04-03-2026, 11:09 PM
Recuerdo que, cuando era niña, corría por las calles del pueblo con el corazón anhelando un ferviente deseo, corría como si el viento supiera mi nombre. Las paredes blancas, pulcras, humildes, de tamaños y formas diferente, las recuerdo que se alzaban como guardianes silenciosas, brillando bajo el sol en sus tejas naranjas, y el olor que emite el bosque a su alrededor. Eso era Baquella.
Ese recuerdo, todo parecía latir en una sola armonía, la madera, las piedras en las estructuras, la húmedad proveniente del bosque, todo eso creado por las personas del pueblo que sostenían a manos el arduo trabajo del altamar y la pescadería. No conocía hombres tan dignos y trabajadores como los de Baterilla. Civilización pequeña pero se merecían el respeto de cualquier visitante.
No sé por que, en este instante, regresó a mí el recuerdo de mi primer instrumento. La primera vez que un sonido dulce me envolvió en una melodía sublime. La inspiración venía de un misceláneo del pueblo que tocaba la flauta con una belleza serena, como si el aire mismo obedeciera a sus dedos. Tenía experiencia en otros instrumentos como la guitarra, el violín, el piano, el banjo, pero… siempre recordaré ese día donde la melodía de la flauta me despertó un curiosidad llena de inquietud, algo nuevo ante mis ojos.
Cada tarde, después de ayudar a mis hermanos con los cargamentos de pesca, corría por Baquella en busca de una pequeña casita de tejas naranjas, igual a tantas otras, y sin embargo, era distinta al de las demás. Había en ella algo mágico, no por su forma ni por sus muros, sino por el hechizo músical que escapaba de su interior. El canto cristalino de la flauta dulce fue capaz de transformar mi camino lleno de polvo de monotonía en un sendero de ensueño.
Mi padre siempre fue indulgente con mis gustos, pero cuando me vio tan ilusionada por la música, tarareando melodías aprendidas al vuelo, decidió tallar en madera una pequeña flautina para mí, y así nació mi primer tesoro, sencillo en su forma pero con un inmenso significado. Aquel hombre del pueblo, mi maestro, a veces se diluye en la neblina de mi memoria, pues cuando lo conocí era una niña muy pequeña, ni siquiera puedo recordar bien su rostro, sin embargo, sus canciones permanecen intactas, tan vivas como en ese entonces, y recuerdo con absoluta nitidez la manera en que me envolvió en ese mundo invisible donde el aire se transforma en música, un mundo que ahora me permito habitar, disfrutar y con el sueño de gobernarlos.
Por alguna razón, volver a casa despertaba en mí el eco de aquellos días en que di mis primeros pasos en la música, si, era regresar al inicio, pero con un rostro distinto y un sueño que ahora podía palpar con certeza. Ya no era la misma niña ensoñadora y temerosa, pues en mí habitaba una confianza más firme y serena. Deseaba, con todo el corazón, que mi familia, mis amigos y quieres me vieron crecer siguieran creyendo en la pureza de mi moralidad, aunque mi espíritu se hubiese expandido hacia horizontes más audaces, porque si algo había cambiado no era mi esencia, sino, la valentía con la que ahora me atrevía a abrazar el mundo.
Un toque suave, ligero y tierno me anclaba de nuevo a la realidad,así como también identifiqué su presencia cerca de la mía, abrí los ojos tras aquel largo viaje, dejando atrás las memorias que me habían transportado a los días de mi infancia. Recuerdos que se habían sentido eternos y maravillosos mientras dormía cobijada por la capa de Cill. El suave roce de su mano sobre mi cabeza me despertó casi por completo, y pude admirar su sonrisa serena y confiada, me hizo saber que habíamos llegado a salvo. Aún adormilada y algo desorientada, logré devolverle una sonrisa llena de gratitud, sin él, sin Cill, nunca habría podido regresar a casa.
Sostuve mi sombrero antes de que la corriente de la brisa costera me la arrebatara de la cabeza, y miré hacia la bahía, ahí estaba la isla que tanto amaba. — Estoy en casa.
Ese recuerdo, todo parecía latir en una sola armonía, la madera, las piedras en las estructuras, la húmedad proveniente del bosque, todo eso creado por las personas del pueblo que sostenían a manos el arduo trabajo del altamar y la pescadería. No conocía hombres tan dignos y trabajadores como los de Baterilla. Civilización pequeña pero se merecían el respeto de cualquier visitante.
No sé por que, en este instante, regresó a mí el recuerdo de mi primer instrumento. La primera vez que un sonido dulce me envolvió en una melodía sublime. La inspiración venía de un misceláneo del pueblo que tocaba la flauta con una belleza serena, como si el aire mismo obedeciera a sus dedos. Tenía experiencia en otros instrumentos como la guitarra, el violín, el piano, el banjo, pero… siempre recordaré ese día donde la melodía de la flauta me despertó un curiosidad llena de inquietud, algo nuevo ante mis ojos.
Cada tarde, después de ayudar a mis hermanos con los cargamentos de pesca, corría por Baquella en busca de una pequeña casita de tejas naranjas, igual a tantas otras, y sin embargo, era distinta al de las demás. Había en ella algo mágico, no por su forma ni por sus muros, sino por el hechizo músical que escapaba de su interior. El canto cristalino de la flauta dulce fue capaz de transformar mi camino lleno de polvo de monotonía en un sendero de ensueño.
Mi padre siempre fue indulgente con mis gustos, pero cuando me vio tan ilusionada por la música, tarareando melodías aprendidas al vuelo, decidió tallar en madera una pequeña flautina para mí, y así nació mi primer tesoro, sencillo en su forma pero con un inmenso significado. Aquel hombre del pueblo, mi maestro, a veces se diluye en la neblina de mi memoria, pues cuando lo conocí era una niña muy pequeña, ni siquiera puedo recordar bien su rostro, sin embargo, sus canciones permanecen intactas, tan vivas como en ese entonces, y recuerdo con absoluta nitidez la manera en que me envolvió en ese mundo invisible donde el aire se transforma en música, un mundo que ahora me permito habitar, disfrutar y con el sueño de gobernarlos.
Por alguna razón, volver a casa despertaba en mí el eco de aquellos días en que di mis primeros pasos en la música, si, era regresar al inicio, pero con un rostro distinto y un sueño que ahora podía palpar con certeza. Ya no era la misma niña ensoñadora y temerosa, pues en mí habitaba una confianza más firme y serena. Deseaba, con todo el corazón, que mi familia, mis amigos y quieres me vieron crecer siguieran creyendo en la pureza de mi moralidad, aunque mi espíritu se hubiese expandido hacia horizontes más audaces, porque si algo había cambiado no era mi esencia, sino, la valentía con la que ahora me atrevía a abrazar el mundo.
Un toque suave, ligero y tierno me anclaba de nuevo a la realidad,así como también identifiqué su presencia cerca de la mía, abrí los ojos tras aquel largo viaje, dejando atrás las memorias que me habían transportado a los días de mi infancia. Recuerdos que se habían sentido eternos y maravillosos mientras dormía cobijada por la capa de Cill. El suave roce de su mano sobre mi cabeza me despertó casi por completo, y pude admirar su sonrisa serena y confiada, me hizo saber que habíamos llegado a salvo. Aún adormilada y algo desorientada, logré devolverle una sonrisa llena de gratitud, sin él, sin Cill, nunca habría podido regresar a casa.
Sostuve mi sombrero antes de que la corriente de la brisa costera me la arrebatara de la cabeza, y miré hacia la bahía, ahí estaba la isla que tanto amaba. — Estoy en casa.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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