09-03-2026, 03:17 AM
El ruidito que soltó Elara cuando mis dedos rozaron la base de sus alas fue como una descarga eléctrica que me recorrió los cuernos hasta la punta de la cola. Sentí cómo mis escamas se erizaban bajo la túnica de seda; ese gemido agudo, cargado de una mezcla de sorpresa y entrega, era el mejor premio que podía recibir en esta isla que me vio crecer. Me quedé un momento así, simplemente disfrutando de la vibración de su voz contra mi piel, dejando que mis manos curtidas por el peso de la lanza de oro se volvieran lo más suaves posible. No quería ser el guerrero de la Revolución ahora, quería ser el hombre que la mantuviera anclada al suelo, el que le recordara que, mientras yo estuviera cerca, no necesitaba sus alas para nada.
Noté las chispas azules saltando de sus hombros. Pequeños latigazos de energía que chocaban contra mi pecho, recordándome que ella no era una mujer común, sino algo místico, algo que merecía ser adorado con la misma disciplina con la que entreno mis ataques. Me causó una gracia inmensa que me llamara tramposo. Si ser honesto con lo que me provocaba era hacer trampa, entonces aceptaba el título con orgullo.
—Si tus alas son de papel, entonces deja que yo las guarde bien cerca de mi pecho para que no se rompan, Elara— susurré, hundiendo mi nariz en su cabello rojo, aspirando ese aroma que me estaba volviendo loco. —Y no me pidas que no me aprenda tu ritmo. Como guerrero, mi vida depende de saber cuándo el enemigo va a atacar, pero como hombre... mi vida depende de saber exactamente qué es lo que te hace suspirar así.—
La apreté un poco más, dejando que mis bíceps se marcaran contra su espalda. Sentía su corazón galopando, una criatura salvaje atrapada en un pecho pequeño. Me encantaba esa sensación de posesión, ese vicio que me recorría las venas y que me hacía querer encerrarnos aquí y olvidarnos de que el South Blue existía. Sin embargo, por un segundo, noté algo extraño. Una tensión en ella que no era solo nerviosismo. Fue un milisegundo en el que su cuerpo se puso rígido, como si su mente hubiera volado a otro lugar, a otra persona quizás. Mi cola dio un latigazo brusco contra el suelo, un golpe seco que hizo eco en el cuarto, delatando mi instinto territorial. No sabía en qué pensaba, pero no me gustaba que no fuera yo.
Apreté el agarre, no para lastimarla, sino para recordarle quién la sostenía en ese momento. Quería que sintiera cada gramo de mis ochenta y cinco kilos, cada músculo de mis brazos y la firmeza de mi pecho contra el suyo. Quería borrar cualquier otra imagen de su cabeza solo con mi presencia.
Cuando soltó esa risita tonta porque imité su muletilla, el mundo volvió a su sitio. Me relajé un poco, permitiéndome disfrutar de la calidez de su frente contra la mía. Mis cuernos dorados, esos que tanto cuido y que nadie tiene permiso de tocar, estaban ahí, a milímetros de sus dedos, como una ofrenda silenciosa.
—¿Atrapado? No, Elara... tu corazón no está atrapado. Está en su casa— le dije con una seriedad que me salió del alma, dejando de lado por un momento el coqueteo para ser puramente honesto. —Si supieras cuántas veces me quedé mirándote en el barco, calculando cada paso para acercarme a ti sin parecer un animal... entenderías que el que está atrapado aquí soy yo. No necesito libertad si no es a tu lado. Los demás pueden tener sus viajes, sus aventuras y sus risas, pero yo me conformo con este silencio contigo.—
Pasé mi mano por su cintura, subiendo lentamente hasta su mejilla, obligándola con mucha suavidad a que mantuviera el contacto visual conmigo. Sus ojos eran un laberinto en el que estaba más que dispuesto a perderme. Me sentía inmenso, poderoso y a la vez completamente vulnerable bajo su mirada.
—Dime, nee~... ¿qué tengo que hacer para que ese corazón deje de ir tan rápido por miedo y empiece a ir rápido solo por mí? Porque no pienso soltarte hoy. Ni mañana. Ni cuando la Revolución nos llame de nuevo a filas. Eres mi vicio, Elara, y yo soy un hombre muy, muy difícil de rehabilitar.—
Me quedé ahí, acunando su rostro entre mis manos grandes, protegiéndola de sus propios pensamientos, de sus dudas y de cualquier otro recuerdo que no fuera el calor de este cuarto en Isla Karate. En mi mente, ella ya no tenía alas para nadie más; ahora solo eran parte de mi tesoro personal.
Noté las chispas azules saltando de sus hombros. Pequeños latigazos de energía que chocaban contra mi pecho, recordándome que ella no era una mujer común, sino algo místico, algo que merecía ser adorado con la misma disciplina con la que entreno mis ataques. Me causó una gracia inmensa que me llamara tramposo. Si ser honesto con lo que me provocaba era hacer trampa, entonces aceptaba el título con orgullo.
—Si tus alas son de papel, entonces deja que yo las guarde bien cerca de mi pecho para que no se rompan, Elara— susurré, hundiendo mi nariz en su cabello rojo, aspirando ese aroma que me estaba volviendo loco. —Y no me pidas que no me aprenda tu ritmo. Como guerrero, mi vida depende de saber cuándo el enemigo va a atacar, pero como hombre... mi vida depende de saber exactamente qué es lo que te hace suspirar así.—
La apreté un poco más, dejando que mis bíceps se marcaran contra su espalda. Sentía su corazón galopando, una criatura salvaje atrapada en un pecho pequeño. Me encantaba esa sensación de posesión, ese vicio que me recorría las venas y que me hacía querer encerrarnos aquí y olvidarnos de que el South Blue existía. Sin embargo, por un segundo, noté algo extraño. Una tensión en ella que no era solo nerviosismo. Fue un milisegundo en el que su cuerpo se puso rígido, como si su mente hubiera volado a otro lugar, a otra persona quizás. Mi cola dio un latigazo brusco contra el suelo, un golpe seco que hizo eco en el cuarto, delatando mi instinto territorial. No sabía en qué pensaba, pero no me gustaba que no fuera yo.
Apreté el agarre, no para lastimarla, sino para recordarle quién la sostenía en ese momento. Quería que sintiera cada gramo de mis ochenta y cinco kilos, cada músculo de mis brazos y la firmeza de mi pecho contra el suyo. Quería borrar cualquier otra imagen de su cabeza solo con mi presencia.
Cuando soltó esa risita tonta porque imité su muletilla, el mundo volvió a su sitio. Me relajé un poco, permitiéndome disfrutar de la calidez de su frente contra la mía. Mis cuernos dorados, esos que tanto cuido y que nadie tiene permiso de tocar, estaban ahí, a milímetros de sus dedos, como una ofrenda silenciosa.
—¿Atrapado? No, Elara... tu corazón no está atrapado. Está en su casa— le dije con una seriedad que me salió del alma, dejando de lado por un momento el coqueteo para ser puramente honesto. —Si supieras cuántas veces me quedé mirándote en el barco, calculando cada paso para acercarme a ti sin parecer un animal... entenderías que el que está atrapado aquí soy yo. No necesito libertad si no es a tu lado. Los demás pueden tener sus viajes, sus aventuras y sus risas, pero yo me conformo con este silencio contigo.—
Pasé mi mano por su cintura, subiendo lentamente hasta su mejilla, obligándola con mucha suavidad a que mantuviera el contacto visual conmigo. Sus ojos eran un laberinto en el que estaba más que dispuesto a perderme. Me sentía inmenso, poderoso y a la vez completamente vulnerable bajo su mirada.
—Dime, nee~... ¿qué tengo que hacer para que ese corazón deje de ir tan rápido por miedo y empiece a ir rápido solo por mí? Porque no pienso soltarte hoy. Ni mañana. Ni cuando la Revolución nos llame de nuevo a filas. Eres mi vicio, Elara, y yo soy un hombre muy, muy difícil de rehabilitar.—
Me quedé ahí, acunando su rostro entre mis manos grandes, protegiéndola de sus propios pensamientos, de sus dudas y de cualquier otro recuerdo que no fuera el calor de este cuarto en Isla Karate. En mi mente, ella ya no tenía alas para nadie más; ahora solo eran parte de mi tesoro personal.
