05-03-2026, 12:49 AM
El Tempestad rugía. Aferrado al corazón de la goleta, podía notar cada nueva muesca en su casco como una herida propia. No era mi primera tormenta en alta mar. Durante mi tiempo como el tesoro de Pulmones Negros habíamos sorteado muchas de ellas. Solo que, por aquel entonces, mis funciones se asemejaban más a las de Nyra: correr de un lado a otro, asegurando las velas y provisiones entre otras cosas.
No era mi primera vez en una tormenta, pero sí la primera en la que la vida de mis compañeros dependendían de mí. Me dediqué a gritar instrucciones. Cada ramalazo que sacudía al Tempestad se replicaba también entre mis costillas. El alma de un navegante siempre estará vinculada al navío. El problema era que mi salud, como el cascarón de aquel barco, dejaba mucho que desear.
Por fortuna, las migrañas habían remitido gracias a los medicamentos de Hae-won. Sin embargo, la incipiente humedad, junto a las ropas caladas, habían encharcado mis pulmones casi tanto como los huesos del Tempestad.
Para cuando llegamos a la costa, jadeaba sin resuello. Era consciente, por el calor que irradiaba mi piel, de que estaba sudando aunque la lluvia se llevara todo con ella. Lo siguiente sería un episodio de fiebre.
—No lo habría conseguido sin vosotros… —respondí a mis compañeros, bajo la sombra de una sonrisa debilitada.
Aquejado por un nuevo ataque de tos, rebusqué en los bolsillos de mi camisa la bolsita de hojas de menta. Fruncí el ceño al comprobar que se había echado a perder. Tenía más en el camarote, pero mi fuerza se había quedado tan mermada como el barco. Así que me quedé tumbado sobre el timón, entre toses asfixiantes, hasta que pude recuperar algo de aliento.
La lluvia aún tronaba sobre la madera. Había olvidado que tras cada tormenta, Pulmones Negros solía cargar conmigo hasta su camarote, por mi incapacidad para llegar por mi propio pie. El pensamiento me revolvió las entrañas.
—Con vuestro permiso… voy a… echarme un rato. —Voz raspada y aquejada por un silbido que no auguraba nada bueno—. Luego… os veo.
Arrastré los pies tambaleantes hacia el interior. Por una vez, esperaba llegar por mí mismo.
No era mi primera vez en una tormenta, pero sí la primera en la que la vida de mis compañeros dependendían de mí. Me dediqué a gritar instrucciones. Cada ramalazo que sacudía al Tempestad se replicaba también entre mis costillas. El alma de un navegante siempre estará vinculada al navío. El problema era que mi salud, como el cascarón de aquel barco, dejaba mucho que desear.
Por fortuna, las migrañas habían remitido gracias a los medicamentos de Hae-won. Sin embargo, la incipiente humedad, junto a las ropas caladas, habían encharcado mis pulmones casi tanto como los huesos del Tempestad.
Para cuando llegamos a la costa, jadeaba sin resuello. Era consciente, por el calor que irradiaba mi piel, de que estaba sudando aunque la lluvia se llevara todo con ella. Lo siguiente sería un episodio de fiebre.
—No lo habría conseguido sin vosotros… —respondí a mis compañeros, bajo la sombra de una sonrisa debilitada.
Aquejado por un nuevo ataque de tos, rebusqué en los bolsillos de mi camisa la bolsita de hojas de menta. Fruncí el ceño al comprobar que se había echado a perder. Tenía más en el camarote, pero mi fuerza se había quedado tan mermada como el barco. Así que me quedé tumbado sobre el timón, entre toses asfixiantes, hasta que pude recuperar algo de aliento.
La lluvia aún tronaba sobre la madera. Había olvidado que tras cada tormenta, Pulmones Negros solía cargar conmigo hasta su camarote, por mi incapacidad para llegar por mi propio pie. El pensamiento me revolvió las entrañas.
—Con vuestro permiso… voy a… echarme un rato. —Voz raspada y aquejada por un silbido que no auguraba nada bueno—. Luego… os veo.
Arrastré los pies tambaleantes hacia el interior. Por una vez, esperaba llegar por mí mismo.
