El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv.
#7
Narrador / María Merlot





¿Se podía ser más feliz?
Lo dudaba.
Luego de perder al peluche marrón.
Encontró uno dorado.

Al gato callejero, ella iba a cuidarlo como no pudo cuidar al hurón. Antes lo pensó, en llevarlo al Flush Royal, darle un hogar, alimentarlo con leche caliente, buscar bolas y bolas de lana, y quizás una caja, una vez vio a un minino jugar con una simple caja de cartón. Él no se podía imaginar, lo mucho que la emocionaba cultivar su amistad, porque luego de esa larga caminata dónde vieron tantas cosas de Whisky Peak, y sobre todo, dónde él detenía sus pasos para esperarla, o directamente iba a buscarla, no podía llamarse de otra forma que amigos… ¡Justo como sucedió con Helena y Paavo! Aunque ellos eran lobos, pero todos tenían pelos, eso los hacia iguales ¿no? Loca.

El poncho le quedo increíble, ya no estaba desnudo del pecho, ya no pasaría frio en las noches. Ella le sonrió con su particular encanto, que alumbraba todo su rostro haciéndolo aún más hermoso, siempre ajena a la batalla interna que enfrentaba el masculino. Antes de poder continuar con sus palabras, y en un movimiento curiosamente ágil, él le coloco una pata sobre la boca, y con la otra sujeto su diestra. Los ojos ámbar se abrieron, más por la sorpresa que por miedo, no había dolor en su agarre ni intenciones ocultas, aunque si enigmáticas; María conocía muy bien cuando alguien la tocaba para… cosas malas, ese, por supuesto, no era el caso. Aunque eso sí, la mirada prometía tormentas. Por lo que espero expectante la explicación. Si todo iba bien hasta ese momento. 

Primero, mi nombre es Kibai, ni Goldie, ni Peluche, ni gatito, ¿de acuerdo? Ki. Bai.

María entendía, le estaba dando instrucciones y su nombre, además de todos los apodos por los que le llamaban; era obvio que no sería la única en decirle así, debería ser más original para el futuro. La mestiza, inclino un poco su cabeza, aunque la sujeción del mink le impedía hacer mucho, mientras lo miraba directamente a los ojos verdes, tan verdes como un bosque… o como la flema cuando estaba enferma ¿Tendría los ojos tan verdes por comerse los mocos? Aunque no era tan importante como otra cosa, antes lo había pensado, en tocar los mulliditos cojincitos de sus patas, y ahora estaban sobre sus labios…

— Mmmph phphphpmm mmmphphph — intento decir, pero la mano sobre su boca impidió que saliera algún sonido entendible. “¿Tus ojos son verdes por qué te tragabas los mocos de chiquito?”. Cuando abrió la boca para hablar, aprovecho y lamió la palma, no sabia a nada, aunque estaba suavecito, justo como lo imagino.

Segundo, no soy un gato, soy un leopardo. ¿Para nosotros es muy ofensivo que nos confundan, de acuerdo? Es como si a ti te llamo trucha, o salmonete, o esturión...

¿Un leopardo? Ante esa mención sus ojos brillaron aun más, ella no sabía de fauna silvestre, pero sí que habían gatos más grandes, y él era uno de esos gatos. ¡Las manchas eran la clave! No había visto gatitos con ese patrón, aunque si ropa… como la bandana del Capitán Uva, pieza de tela que reposaba en su camarote; claro, no estaba hecho con piel de verdad, ella jamás lastimaría a un animalito por moda, placer, hambre o gusto. ¡No, Enfoque! Él intenta decirle algo… ¿Ofensivo? ¿Lo ofendió? Los ojos de la chica se apagaron, no quería hacer sentir mal al minino, ella solo… siempre lo hacía, poner motes a todo lo que se movía, para recordar mejor... no lo hizo por mal. A María no le importaba que le dijeran atún, tonta, o cualquier otro adjetivo, aunque nadie la llamaba así, solo la Valquiria Besada por El Sol; el resto le decían MM y ya.

— Mmmph phphphpmm mmmphphph — la voz no se escuchaba, el sonido amortiguado era inentendible, aunque la entonación… no fue risueña, y por supuesto que debía ser así, porque se trataba de una disculpa por incomodarlo. “Lo siento, no volveré a llamarte como un animal que no eres. ¿Prefieres las frutas? ¿Los dulces? ¿Las estaciones?”

Las personas que pasaban se quedaban viendo la escena, una hermosa joven de larga cabellera celeste siendo… intimidada por un enorme mink, bueno, uno más alto que ella. Hasta la viejecita de los ponchos se levanto para intervenir, pero la mirada alfa y el gesto para que no se preocupara la detuvo. Era cierto, no había de que preocuparse, ella lo podía sentir, él no emanaba ninguna amenaza, y sus ojos no estaban vacíos, había vida en ellos, una vida que no denotaba maldad… María conocía la maldad de primera mano, siendo la victima favorita de un asqueroso tritón desde los trece años.

Y tercero, no voy desnudo, es el conjunto que el dueño de la tienda me ofreció. Pero gracias por el poncho, me gusta, en serio. Ahora, si quieres podemos darnos una vuelta por aquí y encontraremos las cosas que necesitas. ¿Después te acompañaré hasta dónde están tus amigos, te parece bien?

Comento, su voz sonó menos fiera, en especial cuando le dijo que le gustaba el poncho, a ella también. Cuando se alejó, y por consiguiente la mano dejo de estar en su boca, la joven siguió con su lengua las almohadillas… buscando darle una última lamida en vano — ¡Mi voz! ¡He recuperado mi voz gente! — comento sonriendo y levantando sus manos al aire, mientras giraba 360 grados, no una, sino dos veces, para quedar otra vez frente al felino y quien adopto una pose con las garras dentro del poncho — ¡Jamás había conocido un leopardo! — su voz vibro con euforia, y por segunda vez en el día, dio vueltas alrededor de él — Mi hermana me dice Atún, y Atún tonto otras veces, pero no es ofensivo si viene de alguien que te quiere, ella me quiere mucho, y yo a ella; aunque ahora mismo no estamos juntas, Unnie esta con sus nakamas y yo con los míos… — volvió a hablar, con su suave y preciosa voz. Luego de tres vueltas alrededor de él se detuvo — … si te relaciono con algo, no te olvidaré jamás… no quise ofenderte, Ki… Ki… Ki…Kiwi — lo ultimo lo dijo casi en un susurro, sonriéndole expectante ante el nuevo apodo — … las frutas son saludables… y esa en particular se parece a ti: doradito por fuera, verdecito por dentro… ¿Yeehei? — apunto con sus dedos índices cada ojo del felino, pero en vez de clavarlos solo molesto sus mejillas acolchadas mientras su expresión, mostraba los nervios ante la aprobación del nombre con el cual lo recordaría. No existía malicia en las intenciones de María, ella solo necesitaba llevar la realidad a su mundo, sino se sentiría perdida… como le paso con el perfecto marine pelirrojo.

Y perdona si te he asustado, te aseguro que no era mi intención.

— No pasa nada, Kiwi — susurro lo ultimo. Lo vio dar un paso atrás. María llevo sus propias manos a la espalda (con la bolsa de las compras colgando de su muñeca) alejándolas para no volver a tocarlo. ¿Asustado? Su reacción fue… comedida, hasta bondadosa en comparación con los amos que tuvo en el pasado, él no la asusto… porque nunca percibió señales de peligro en su actuar, solo quizás… cansancio, lo normal. No todos podían llevarle el ritmo. A la joven mestiza se le olvidaba que la mayoría de las personas no la escuchaban, no la entendían, no… lo intentaban — Realmente, quien debe disculparse soy yo. A veces me cuesta controlarme cuando me emociono… — suspiro, luego le sonrió, una media sonrisa de redención.

Él dio un giro mostrando el poncho.

La sonrisa, alegre de la joven, volvió a apoderarse de sus labios. Y el brillo regreso a sus orbes ámbar, aunque en menor intensidad que antes.

— ¡Bellísimo! Te queda bellísimo, combina con tus ojos, y el movimiento hace que parezcas un ave colorida surcando los cielos azules en busca de pareja para tener crías. Los machos más llamativos consiguen a las mejores hembras en el mundo animal... — aseguro guiñándole, asintiendo con su cabeza tres veces, lo que hizo que la larga cabellera bailara con ella. Claro, no fuera ella sin un comentario random que aprendió de Algodón de Azúcar. 

El gesto de exhibición no se lo espero, eso le demostró y reafirmo, que el michi tenía buen corazón, justo como el suyo — Me gustan que me regalen cosas lindas, no rechazare su oferta señor… Ki…ki…ki…wi pero eso si… — se inclino hacia delante, iba a contarle un secreto. Aun le costaba decir su nombre  —… déjame regatear a mí, lo conseguiré con descuento, al igual que tus gnomos, velas, siervas y anillos… te lo prometo — ella aun no entendía esa extraña lista de las compras del leopardo, sin embargo, iba a ayudarlo.

Sin dilatar más el camino, la chica paso a su lado siguiendo la marea de personas. Esta vez no le hablo, no quería aturdirlo más, no era tonta, aunque su hermana le dijera así. Lo que si no pudo evitar fue su caminar aleatorio, flotando de un lado a otro del muelle, empapándose con cada comerciante y sus productos únicos, soltando: “Wow” “Ah” “Mira” “Uuuh” ante los descubrimientos. Y por supuesto, no controlaba las miradas de las personas, que se quedaban embobados viendo a la hermosa sirena nadar entre ciudadanos de rostros comunes. María se detuvo frente a un puesto particular, vendían bisutería, no parecían de buena calidad… pero tenían anillos.

¡Anillos!

Ella debía conseguir un par de anillos a juegos para su falso matrimonio, dudaba seriamente que el serio pelirrojo los comprará, no por tacaño… sino porque, y aunque le siguiera el juego, era solo eso: un juego. Además, él no la volvería a ver, era María quien conocía como ubicarlo, cualquier cuartel de la marina seria suficiente para dejar la postal con el anillo adentro. Por primera vez, desde que emprendió esa aventura de especias con Kibai, se quedo quieta, pensativa y callada. Estaba evaluando cual sería el mejor…

— ¡Qué buen gusto, Señorita! — la voz del vendedor la hizo levantar la mirada de los anillos  — … ese rojo que estas viendo es de los mas vendidos, a todos les gusta. Ese es diseño masculino, tengo el diseño a juego femenino  — se apresuro a rebuscar y extendió ambos hacia la peliazul, quien los sujeto entre el índice y el pulgar de cada mano.

— Ummmmm — musito levantándolos al cielo, dónde la luz daba mejor… si, su ojo comerciante le decía que eran baratijas… no serviría para dárselo al marine, seguro lo echaría a la basura cuando viera esa calidad… aunque, ella no desecharía nada que él le diría, claro, nunca pasaría, porque no se volverían a encontrar… nunca; ya fue mucha casualidad encontrarse con él en esa isla  — … no es lo que busco  — dijo soltando un suspiro entre frustración y… esa cosa rara que le hacia sentir el pelirrojo. Dejo los anillos y volteo a ver al gato — ¿Alguna vez te has enamorado? — le pregunto sin anestesia, ella no estaba enamorada de nadie, pero se suponía era el paso previo al matrimonio… el paso que ella se saltó por un bien mayor, un bien… que, evito una muerte, pero que ahora le trajo a alguien en su vida que la hacia sentir… ¿desconcertada?

María espero pacientemente la respuesta del mink, no sabia que buscaba cuando soltó esa pregunta, pero no tenía a nadie más… su hermano no entendería, Hyakinthos era muy frio, Ashviel estaba desaparecido, Odeth solo cocinaba y Thrym… él no sabría guardar un secreto.



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RE: El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv. - por Maria Merlot - 10-03-2026, 04:34 AM

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