Acuerdos de Otoño [ Pasado Social | Kibai | +18 ]
#17
El modo en que pronunció mi nombre no fue simple sonido.

Fue posesión ensayada en voz baja.

Lo sentí en la base de la garganta, en el lugar exacto donde el pulso se vuelve visible... Grave. Rasposa. Íntima.

Lo sentí deslizarse por mi espalda como una garra invisible que no buscaba herir, sino reclamar atención. Mi pulso respondió antes que mi razón; un latido más fuerte, más bajo, alojado en el vientre. Giré apenas el rostro hacia él cuando sus manos circundaron mi mandíbula, sosteniéndole la mirada desde esa cercanía donde el aire ya no era neutral.

— Kibai...

Las renovadas atenciones no tardaron.

Su lengua surcando por mi cuello no fue caricia dócil; fue exploración paciente. La aspereza felina raspaba suave, dejando la piel encendida detrás, como si cada pasada dibujara un mapa invisible que solo él podía leer. Un estremecimiento me recorrió desde la clavícula hasta la base de las alas. Mi garganta dejó escapar un sonido breve, contenido, más vibración que voz.

Cuando sus colmillos rozaron mi piel, no hubo dolor. Hubo advertencia.

Y mi cuerpo la aceptó.

Musiquita de ambiente

El segundo beso llegó distinto. Más hambre. Más temperatura. La lengua felina volvió a buscarme y esta vez no exploró con curiosidad sino con intención. La textura áspera recorrió mi boca con una precisión que obligaba a responder. No se limitaba a rozar; raspaba suavemente, extraía, insistía. Mi respiración se quebró apenas cuando esa aspereza se combinó con el calor húmedo y el control de su mandíbula.

Mi cuerpo acusó el estímulo sin consulta previa: alas tensándose un instante, dedos cerrándose con firmeza en su camisa.

El contraste entre su estatura y la mía dejó de importar. Lo que había entre nosotros no era tamaño; era pura intensidad.

Cuando sus garras comenzaron a descender por mi blusa, comprendí que algo en él había cruzado un umbral. La tela se abrió con un sonido seco, fibras cediendo una a una. No fue brusquedad ciega; fue decisión sin retorno.

El aire tocó mi piel expuesta y el colgante vibró contra mi esternón.

La manera en que me sostuvo al separar las mitades de la prenda no fue contemplativa: fue hambre contenida al límite. Sentí su mirada recorrerme y ese recorrido, invisible, pesó más que sus manos.

La tensión en su cola apretando mi cintura me arrancó un suspiro más profundo. Sentí cómo la sangre corría con mayor velocidad bajo la superficie, cómo la temperatura ascendía en capas.

Entonces lo vi.

El gesto decidido con el que arrancó los botones de su camisa no fue teatral. Fue necesidad. La tela cedió y dejó al descubierto un pecho amplio, marcado por líneas de músculo firme que se movían con cada respiración agitada. El abdomen, definido, vibraba ya no tanto por la escalada, sino por lo que acabábamos de iniciar.

Hubo un pulso de emoción claro, directo, que acompañó en torno al vibrar de mi pezón contra sus labios. Su estado de excitación ya no era un secreto para mi, y mucho menos luego de percibir su dureza una vez nuestros cuerpos se comprimieron.

Mis manos se adelantaron sin cálculo. Ambas palmas se posaron sobre su torso desnudo, abiertas, midiendo extensión y dureza. La piel estaba caliente; el pelaje más fino del pecho cosquilleó bajo mis dedos. Deslicé las manos hacia abajo, recorriendo la tensión de su abdomen, sintiendo cómo se contraía apenas bajo mi contacto.

Fuerte.
Vivo.
Real.

Para mi.

Cuando me empujó con suavidad sobre el kimono y descendió, el mundo se redujo al trayecto de su boca.
Sus labios y su lengua dejaron un rastro húmedo por mi torso. No era un recorrido distraído; era una bajada medida, como si estuviera aprendiendo el relieve de mi cuerpo con paciencia de cazador.

Sentí primero el roce húmedo sobre el vientre. Luego, el contraste.

Las garras.

No clavadas, no hirientes, sino tensas contra el cuero ajado de mis pantalones. Rasgaron apenas la superficie, arañando con esa fricción seca que eriza la piel incluso antes de tocarla. El sonido fue breve, áspero. Mi respiración se trabó un segundo.

Y después cedieron.

El cuero se deslizó hacia abajo con ayuda de sus manos, descubriendo mis muslos centímetro a centímetro. El aire nocturno los abrazó, pero no fue el frío lo que me estremeció: fue la sensación de quedar expuesta bajo su mirada concentrada.

Él alzó apenas los ojos, y en esa mirada hubo algo inequívoco: decisión.

Mi abdomen se contrajo solo, anticipando lo que vendría. Las alas se abrieron un poco más detrás mío, como si necesitaran espacio para sostener el peso de la sensación que se acumulaba.

— Kibai… — salió otra vez su nombre, esta vez más bajo, más cargado.

Él no se precipitó.

Apoyó la frente primero, apenas, contra la parte alta de mi muslo. Ese gesto simple —casi animal, casi reverente— hizo que un calor súbito me subiera desde las rodillas hasta el pecho. Luego la fricción de su mejilla, el roce de su pelaje contra mi piel desnuda, dejó una estela de electricidad diminuta que me obligó a entreabrir los labios.

Pero fue cuando alcanzó mi intimidad que entendí la verdadera diferencia.

La primera pasada sobre la tela fue un aviso. La segunda, más directa, apartando la barrera mínima que me cubría, fue revelación.

Él repitió el gesto en el otro muslo, alternando entre el leve mordisco y la caricia húmeda, como si estuviera marcando territorio invisible. Cada contacto dejaba una sensación distinta: primero el filo controlado de los colmillos, luego el calor que se expandía detrás, luego la lengua arrastrando esa expansión hacia arriba.

Mi respiración perdió ritmo.

No era solo placer; era una alerta primitiva encendida en la base del cuerpo. La certeza de estar siendo explorada por alguien que no tocaba al azar, que sabía exactamente cuánto presionar y cuánto contenerse.

Mis dedos tiraron apenas de su pelaje cuando noté que su recorrido comenzaba a acortarse, que su boca ya no dibujaba amplias curvas sobre los muslos sino trayectorias cada vez más directas. El aire entre mis piernas se volvió más cálido, más denso.

Lo miré hacia abajo y me mordí el labio inferior.

La lengua felina no se parecía a ninguna otra.

Más amplia.
Más firme.

Con esa textura apenas áspera que no lastimaba, pero sí intensificaba cada sensación hasta volverla más nítida, más cruda. No era simple humedad cálida; era fricción exacta, diseñada para arrancar respuestas profundas.
Mi espalda se arqueó sin que lo ordenara. Las alas se tensaron y luego se abrieron apenas, buscando equilibrio. Un gemido escapó de mi garganta, menos contenido esta vez, vibrando en el pecho antes de disolverse en la noche.

Mis dedos se hundieron en el pelaje espeso, acariciando la base de sus orejas felinas. Las recorrí con la yema, despacio, notando cómo reaccionaban al tacto. Tiré apenas, sin herir, marcando mi presencia mientras él profundizaba la suya.

El contraste entre la aspereza de su lengua y la suavidad sensible que recorría en mí generó una corriente ascendente, imparable. Mis muslos se tensaron alrededor de su cabeza; mis manos lo sostuvieron, no para apartarlo, sino para mantenerlo allí.

El placer no fue súbito ni desordenado.

Fue acumulativo.

Ola tras ola, creciendo en intensidad hasta que el cuerpo ya no pudo contenerla. Cuando el orgasmo llegó, no explotó en furia; fue profundo y contundente, una contracción sostenida que me arrancó un gemido abierto y me dejó temblando, los dedos crispados en su pelaje.

Mi respiración se volvió irregular. Las piernas tardaron un segundo en responderme.

Y en lugar de saciarme, aquello encendió más mi hambre de él.

Cuando se apartó y se recostó contra el árbol, húmedo aún por mí, levantando ese dedo en gesto, comprendí el llamado sin necesidad de palabras.

Me incorporé despacio.

El temblor aún recorría mis músculos, pero ya no era debilidad; era energía reorientándose. Tomé los bordes desgarrados de mi blusa y, con un tirón decidido, terminé de abrirla. La tela cayó a los lados, revelando mis pechos sin ninguna otra contención más que el aire frío que se confabulaba con los rastros de saliva y sudor para erizarlos. El colgante rebotó entre ellos, vibrando con cada respiración todavía agitada.

No aparté la mirada de la suya.

Deslicé los pantalones ajados por mis caderas con lentitud deliberada, dejándolos caer junto a las botas que me quité una a una. Cada movimiento fue consciente, medido, dejando que la luz residual del festival dibujara sombras sobre mi piel.

Gateé hacia él.

Cuatro metros de alas y piel avanzando con una cadencia baja, felina a mi manera, hasta detenerme frente a su regazo. Mis manos comenzaron en sus piernas, recorriendo los músculos tensos bajo la tela restante, ascendiendo con calma hacia sus hombros. Tomé los bordes de su camisa abierta y la deslicé hacia atrás, liberándolo por completo.

Me incliné para besarlo.

Breve.

Intenso.

Saboreé en su boca el eco de mi propio gusto mezclado con el suyo. Sonreí apenas contra sus labios antes de descender.

Mis besos recorrieron su cuello, su pecho, el abdomen firme que ya había explorado con las palmas, cosquilleando el arco de mi nariz con su pelaje. Bajé despacio, marcando un camino húmedo y tibio hasta alcanzar el borde de su pantalón.

Lo desabroché con dedos curiosos.

La tela cedió y mis manos continuaron descubriendo, con una mezcla de curiosidad y deseo franco. Cuando mi tacto encontró su virilidad, la sensación fue distinta a cualquier otra proporción conocida. Firme. Caliente. Palpitante bajo mis dedos.

Exhalé sobre la piel expuesta, dejando que mi aliento cálido lo envolviera antes de inclinarme lo suficiente para rozar con los labios el extremo sensible. Mis facciones desprovistas de maquillaje artificial se entintaban con el calor de la expectativa.

— Gracias por la comida… — murmuré, apenas audible, con una sonrisa leve y cruzando fugazmente miradas.

Un beso con primor fue lo primero.

Suave... emitiendo un chasquido.

Luego abrí la boca y comencé a lamer alrededor por la cúspide, luego ganando espacio yendo de arriba abajo, reconociendo textura y temperatura con la lengua. Mis dedos —dos de cada mano— se cerraron en la base, sosteniéndolo con firmeza mientras mantenía el ritmo.

Me acomodé de rodillas, sentada sobre mis propios tobillos, ligeramente orientada hacia un costado suyo. Desde esa posición podía descender el pecho y el rostro con comodidad, dejando que mi cabello y mis alas enmarcaran la escena.

Mis movimientos no eran torpes ni apurados.

Eran dedicados.

Y mientras mi boca continuaba el recorrido, mis manos subían y bajaban levemente en sincronía, dejándole espacio para que sus dedos encontraran mi piel si así lo deseaba.

Arriba, el cielo ya no estallaba.

Pero entre nosotros, el fuego recién comenzaba.
[Imagen: CwHBiqT.png]
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RE: Acuerdos de Otoño [ Pasado Social | Kibai | +18 ] - por Asherah Bel-Nadin - 03-03-2026, 10:58 PM

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