08-03-2026, 08:15 AM
Escuchar ese ruidito agudo que soltó contra mi cuello fue como si me clavaran una lanza, pero de las que no duelen, sino que te prenden fuego por dentro. Sentir su cuerpo tan pequeño, tan frágil y tembloroso entre mis brazos, hacía que mis instintos de mestizo se volvieran locos. Mi cola de pez cofre dio un golpe seco contra el suelo, casi con violencia, delatando que mi autocontrol pendía de un hilo muy delgado. Me encantaba que se sintiera así, pequeña ante mí, porque me daba esa sensación de poder y protección que solo ella despertaba.
Bajé un poco más la cabeza, dejando que mis cuernos dorados rozaran suavemente el borde de su frente mientras ella intentaba esconderse en mi hombro. No la iba a dejar escapar, no hoy.
— No te escondas... me encanta ver cómo te pones cuando te digo la verdad — le susurré, dejando que mi voz vibrara directamente contra su piel. — Y sí, quiero comerte. Te lo dije, soy un vicioso... y tú eres lo único que me quita el hambre y me da más ganas al mismo tiempo. Es un castigo estar así de cerca de tus alas y no poder morderlas un poquito. —
Sentí sus manos tímidas sobre mis pectorales y juraría que mi corazón saltó con más fuerza solo para que ella lo notara. Mis músculos se tensaron bajo su tacto; era una tortura deliciosa. Cuando confesó que sus alas ya no servían para volar lejos de mí, sentí un triunfo que ni la mejor misión de la Revolución podría darme. La apreté un poco más, dejando que el calor de mi cuerpo de guerrero la envolviera por completo, recordándole que yo era su ancla, su sitio seguro en esta isla.
— ¿Que no sabes cómo se hacen estas cosas? No te preocupes por eso, Elara... — murmuré con una sonrisa de lado, una que cargaba con todas las promesas que mi código de caballero me prohibía decir en voz alta. — Yo tengo experiencia suficiente para los dos. Tú solo tienes que quedarte así, quietita, y dejar que yo me encargue de enseñarte por qué me dan tanta envidia Kaizer y los demás cuando ellos no tienen a nadie que los mire como tú me miras a mí. —
Mis manos, que seguían firmes en su cintura, bajaron apenas unos milímetros más, sintiendo la curva de su cadera. El jadeo que soltó fue como música para mis oídos. Ya no había dudas. Si ella no quería volar lejos, yo no iba a ser quien le abriera la jaula de mis brazos.
— No te voy a soltar, quédate atrapada todo lo que quieras. Pero prepárate... porque voy a cobrarme cada segundo que pasé mirándote de lejos en el barco. —
Sin esperar más, dejé de rozar su nariz para buscar sus labios, eliminando ese último centímetro de aire que nos separaba, con la intención de demostrarle que, aunque fuera un caballero, mis ganas de ella no tenían nada de educadas.
Bajé un poco más la cabeza, dejando que mis cuernos dorados rozaran suavemente el borde de su frente mientras ella intentaba esconderse en mi hombro. No la iba a dejar escapar, no hoy.
— No te escondas... me encanta ver cómo te pones cuando te digo la verdad — le susurré, dejando que mi voz vibrara directamente contra su piel. — Y sí, quiero comerte. Te lo dije, soy un vicioso... y tú eres lo único que me quita el hambre y me da más ganas al mismo tiempo. Es un castigo estar así de cerca de tus alas y no poder morderlas un poquito. —
Sentí sus manos tímidas sobre mis pectorales y juraría que mi corazón saltó con más fuerza solo para que ella lo notara. Mis músculos se tensaron bajo su tacto; era una tortura deliciosa. Cuando confesó que sus alas ya no servían para volar lejos de mí, sentí un triunfo que ni la mejor misión de la Revolución podría darme. La apreté un poco más, dejando que el calor de mi cuerpo de guerrero la envolviera por completo, recordándole que yo era su ancla, su sitio seguro en esta isla.
— ¿Que no sabes cómo se hacen estas cosas? No te preocupes por eso, Elara... — murmuré con una sonrisa de lado, una que cargaba con todas las promesas que mi código de caballero me prohibía decir en voz alta. — Yo tengo experiencia suficiente para los dos. Tú solo tienes que quedarte así, quietita, y dejar que yo me encargue de enseñarte por qué me dan tanta envidia Kaizer y los demás cuando ellos no tienen a nadie que los mire como tú me miras a mí. —
Mis manos, que seguían firmes en su cintura, bajaron apenas unos milímetros más, sintiendo la curva de su cadera. El jadeo que soltó fue como música para mis oídos. Ya no había dudas. Si ella no quería volar lejos, yo no iba a ser quien le abriera la jaula de mis brazos.
— No te voy a soltar, quédate atrapada todo lo que quieras. Pero prepárate... porque voy a cobrarme cada segundo que pasé mirándote de lejos en el barco. —
Sin esperar más, dejé de rozar su nariz para buscar sus labios, eliminando ese último centímetro de aire que nos separaba, con la intención de demostrarle que, aunque fuera un caballero, mis ganas de ella no tenían nada de educadas.
