08-03-2026, 09:27 PM
—¡St. George! —Stanford me palmeó con fuerza la espalda y yo le devolví el efusivo abrazo—. ¡Qué alegría verte de nuevo, viejo amigo! Desde que te has vuelto importante no hay quien te pille.
La suya era una de esas risas profundas, que te reverberaban en el pecho. Una de las pocas que realmente llegaban a resultarme contagiosa, más por la gratitud que profesaba que por otras cuestiones. Después de todo, aquel había sido mi hogar durante bastante tiempo.
—Ya sabes, la vida no da tregua —reí.
Nadie tenía porqué saber qué cada uno de sus bocinazos, aunado al característico ajetreo del ambiente, me estaba destrozando la cabeza. Lo único que me había llevado hasta aquella taberna era la enigmática nota de Hae-won.
—Ahora que me fijo bien, estás horrible.
—Tan agradable como siempre —reí.
Stanford chascó la lengua mientras negaba desaprobatoriamente.
—¿No me digas que te han vuelto a dar una paliza por defender a una dama?
Me rasqué el lunar, en un gesto que pretendía parecer entre abochornado y culpable.
—Bueno, ya sabes cómo soy. —Alcé sendas manos en señal de rendición—. No lo puedo evitar.
Ni de broma pensaba decirle que me había rodado montículo a través en una misión. Todavía tenía el cuerpo resentido, la cabeza me martilleaba y la dignidad se había quedado esparcida en aquel volcán. Él, que no sabía nada de aquello, me contempló con la sombra de un hermano orgulloso y el afecto de un buen amigo.
—¿Qué te ha traído por aquí?
—Una cita con la encantadora señorita de aquella mesa —indiqué con un movimiento de cabeza hacia Hae-won—. Diga lo que diga, hoy invito yo, ¿de acuerdo?
Stanford me sonrió, asintió y volvió a palmear mi hombro antes de dejarme marchar. Solo entonces, ya de espaldas a él, me permití cerrar los ojos con fuerza y apretarme el puente de la nariz para calmar el dolor. Con los ojos cerrados podría haber hecho el camino hacia la habitación en la que solía hospedarme, me habría metido bajo las mantas y habría permanecido allí hasta que las migrañas dieran tregua.
—Mira que te gustan las notas —reí, mientras arrastraba la silla para tomar asiento frente a ella—. Admito que si fuéramos una pareja, estaría temblando ante la idea de que rompieras conmigo.
La contemplé con atención, en busca de alguna señal que pudiera indicarme el rumbo que tomaría la conversación.
—¿Ha ocurrido algo?
La suya era una de esas risas profundas, que te reverberaban en el pecho. Una de las pocas que realmente llegaban a resultarme contagiosa, más por la gratitud que profesaba que por otras cuestiones. Después de todo, aquel había sido mi hogar durante bastante tiempo.
—Ya sabes, la vida no da tregua —reí.
Nadie tenía porqué saber qué cada uno de sus bocinazos, aunado al característico ajetreo del ambiente, me estaba destrozando la cabeza. Lo único que me había llevado hasta aquella taberna era la enigmática nota de Hae-won.
—Ahora que me fijo bien, estás horrible.
—Tan agradable como siempre —reí.
Stanford chascó la lengua mientras negaba desaprobatoriamente.
—¿No me digas que te han vuelto a dar una paliza por defender a una dama?
Me rasqué el lunar, en un gesto que pretendía parecer entre abochornado y culpable.
—Bueno, ya sabes cómo soy. —Alcé sendas manos en señal de rendición—. No lo puedo evitar.
Ni de broma pensaba decirle que me había rodado montículo a través en una misión. Todavía tenía el cuerpo resentido, la cabeza me martilleaba y la dignidad se había quedado esparcida en aquel volcán. Él, que no sabía nada de aquello, me contempló con la sombra de un hermano orgulloso y el afecto de un buen amigo.
—¿Qué te ha traído por aquí?
—Una cita con la encantadora señorita de aquella mesa —indiqué con un movimiento de cabeza hacia Hae-won—. Diga lo que diga, hoy invito yo, ¿de acuerdo?
Stanford me sonrió, asintió y volvió a palmear mi hombro antes de dejarme marchar. Solo entonces, ya de espaldas a él, me permití cerrar los ojos con fuerza y apretarme el puente de la nariz para calmar el dolor. Con los ojos cerrados podría haber hecho el camino hacia la habitación en la que solía hospedarme, me habría metido bajo las mantas y habría permanecido allí hasta que las migrañas dieran tregua.
—Mira que te gustan las notas —reí, mientras arrastraba la silla para tomar asiento frente a ella—. Admito que si fuéramos una pareja, estaría temblando ante la idea de que rompieras conmigo.
La contemplé con atención, en busca de alguna señal que pudiera indicarme el rumbo que tomaría la conversación.
—¿Ha ocurrido algo?
