06-03-2026, 01:17 AM
(Última modificación: 07-03-2026, 03:27 PM por Akatora.
Razón: Sumar energía de la transformación
)
Ira, impaciencia e incertidumbre. Esas tres cualidades podía sentir a través del hombre al que acababa de desafiar gracias a mi refinado Kenbunshoku, hombre que, junto a mi, éramos ahora los únicos seres que habitaban la plaza mayor, al abandonar el lugar la tercera persona en discordia bajo la promesa de volverse a encontrar en otro momento, causando que redujera el rango de acción de mi Kenbunshoku hasta los 10 metros.
Yacía frente a mi, adoptando una perfecta postura que rememoraba a la de una bestia en alerta, arrancándose la chaqueta que portaba de cuajo y revelando, además de una camisa de tirantes grisácea, una complexión física y musculatura, aunque no exageradamente definida, digna de envidiar. Aquello, además, hizo percatarme con mayor precisión de que, en su diestra, parecía llevar equipada una especie de prótesis, un artefacto que asemejaba a un brazo de metal con lo que, aún con mi longeva existencia, desconocía dada a mi niño saber en ese tipo de tecnologías. En mi vida, había llegado a combatir contra honorables guerreros que portaban distintos implantes de ese estilo, pero al igual que había infinitas formas de cumplir los designios del arte de la guerra, cada uno de esos implantes era un mundo distinto. No sabía que era capaz de hacer aquel armatoste, a excepción de expulsar bocanadas de humo a presión, tan fuertes como para arrancar un trozo de tela que quedaba de su chaqueta. En esa misma mano metálica, mi oponente empuñaba un arma contundente, un kanabo de metal, negro como el azabachede, que debía rondar, aproximadamente, el metro de longitud. Aquello, junto a su robusto cuerpo, me indicaba que, en el combate, el enmascarado buscaría, a todo coste, un combate cercano aspecto que, en contra de mi arma, sería una tarea ardua para él, algo que me ponía en clara desventajas.
No obstante, esto tan solo era una simple y mera apreciación visual, algo que podría haber reducido cualquiera. Desconocía por completo como se rápido era capaz de moverse, todas las capacidades que podría brindarle ese humeante brazo y, sobretodo y lo más importante en este mundo, si era usuario y de que fruta. Todas estas variables e incógnitas, sumando el increíble aura que emanaba Sohem, era lo que más me gustaba disfrutar de las peleas. Al igual que la infinidad de paisajes y biomas que te podía ofrecer este vasto mundo, necesitaba conocer, experimentar y sentir en mis ancianas carnes distintos estilos de combate pues, no había mala forma de pelear, solo guerreros ineptos que no eran capaces de sacarle el máximo partido a sus aptitudes.
Sohem, entonces, comenzó a responder ante mi invitación para iniciar el duelo, comenzando a aclarar que, si atacaba, el se defendería sin piedad, no importándole la edad que tuviera. Sonreí, mientras aprovechaba mi postura flexionada junto a mi brazo izquierdo extendido hacia abajo, para apartar mi gran pipa de mis hombros, situándola frente a mi y apuntando hacia Sohem, con mi brazo derecho contraído, de forma que cada uno de los dos segmentos de mi brazo formaban un ángulo de unos 30 grados con el codo apuntando hacia atrás de mi. Quedando próxima la pipa a mi mano izquierda, desplacé esta última hacia un punto intermedio de la vara, sirviendo como un punto de apoyo entre en el extremo de la boquilla - que empuñaba con mi diestra - y la cazoleta mientras atrasaba ligeramente mi pie derecho respecto mi cadera, momento en el que Sohem terminaba de declarar como aquella sería mi última cacería. Arqueé la ceja izquierda ante aquella supuesta afirmación. Maldito mocoso impertinente… Tenía agallas, y eso era algo que me gustaba, pero debía enseñarle que esta vieja bestia aún tenía muchas cacerías por vivir.
Apretando con firmeza ni diestra en la empuñadura de mi pipa, recubrí esta en su totalidad en una reluciente película de color negro mate que era mi haki de armadura a la vez que, en un veloz movimiento, extendí mi brazo derecho hacia él como un resorte, pudiendo sentir como el frío metal de Zuìzhōng Pànjué recorría con celeridad pero delicadeza mi mano izquierda, hasta que, en el momento en el que mi brazo derecho se encontraba completamente recto, mi arma se detuvo en seco, a aproximadamente 4 metros del hombre enmascarado, no dándole ni de lejos pero produciendo, en su lugar, una devastadora onda de choque de 1 metro de diámetro que se transmitía por el aire y que impactaría de lleno en el cuerpo de mi oponente, hasta el punto de empujarla bruscamente hacia atrás hasta quedar separados unos 26 metros el uno del otro, aproximadamente, finalizando por desatar una violenta pero inofensiva corriente de aire tras de él al colisionar con él la onda procedente de mi ataque.
Queriendo saborear cada sudor y sangre derramado en este combate, a pesar de que en cualquier momento la vejez podría jugarme en contra, contraje mi brazo derecho para tener más cercano a mi la pipa, aspirando una gran cantidad de aire en mis pulmones y a la par que decidía mostrar el poder de mi fruta del diablo. Mi cuerpo, de inmediato, aumentó de tamaño considerablemente, pasando de medir 4 a 6 metros de alto, a la par que mis músculos se volvían más voluminosos, adoptando una complexión mucho más corpulenta de lo que ya presentaba. Todo mi piel, salvo mi barbilla, pecho y abdomen, se recubrió de un pelaje que variaba desde tonalidades anaranjadas, marrones y rojizas, camuflándose en otrora época con el color de mi cabello y prominente bigote y barba. De mi trasero, brotó una enorme cola de 3 metros de longitud, a la par que de los dedos de mis manos y de mis pies salían garras, afiladas como dagas y perforantes como agujas. Para muchos ineptos que solo buscaban poderes capaces de distorsionar la realidad o las leyes del espacio-tiempo, podía ser considerado como una de las peores frutas pero, para mi, no había fruta mejor. Una fruta que estaba destinada a ser consumida por mi, dado a mi nombre de pila, Akatora. Una fruta que me daba mejores capacidades físicas y la apariencia de una bestia, ganándome el apodo de Xiānfēng hǔ o “Tigre de Vanguardia”, pero que también me había permitido pasar tanto tiempo desapercibido tras mi fingida muerte. Y aunque era fácil de confundir con un tigre, estaba orgulloso de haber consumido la Neko Neko no Mi: modelo Gato Pardo.
Con mi transformación abrupta completada, comencé a correr hacia él, mientras cambiaba el empuñe de mi diestra al centro de gravedad del arma, haciéndola girar entre mis dedos en mi costado derecho, teniendo como eje de giro mi propio brazo una vez más. Una vez recorrí 21 metros y - por tanto - me hallaba a otros 5 metros de él, me detuve, cesando la rotación de mi arma y abanicándola hacia abajo, levantando otra corriente de aire, inofensiva, que mecía nuestros ropajes. Esperaba impacientemente que tenía que mostrarme este guerrero, hasta el punto de que sentía como la emoción se arremolinaba en mi pecho como un huracán arrasando con todo.
Yacía frente a mi, adoptando una perfecta postura que rememoraba a la de una bestia en alerta, arrancándose la chaqueta que portaba de cuajo y revelando, además de una camisa de tirantes grisácea, una complexión física y musculatura, aunque no exageradamente definida, digna de envidiar. Aquello, además, hizo percatarme con mayor precisión de que, en su diestra, parecía llevar equipada una especie de prótesis, un artefacto que asemejaba a un brazo de metal con lo que, aún con mi longeva existencia, desconocía dada a mi niño saber en ese tipo de tecnologías. En mi vida, había llegado a combatir contra honorables guerreros que portaban distintos implantes de ese estilo, pero al igual que había infinitas formas de cumplir los designios del arte de la guerra, cada uno de esos implantes era un mundo distinto. No sabía que era capaz de hacer aquel armatoste, a excepción de expulsar bocanadas de humo a presión, tan fuertes como para arrancar un trozo de tela que quedaba de su chaqueta. En esa misma mano metálica, mi oponente empuñaba un arma contundente, un kanabo de metal, negro como el azabachede, que debía rondar, aproximadamente, el metro de longitud. Aquello, junto a su robusto cuerpo, me indicaba que, en el combate, el enmascarado buscaría, a todo coste, un combate cercano aspecto que, en contra de mi arma, sería una tarea ardua para él, algo que me ponía en clara desventajas.
No obstante, esto tan solo era una simple y mera apreciación visual, algo que podría haber reducido cualquiera. Desconocía por completo como se rápido era capaz de moverse, todas las capacidades que podría brindarle ese humeante brazo y, sobretodo y lo más importante en este mundo, si era usuario y de que fruta. Todas estas variables e incógnitas, sumando el increíble aura que emanaba Sohem, era lo que más me gustaba disfrutar de las peleas. Al igual que la infinidad de paisajes y biomas que te podía ofrecer este vasto mundo, necesitaba conocer, experimentar y sentir en mis ancianas carnes distintos estilos de combate pues, no había mala forma de pelear, solo guerreros ineptos que no eran capaces de sacarle el máximo partido a sus aptitudes.
Sohem, entonces, comenzó a responder ante mi invitación para iniciar el duelo, comenzando a aclarar que, si atacaba, el se defendería sin piedad, no importándole la edad que tuviera. Sonreí, mientras aprovechaba mi postura flexionada junto a mi brazo izquierdo extendido hacia abajo, para apartar mi gran pipa de mis hombros, situándola frente a mi y apuntando hacia Sohem, con mi brazo derecho contraído, de forma que cada uno de los dos segmentos de mi brazo formaban un ángulo de unos 30 grados con el codo apuntando hacia atrás de mi. Quedando próxima la pipa a mi mano izquierda, desplacé esta última hacia un punto intermedio de la vara, sirviendo como un punto de apoyo entre en el extremo de la boquilla - que empuñaba con mi diestra - y la cazoleta mientras atrasaba ligeramente mi pie derecho respecto mi cadera, momento en el que Sohem terminaba de declarar como aquella sería mi última cacería. Arqueé la ceja izquierda ante aquella supuesta afirmación. Maldito mocoso impertinente… Tenía agallas, y eso era algo que me gustaba, pero debía enseñarle que esta vieja bestia aún tenía muchas cacerías por vivir.
Apretando con firmeza ni diestra en la empuñadura de mi pipa, recubrí esta en su totalidad en una reluciente película de color negro mate que era mi haki de armadura a la vez que, en un veloz movimiento, extendí mi brazo derecho hacia él como un resorte, pudiendo sentir como el frío metal de Zuìzhōng Pànjué recorría con celeridad pero delicadeza mi mano izquierda, hasta que, en el momento en el que mi brazo derecho se encontraba completamente recto, mi arma se detuvo en seco, a aproximadamente 4 metros del hombre enmascarado, no dándole ni de lejos pero produciendo, en su lugar, una devastadora onda de choque de 1 metro de diámetro que se transmitía por el aire y que impactaría de lleno en el cuerpo de mi oponente, hasta el punto de empujarla bruscamente hacia atrás hasta quedar separados unos 26 metros el uno del otro, aproximadamente, finalizando por desatar una violenta pero inofensiva corriente de aire tras de él al colisionar con él la onda procedente de mi ataque.
Queriendo saborear cada sudor y sangre derramado en este combate, a pesar de que en cualquier momento la vejez podría jugarme en contra, contraje mi brazo derecho para tener más cercano a mi la pipa, aspirando una gran cantidad de aire en mis pulmones y a la par que decidía mostrar el poder de mi fruta del diablo. Mi cuerpo, de inmediato, aumentó de tamaño considerablemente, pasando de medir 4 a 6 metros de alto, a la par que mis músculos se volvían más voluminosos, adoptando una complexión mucho más corpulenta de lo que ya presentaba. Todo mi piel, salvo mi barbilla, pecho y abdomen, se recubrió de un pelaje que variaba desde tonalidades anaranjadas, marrones y rojizas, camuflándose en otrora época con el color de mi cabello y prominente bigote y barba. De mi trasero, brotó una enorme cola de 3 metros de longitud, a la par que de los dedos de mis manos y de mis pies salían garras, afiladas como dagas y perforantes como agujas. Para muchos ineptos que solo buscaban poderes capaces de distorsionar la realidad o las leyes del espacio-tiempo, podía ser considerado como una de las peores frutas pero, para mi, no había fruta mejor. Una fruta que estaba destinada a ser consumida por mi, dado a mi nombre de pila, Akatora. Una fruta que me daba mejores capacidades físicas y la apariencia de una bestia, ganándome el apodo de Xiānfēng hǔ o “Tigre de Vanguardia”, pero que también me había permitido pasar tanto tiempo desapercibido tras mi fingida muerte. Y aunque era fácil de confundir con un tigre, estaba orgulloso de haber consumido la Neko Neko no Mi: modelo Gato Pardo.
Con mi transformación abrupta completada, comencé a correr hacia él, mientras cambiaba el empuñe de mi diestra al centro de gravedad del arma, haciéndola girar entre mis dedos en mi costado derecho, teniendo como eje de giro mi propio brazo una vez más. Una vez recorrí 21 metros y - por tanto - me hallaba a otros 5 metros de él, me detuve, cesando la rotación de mi arma y abanicándola hacia abajo, levantando otra corriente de aire, inofensiva, que mecía nuestros ropajes. Esperaba impacientemente que tenía que mostrarme este guerrero, hasta el punto de que sentía como la emoción se arremolinaba en mi pecho como un huracán arrasando con todo.
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