Enfermitos de Amor [Aventura T3][Presente Relativo]
#19
Durante un instante que parece suspendido fuera del tiempo, todo queda contenido en el pequeño gesto casi insignificante de Brunn al hundir la mano en su chaleco, incluso después de recibir los golpes, incluso con la sangre escurriéndole desde la nariz y la visión nublada por el dolor. Sus dedos, torpes pero obstinados, no buscan un arma convencional ni un frasco curativo, sino algo mucho más pequeño y, precisamente por ello, más peligroso. Cuando Maki lo hiere en la mano intentando forzarlo a soltar lo que sujeta, cuando el impacto sacude los frascos y vendas en su pecho, ya es demasiado tarde para impedir lo esencial, porque el pulgar del animalista ya ha presionado el botón antes de que el objeto salga despedido y describa un arco en el aire hacia las manos de Hyakinthos.

La pequeña caja negra, anodina en apariencia, con un botón rojo hundido y un led que parpadea con insistencia, no explota ni emite humo alguno, pero sí libera algo más sutil y más inquietante. Un zumbido apenas perceptible atraviesa el claro, una vibración grave que parece deslizarse por el suelo y trepar por los troncos de los árboles, expandiéndose más allá del círculo inmediato de combate. No es un sonido que los humanos perciban con claridad; es más bien una presión en los oídos, una sensación incómoda que roza el límite de lo audible, como si el aire hubiera cambiado de densidad en cuestión de segundos.

Los dinosaurios enfermos, que hasta ese momento yacían jadeantes, temblorosos, agotados por la fiebre y el dolor, reaccionan casi al unísono. Primero es un espasmo colectivo, una sacudida que recorre sus cuerpos como una descarga eléctrica invisible, luego un silencio tenso en el que sus respiraciones se detienen por una fracción inquietante de segundo. Después, sus ojos, antes velados por el sufrimiento, se abren de par en par y las pupilas se contraen hasta quedar rodeadas por un rojo intenso que parece haberse encendido desde dentro.

La transformación no es gradual, es abrupta y aterradora. Los músculos que parecían incapaces de sostener su propio peso se tensan con una energía renovada, casi antinatural, como si la enfermedad hubiera dejado de debilitarlos para empujarlos a un estado extremo de agresividad. Las venas oscuras que recorrían su piel laten con mayor intensidad, marcándose bajo las escamas y el cuero grueso, mientras un coro de rugidos estalla en el claro con una fuerza que sacude las hojas de los árboles y hace vibrar el suelo bajo los pies de todos.

No son cinco ni seis; son alrededor de veinte criaturas de distintas razas, desde triceraptors con los cuernos manchados de tierra hasta velociraptores que se mueven con una velocidad inquietante, pasando por enormes carnívoros cuyas mandíbulas chasquean con hambre renovada. Sus movimientos ya no son torpes ni erráticos, sino coordinados por un impulso común que roza lo instintivo y lo inducido al mismo tiempo. No hay miedo en ellos ahora, no hay búsqueda de refugio; hay una furia pura, dirigida, como si una orden silenciosa hubiera sido impresa en sus cerebros enfermos.

Uno de los grandes herbívoros embiste sin previo aviso, arrancando de cuajo un árbol joven en su trayectoria y lanzándolo hacia donde se encuentran los piratas, mientras dos raptores se deslizan por los flancos con una velocidad que desmiente cualquier signo previo de debilidad. Un carnívoro mayor alza la cabeza y deja escapar un rugido tan profundo que parece provenir de las entrañas mismas de Little Garden, y acto seguido carga con las fauces abiertas, los dientes reluciendo bajo la luz filtrada del dosel.

El claro, que hace apenas instantes era escenario de un enfrentamiento humano, se convierte en un infierno prehistórico donde la enfermedad ya no se manifiesta como decadencia sino como catalizador de violencia. Los dinosaurios no distinguen entre enemigos ideológicos ni comprenden las palabras que se cruzaron antes; solo perciben movimiento, calor, presencia, y reaccionan atacando a los piratas con una determinación feroz, como si cada latido de sus corazones enfermos exigiera sangre para seguir latiendo.

Brunn, aún tambaleante, alza la vista con una mezcla de dolor y satisfacción amarga mientras el led del dispositivo continúa parpadeando en el bolsillo de Hyakinthos, y en su expresión se dibuja la confirmación de que aquello no era una bomba ni un simple truco desesperado, sino el verdadero as bajo la manga que habían guardado desde el principio. Garruk, medio arrodillado y sin aire, observa la escena con ojos empañados pero encendidos por una fe torcida, como si, incluso al borde del colapso, creyera que la naturaleza, o aquello en lo que la han convertido, terminará por hacer el trabajo que ellos ya no pudieron completar con sus propias manos.

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*Pienso*  -Hablo-  Narro
[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]


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RE: Enfermitos de Amor [Aventura T3][Presente Relativo] - por Moja - 03-03-2026, 10:15 PM

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