Eterea | Pasado +18
#14
El pecho de Bai galopaba desbocado; sus ojos azules, extraviados en la vastedad oceánica del cielo, temblaban con frialdad mineral, estremecidos por el razonamiento que germinaba —lento e inevitable— en el seno de su mente ansiosa. Y es que, sin proponérselo, el mundo entero había quedado relegado a un segundo plano de naturaleza onírica en el que su única realidad era la mejilla palpitante pues, el exterior, se pronto se había desdibujado como un paisaje distante tras el velo dominante de aquella sensación que reclamaba para sí toda la atención de su cuerpo.

Mientras tanto, a la luz severa de la razón, Bai comprendió algo que la descolocó todavía más. Lana era la segunda persona que la negaba, que censuraba su impulso —ese instinto nacido de la animalidad que aún latía en su carne.

Era paradójico.
Había huido de un amante muy particular para encontrarse con otro exactamente igual.

Bai quiso sacudirse ese pensamiento de su cabeza pero, lamentablemente, su mente ya había comenzado a orbitar en torno al dolor de la carne, a hundirse en ese pensamiento con hipnótica obstinación mientras el yo —ese núcleo desde el cual creía comprenderse— parecía disolverse por un instante para regresar transformado en una mezcla inquietante de vacío y asombro.

Sí, se sentía idiota.

No entendía nada.

Y lo que más le preocupaba no era el golpe en sí, sino la contundencia de aquel rechazo hacia su propia eroticidad, como si una puerta que ella ni siquiera había advertido cruzar hubiese sido cerrada con violencia ante su rostro.

De pronto su pecho descendió bruscamente y es que, sin darse cuenta, había liberado todo el aire en una única exhalación involuntaria. Después, permaneció así un instante, inmóvil, desconcertada, tratando de acomodar dentro de sí el disgusto y el estupor que se entremezclaban como corrientes opuestas.

Fue entonces cuando los oyó.

Varios sonidos extrañamente guturales que emergieron desde algún punto cercano y tardaron unos segundos en encontrar significado dentro de su percepción.

¿Le había hablado?
Mudai volteó la cabeza para buscar a la otra, abandonando poco a poco aquella mirada perdida que el paso de los segundos había esculpido en su rostro.
¿Qué quería ahora?
La marmórea ancló los codos en la hierba, buscando incorporarse con cautela mientras la ágil mujer se desplazaba como un felino sobre el suelo húmedo.

De nuevo, la oharanense no hizo nada.

Se limitó a aceptar el movimiento del otro cuerpo sobre el suyo, del mismo modo en que una yegua recién tomada por las riendas tolera el peso de una mano que todavía no conoce. Salvo que, a diferencia del momento anterior, aquella pasividad venía ahora acompañada de una sensación mucho más opresiva, de una ansiedad densa que se le había instalado en el pecho y comenzaba a apretar desde dentro.

—¿Qué te pasa? —logró articular al fin, cuando la tuvo sentada sobre su vientre.

Ahora la tibieza del cuerpo ajeno atravesaba la tela.
Bai esbozó una mueca de extrañeza en cuanto sintió la presión suave de los muslos acomodándose sobre su abdomen.
¿Por qué lo hacía?
Era bonita, por supuesto. De una belleza casi insolente en su naturalidad, pero aquella belleza —y la atención que implicaba— no bastaban para justificar lo que estaba ocurriendo.

No de esa manera.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó después, con una serenidad que desentonaba con el tumulto que llevaba dentro.

Y, mientras hablaba, las manos de Lana —o su simple proximidad— pronto se convirtió en una presencia imposible de ignorar; el roce poco o nada accidental de los dedos sobre su figura hizo que la birkiniana ladeara la cabeza mientras el ceño se fruncía cada vez más.

—Eres frustrante... —murmuró de nuevo mientras su cuerpo, traicionero, reaccionaba a esas pequeñas señales con un lenguaje propio.

Y entonces ocurrió.

Lana le hizo un gesto para que desplegara sus alas. Pero Bai, obcecada por la tensión que se le acumulaba bajo las costillas, no entendió el gesto a la primera. De suerte logró comprender lo que la mujer quería cuando la vió coger la falda de su hábito y comenzarselo a quitar.

Eso la irritó aún más.
¿Por qué jugaba con ella así?
¿Por qué su cuerpo se sentía débil ante aquel gesto tan mundado? ¿Por qué le importaba que nadie más la viera?

Sua alas se extendieron majestuosas mientras sostenía la mirada de la mujer en un intento por descifrar algo —una intención, una explicación o cualquier indicio que diera sentido a aquel extraño vaivén entre el rechazo y la cercanía— además de cubrirla de las miradas indiscretas.

Por desgracia para la magnánima mujer, el inevitable reflejo que provocaba el cuerpo ajeno no tardó en materializarse ante sus ojos. Sin previo aviso, su mirada —fría como un lago helado— descendió y se posó sobre aquella figura menuda que, recortada contra el sol a su espalda, parecía irradiar una claridad casi irreal.

La luz delineaba su silueta con una precisión casi cruel, subrayando cada curva y delicada proporción que el cuerpo de Bai registraba antes incluso de que su razón pudiera intervenir.

Y entonces ocurrió algo que la incomodó profundamente.

Su boca se humedeció levemente; no por el deseo consciente, sino por una respuesta involuntaria que el cuerpo se había encargado de ejecutar bajo aquellas condiciones fisiológicas tan bien alineadas. Así, la saliva que se formó en su interior fue la consecuencia mecánica de un estímulo que su organismo había reconocido antes de que su mente pudiera emitir juicio alguno.

Apartó entonces su rostro como si no quisiera mirar, cosnciente de aquella visión anticipaba el siguiente evento: un fuego ascendente desde su cadera hacia las entrañas que Bai no sabría nombrar.

Pero Lana se lo ponía difícil.

No porque rechazara el contacto, ni porque se negara a él, sino porque en su forma de besar no había aquella hambre voraz que Bai había conocido en otro tiempo, en otro cuerpo y otra cama. Era la falta de urgencia, lo que la incitaba, esa carencia de ímpetu salvaje que contrastaba con su verdadero ser.

Era distinto.

Lo supo al rozar sus labios, al explorar paciente su insistencia y al reclamar su lengua sin posesión inmediata. Y esa era la diferencia —una ausencia de ferocidad— que hizo que aceptara el cernir de la sobra de la mujer al inclinarse sobre ella cubriendo parte de su cuerpo.

Entonces, mientras sus labios se unieron a un baile húmedo, sus dedos, movidos por una curiosidad que rozaba lo meramente físico, comentaron a ascender lentamente por las costillas de Lana; sus uñas acariciaron la piel nívea de la otra explorando la piel tibia y adentrándose en la curva de su torso mientras sentía a su pecho respirar sobre el suyo.

Lana estaba caliente; más caliente de lo que Bai hubiera esperado. O, quizás, simplemente Bai sufría de un choque térmico fruto de su excitación.

Entonces, perezosos, sus dedos continuaron subiendo, abriendose paso hacia la espalda. Y la envolvió. Su brazo rodeó con firmeza aquel frágil cuerpo atrayéndola apenas contra sí, como si, por alguna extraña razón, deseara sentir el verdadero peso de aquella presencia sobre ella. Sin embargo, con aquel gesto su pecho aprisió al de su nueva amante haciendo que su mente no supiera discernir entre sus labios, el calor y el sutirl movimiento de Lana entre sus brazos.

—¿Por qué lo hiciste? —repitió.

Al hacerlo, separó lentamente su rostro del ajeno, apenas lo suficiente para observarla un instante más mientras sus ojos permanecían sobre ajenos cargados de preguntas que ninguna en aquel momento podría responder.

Después, como si aquella mirada le resultara demasiado directa, Bai descendió hacia su cuello donde dejó reposar su frente un breve momento. Luego, cuando volvió a moverse, lo hizo con una languida lentitud y sus labios comenzaron a trazar una estela de besos apenas perceptibles sobre la piel.

Era estremecedor.

Poco a poco los besos ascendieron desde la base del cuello hacia arriba sin urgencia.

—No te entiendo, Lana… —murmuró.

Las palabras se deslizaron contra su oído al tiempo que su aliento rozaba la curva de la oreja antes de que sus labios volvieran a acercarse. Entonces, con una pausa breve dejó que la punta de su lengua recorriera lentamente aquel borde sensible. Sin embargo, el gesto no murió ahí. Y es que, antes de que ocurriera nada, Bai prolongó la ruta de su lengua hasta acercarse peligrosamente a su interior.

—…No sé si querías apartarme… o acercarme más —añadió al tiempo que su mano descendía hacia su cadera.
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
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Nv.23 — Silogista
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Eterea | Pasado +18 - por Lana - 11-02-2026, 12:42 AM
RE: Eterea [Pasado - Bai] - por Bai Mudan - 11-02-2026, 11:35 PM
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RE: Eterea [Pasado - Bai] - por Bai Mudan - 15-02-2026, 09:34 PM
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RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - por Bai Mudan - 27-02-2026, 06:22 PM
RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - por Lana - 01-03-2026, 01:45 AM
RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - por Bai Mudan - 01-03-2026, 12:58 PM
RE: Eterea | Pasado +18 - por Lana - 09-03-2026, 12:01 PM
RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - por Bai Mudan - 09-03-2026, 09:06 PM
RE: Eterea | Bai | Pasado | +18 - por Lana - 13-03-2026, 05:56 AM

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