siguiendo las instrucciones grabadas en su memoria, Akira alineó la proa con una de aquellas redes, y al cruzar la barrera de coral, el estruendo del mar abierto desapareció, sustituido por un silencio solo roto por el crujido de la madera del bote.
Finalmente, el fondo de arena negra subió de golpe. La quilla del bote emitió un último quejido mientras se encallaba suavemente en la orilla. Bueno, el bote... Las pocas tablas que todavía conseguían mantener al marine a flote. Akira saltó al agua, que le llegaba por las rodillas, ya que se iba hundiendo a medida que avanzaba si seguía subido en las maderas, y al mirar atrás, vio cómo su embarcación comenzaba a perderse por trozos que arrastraban las olas, como si hubiera cumplido su misión justo a tiempo para dejarlo en tierra.
Frente a Akira, la selva descendía hasta la costa. El aire cargado de laurisilva silvestre y tierra mojada le llenó los pulmones. Estaba a salvo, estaba en casa.
Akira mantenía la mirada fija en el horizonte, donde la línea azul finalmente se convertía en un muro de palmeras y roca volcánica. No había muelles de hormigón ni faros que le dieran la bienvenida, solo el rugido de la rompiente contra los acantilados de caliza negra que delataban que estaba aproximándose al norte de la isla de Baterilla.
Con los brazos ardiendo por el esfuerzo, Akira luchaba contra el agua que se filtraba por las juntas de la madera. Alternaba el remo con un cuenco hecho con sus manos para ir sacando el agua como buenamente podía, sabiendo que si el bote se hundía en ese punto, las corrientes lo arrastrarían hacia el este, lejos de cualquier salvación. Los remos, pesados e hinchados por culpa del agua, vibraban en sus manos con cada golpe de un oleaje que parecía decidido a estrellarlo de nuevo contra un arrecife y dejarlo vendido en mitad del mar.
Justo cuando el desastre parecía inevitable, Akira divisó la ruta pesquera. No era un puerto, sino una herida estrecha entre los arrecifes, marcada apenas por un par de boyas improvisadas hechas con corchos de red y botellas de plástico descoloridas. Era la ruta que solo los pescadores locales conocían, un laberinto de canales donde el agua cambiaba del azul oscuro a un turquesa casi eléctrico.
Siguiendo las instrucciones grabadas en su memoria, Akira alineó la proa con una de aquellas redes, y al cruzar la barrera de coral, el estruendo del mar abierto desapareció, sustituido por un silencio solo roto por el crujido de la madera del bote.
Finalmente, el fondo de arena negra subió de golpe. La quilla del bote emitió un último quejido mientras se encallaba suavemente en la orilla. Bueno, el bote... Las pocas tablas que todavía conseguían mantener al marine a flote. Akira saltó al agua, que le llegaba por las rodillas, ya que se iba hundiendo a medida que avanzaba si seguía subido en las maderas, y al mirar atrás, vio cómo su embarcación comenzaba a perderse por trozos que arrastraban las olas, como si hubiera cumplido su misión justo a tiempo para dejarlo en tierra.
Frente a Akira, la selva descendía hasta la costa. El aire cargado de laurisilva silvestre y tierra mojada le llenó los pulmones. Estaba a salvo, estaba en casa.
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