03-03-2026, 10:29 PM
Moja la observó mientras escribía, percibiendo cómo la tormenta interna no desaparecía, solo cambiaba de forma. Cuando leyó que seguía siendo “una mierda de beso”, una pequeña exhalación salió de su pecho, no ofendida, sino casi aliviada por la crudeza de su sinceridad. No intentó contradecirla esta vez con argumentos solemnes; entendía que no estaba evaluando técnica, sino el peso emocional que lo rodeaba.
-Entonces que el siguiente sea mejor- respondió con calma, pero con un matiz distinto en la voz, menos rígido, más humano. -No para compensar nada. Solo porque los dos lo queramos.-
Sus ojos dorados no esquivaron los suyos cuando ella dudó sobre lo que estaba haciendo con su vida, cuando admitió no saber hacia dónde iba. Aquella confesión le resultó más honesta que cualquier disculpa previa, y en vez de intentar ofrecerle dirección, decidió ofrecerle presencia.
-No tienes que saberlo todo ahora- dijo con serenidad. -Diez días no son suficientes para reconstruir ocho años.-
Mientras ella se sacudía la ropa y trataba de recomponerse, Moja sintió algo moverse en su propio interior, un recuerdo que hasta ese momento había permanecido al margen de la noche: el barco, la orden, la Isla del Karate. Sabía que su escala en Baterilla era temporal, que su destino ya estaba trazado y que no podía quedarse indefinidamente bajo las luces de un festival. La certeza le atravesó con una claridad incómoda, como un recordatorio de que el tiempo no se detenía aunque él quisiera.
Por un instante consideró decirlo. Decirle que pronto tendría que partir. Pero la miró cuando extendió la mano temblorosa y pidió aquella pieza con una cortesía casi antigua, y decidió que no era el momento de empañar la noche con despedidas anticipadas. Tomó su mano. No con duda, sino con decisión.
-Te concedo esta pieza- respondió, inclinando levemente la cabeza como si aceptara un pacto formal.
Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella con firmeza tranquila, y esta vez fue él quien dio el primer paso hacia la música, colocándose frente a ella sin esconder la diferencia de altura ni la ligera incomodidad que aún sentía al exponerse de esa forma. Sin embargo, ya no había rigidez marcial en su postura; había intención.
-Y quiero seguir hablando contigo mañana- añadió, sosteniendo su mirada. -No solo mañana.-
La frase no era promesa eterna, pero tampoco era ligereza pasajera.
Mientras comenzaban a moverse al ritmo animado, Moja permitió que su cuerpo siguiera el compás sin analizar cada gesto. No era perfecto. No era elegante como ella. Pero estaba presente, y eso, para alguien acostumbrado a vivir varios pasos por delante del momento, era un cambio profundo.
Entre giro y giro, mientras la música los envolvía y el festival volvía a ser ruido alegre en lugar de escenario de confesiones, pensó brevemente en el barco que lo esperaba, en la travesía hacia su nuevo destino y en la inevitable distancia que se acercaba. La idea no lo hizo retroceder.
Solo lo hizo valorar más aquel instante. Y mientras bailaba con ella bajo las luces, Moja eligió, al menos por esa noche, no ser el soldado que parte, sino el hombre que se queda.
-Entonces que el siguiente sea mejor- respondió con calma, pero con un matiz distinto en la voz, menos rígido, más humano. -No para compensar nada. Solo porque los dos lo queramos.-
Sus ojos dorados no esquivaron los suyos cuando ella dudó sobre lo que estaba haciendo con su vida, cuando admitió no saber hacia dónde iba. Aquella confesión le resultó más honesta que cualquier disculpa previa, y en vez de intentar ofrecerle dirección, decidió ofrecerle presencia.
-No tienes que saberlo todo ahora- dijo con serenidad. -Diez días no son suficientes para reconstruir ocho años.-
Mientras ella se sacudía la ropa y trataba de recomponerse, Moja sintió algo moverse en su propio interior, un recuerdo que hasta ese momento había permanecido al margen de la noche: el barco, la orden, la Isla del Karate. Sabía que su escala en Baterilla era temporal, que su destino ya estaba trazado y que no podía quedarse indefinidamente bajo las luces de un festival. La certeza le atravesó con una claridad incómoda, como un recordatorio de que el tiempo no se detenía aunque él quisiera.
Por un instante consideró decirlo. Decirle que pronto tendría que partir. Pero la miró cuando extendió la mano temblorosa y pidió aquella pieza con una cortesía casi antigua, y decidió que no era el momento de empañar la noche con despedidas anticipadas. Tomó su mano. No con duda, sino con decisión.
-Te concedo esta pieza- respondió, inclinando levemente la cabeza como si aceptara un pacto formal.
Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella con firmeza tranquila, y esta vez fue él quien dio el primer paso hacia la música, colocándose frente a ella sin esconder la diferencia de altura ni la ligera incomodidad que aún sentía al exponerse de esa forma. Sin embargo, ya no había rigidez marcial en su postura; había intención.
-Y quiero seguir hablando contigo mañana- añadió, sosteniendo su mirada. -No solo mañana.-
La frase no era promesa eterna, pero tampoco era ligereza pasajera.
Mientras comenzaban a moverse al ritmo animado, Moja permitió que su cuerpo siguiera el compás sin analizar cada gesto. No era perfecto. No era elegante como ella. Pero estaba presente, y eso, para alguien acostumbrado a vivir varios pasos por delante del momento, era un cambio profundo.
Entre giro y giro, mientras la música los envolvía y el festival volvía a ser ruido alegre en lugar de escenario de confesiones, pensó brevemente en el barco que lo esperaba, en la travesía hacia su nuevo destino y en la inevitable distancia que se acercaba. La idea no lo hizo retroceder.
Solo lo hizo valorar más aquel instante. Y mientras bailaba con ella bajo las luces, Moja eligió, al menos por esa noche, no ser el soldado que parte, sino el hombre que se queda.
*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
