04-03-2026, 12:20 PM
El sendero… El mundo… Yo.. La fuerza.
Aquel desierto estaba lleno de monstruos, ninguno digno de heredar el poder que portaba, por ahora.
Mis sandalias susurran con timidez pérdidas entre el montón de sonidos que se amontonan en la urbe. Parece que quiere echarme, que quiere recordarme que yo soy del mundo y de sus caminos, no de la ciudad. No de un sitio, si no de todos. Mi cometido me impide la estancia, mi hogar es el mundo y yo vago por él como se espera de mi.
¿Y qué hago yo aquí? Se que existe alguien digno entre estas gentes, me lo susurra el viento, me lo pide, por eso he dejado de avanzar. Por eso llevo aquí parado tanto tiempo, en esta isla de calor y arena… Pero todavía no he sido capaz de encontrarle. Se esconde de la fuerza, pero la fuerza le busca, le espera, le quiere.
El camino del mundo me lleva a avanzar, hacia el norte, las calles y sus gentes me guían como si algo quisiera que yo y el poder lleguemos a algún lugar, siempre ha sido así, por eso estoy aquí, el cometido es más grande que la persona y yo soy un ser insignificante. Lo siento en el aire, el mundo está aguantando la respiración con tensión, los astros nos están mirando desde el cielo.
El camino me lleva hasta un arco de entrada a una plaza, los transeúntes salen de ella, pocos entran. Algo pasa. Mis sandalias me indican el camino mientras una bocanada de calor invade mis pulmones, al entrar en la plaza la escena se describe en mis iris.
A mi derecha mientras camino con sereno y tranquilo paso el escándalo se personifica. Un hombre alto y oscuro grita, acompañado por ¿ése era? Imposible, que hacía aquí alguien como él, un hombre tan importante, alguien tan fuerte… ¿Con quien tendría problemas alguien como Akatora? Me fijo en los primeros, mientras avanzo, quedando a 15 metros a su espalda. Después mi foco se pierde.
- Mmm, ese tipo me suena - la frase se me escapa de la boca desbocada, muy baja, imperceptible entre el revuelo que se está produciendo. Aquel gran hombre, yo le conozco de algo.
El olor del azufre se mezcla con el calor de aquella plaza, la roca volcánica se convierte en adoquines, la vegetación moribunda en las pocas personas que quedamos… Aquella plaza es muy parecida al coliseo natural en el que nos enfrentamos, dónde le perdone la vida al “Heredero”. En silencio, observó la situación. Una vez más el camino decide y yo solo lo sigo.
Mi espada se libera de las vendas y su acero muerde el sol agarrada por mi diestra, mientras las vendas que cubren mi brazo izquierdo hasta el codo guardan mis secretos. En el pequeño macuto que amarro por debajo de mis ropajes descansan mi misión y la foto de quien me la entregó. La fruta del diablo Rikki Rikki no mi, el poder para convertirse en el hombre más fuerte del mundo y a su lado, la foto de mi maestro, aquel que me dejó como legado este camino, el mismo que dió un motivo a mi vida, y hoy…
Hoy cerraría el ciclo, por fin me había alcanzado. Si no eran capaz de derrotarme hoy, no haría falta seguir buscando, porque tras todas la batallas, eso indicaría que nunca encontraría al heredero de la fuerza, por que, el único capaz de doblegarla, sería yo. Por que eso implicaría que yo: Sería el heredero.
Aquel desierto estaba lleno de monstruos, ninguno digno de heredar el poder que portaba, por ahora.
Mis sandalias susurran con timidez pérdidas entre el montón de sonidos que se amontonan en la urbe. Parece que quiere echarme, que quiere recordarme que yo soy del mundo y de sus caminos, no de la ciudad. No de un sitio, si no de todos. Mi cometido me impide la estancia, mi hogar es el mundo y yo vago por él como se espera de mi.
¿Y qué hago yo aquí? Se que existe alguien digno entre estas gentes, me lo susurra el viento, me lo pide, por eso he dejado de avanzar. Por eso llevo aquí parado tanto tiempo, en esta isla de calor y arena… Pero todavía no he sido capaz de encontrarle. Se esconde de la fuerza, pero la fuerza le busca, le espera, le quiere.
El camino del mundo me lleva a avanzar, hacia el norte, las calles y sus gentes me guían como si algo quisiera que yo y el poder lleguemos a algún lugar, siempre ha sido así, por eso estoy aquí, el cometido es más grande que la persona y yo soy un ser insignificante. Lo siento en el aire, el mundo está aguantando la respiración con tensión, los astros nos están mirando desde el cielo.
El camino me lleva hasta un arco de entrada a una plaza, los transeúntes salen de ella, pocos entran. Algo pasa. Mis sandalias me indican el camino mientras una bocanada de calor invade mis pulmones, al entrar en la plaza la escena se describe en mis iris.
A mi derecha mientras camino con sereno y tranquilo paso el escándalo se personifica. Un hombre alto y oscuro grita, acompañado por ¿ése era? Imposible, que hacía aquí alguien como él, un hombre tan importante, alguien tan fuerte… ¿Con quien tendría problemas alguien como Akatora? Me fijo en los primeros, mientras avanzo, quedando a 15 metros a su espalda. Después mi foco se pierde.
- Mmm, ese tipo me suena - la frase se me escapa de la boca desbocada, muy baja, imperceptible entre el revuelo que se está produciendo. Aquel gran hombre, yo le conozco de algo.
El olor del azufre se mezcla con el calor de aquella plaza, la roca volcánica se convierte en adoquines, la vegetación moribunda en las pocas personas que quedamos… Aquella plaza es muy parecida al coliseo natural en el que nos enfrentamos, dónde le perdone la vida al “Heredero”. En silencio, observó la situación. Una vez más el camino decide y yo solo lo sigo.
Mi espada se libera de las vendas y su acero muerde el sol agarrada por mi diestra, mientras las vendas que cubren mi brazo izquierdo hasta el codo guardan mis secretos. En el pequeño macuto que amarro por debajo de mis ropajes descansan mi misión y la foto de quien me la entregó. La fruta del diablo Rikki Rikki no mi, el poder para convertirse en el hombre más fuerte del mundo y a su lado, la foto de mi maestro, aquel que me dejó como legado este camino, el mismo que dió un motivo a mi vida, y hoy…
Hoy cerraría el ciclo, por fin me había alcanzado. Si no eran capaz de derrotarme hoy, no haría falta seguir buscando, porque tras todas la batallas, eso indicaría que nunca encontraría al heredero de la fuerza, por que, el único capaz de doblegarla, sería yo. Por que eso implicaría que yo: Sería el heredero.
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