13-08-2023, 10:35 PM
Oí que dijo algo, pero dado que no me había retenido físicamente y no había dejado de caminar, yo ya estaba lo suficientemente lejos como para no escucharlo, y hubo un eco sonoro que me recordó a masas vociferando, como si volvieran a alentarse de todo tipo de maneras distintas. Asumí que algo había dicho, pero yo ya me encontraba lo suficientemente lejos como para escucharlo.
No sabía muy bien si ese tipo era un genio, o un iluso, pero dado el nuevo revuelo que creó, más tirando a una revuelta entre pro-Marina y seguidores de la facción Revolucionaria, lo único que logró fue crear un montón de agitación entre la que sería muy sencillo terminar de perderme, pues efectivamente, los insultos y agravios entre civiles comenzaron a surgir rápidamente.
De hecho, ciertamente se había creado una batalla campal, pero entre ciudadanos polarizados por uno u otro parecer. Incluso con total probabilidad, muchos de los más discordantes con el Gobierno Mundial y con la Marina se habrían echado encima de aquel muchacho pelirrojo, pero realmente esa ya no era mi guerra, pues me encontraba caminando, ocioso por la situación, por uno de los muchísimos corredores de una metrópolis tan masiva como aquella, a paso discreto para no levantar sospechas, y cambiando de calles para ser prácticamente imposible de rastrear.
Pensé en aquel momento lo gracioso y cierto de mi última reflexión, la gente con tensión, con varios cafés encima y con una situación límite de furia efectivamente tomaban decisiones más precipitadas y equívocas.
Proseguí caminando, tranquilo y tomándome mi tiempo para elaborar un plano mental en el cuál mi camino parecía errático, pero ciertamente llegaba hacia la dirección que me proponía, el centro de la ciudad.
Atisbé edificios de factura vetusta y variada, desde edificios de una zona mucho más pudiente, que poco a poco se iban tornando más amarillos y de peor calidad, al ritmo al que avanzaba por la ciudad de manera desordenada pero con rumbo fijo.
En una de las calles circundantes a la zona más humilde, dónde la vida funcionaba de una manera mucho más similar a un pequeño pueblucho, vi que tenían ropa tendida y seca al alcance de mi altura, en una ventana a pie de calle, momento en el que me hice con una especie de sudadera y una gorra simple –“Qué afortunado” pensé, al tiempo que me acercaba a una callejuela muy angosta y aprovechaba para ponerme, por encima del chaleco y de la camisa ajustada, esta sudadera holgada de color azul y con motivos turísticos y promocionales referentes a la Marina, y una gorra simple de color sepia.
Me la puse y durante unos segundos me odié por ir haciendo marca de una corporación tal, pero al mismo tiempo supuse que la situación no podía ser más irónica, aunque me quemaba por dentro ir de manera tan hortera.
Luego, no tuve que hacer otra cosa que seguir caminando, a ritmo normal y compostura más simple y no tan altiva, y continuar mi periplo en dirección al punto de encuentro pausadamente y sin llamar la atención, algo que ya había hecho muchas veces.
No sería mi primera vez, por ello mi hermana Hilda desde pequeños me nombraba como ‘el mejor jugando al escondite’.
Presto, llegué a la zona más céntrica de la ciudad, una maravilla nauseabunda de humanidad dónde apenas se podía caminar. Comercios abarrotados a pesar de ser la primera hora del anochecer, locales de copas que comenzaban su jornada y encendían sus luces más fluorescentes, restaurantes en plena hora punta, e incluso el casino estaba cerca, con numerosa afluencia de personajes de lo más dudosos.
-"Conque esta es la taberna ¿eh?"- dije susurrándome, mientras procedía a entrar.
No sabía muy bien si ese tipo era un genio, o un iluso, pero dado el nuevo revuelo que creó, más tirando a una revuelta entre pro-Marina y seguidores de la facción Revolucionaria, lo único que logró fue crear un montón de agitación entre la que sería muy sencillo terminar de perderme, pues efectivamente, los insultos y agravios entre civiles comenzaron a surgir rápidamente.
De hecho, ciertamente se había creado una batalla campal, pero entre ciudadanos polarizados por uno u otro parecer. Incluso con total probabilidad, muchos de los más discordantes con el Gobierno Mundial y con la Marina se habrían echado encima de aquel muchacho pelirrojo, pero realmente esa ya no era mi guerra, pues me encontraba caminando, ocioso por la situación, por uno de los muchísimos corredores de una metrópolis tan masiva como aquella, a paso discreto para no levantar sospechas, y cambiando de calles para ser prácticamente imposible de rastrear.
Pensé en aquel momento lo gracioso y cierto de mi última reflexión, la gente con tensión, con varios cafés encima y con una situación límite de furia efectivamente tomaban decisiones más precipitadas y equívocas.
Proseguí caminando, tranquilo y tomándome mi tiempo para elaborar un plano mental en el cuál mi camino parecía errático, pero ciertamente llegaba hacia la dirección que me proponía, el centro de la ciudad.
Atisbé edificios de factura vetusta y variada, desde edificios de una zona mucho más pudiente, que poco a poco se iban tornando más amarillos y de peor calidad, al ritmo al que avanzaba por la ciudad de manera desordenada pero con rumbo fijo.
En una de las calles circundantes a la zona más humilde, dónde la vida funcionaba de una manera mucho más similar a un pequeño pueblucho, vi que tenían ropa tendida y seca al alcance de mi altura, en una ventana a pie de calle, momento en el que me hice con una especie de sudadera y una gorra simple –“Qué afortunado” pensé, al tiempo que me acercaba a una callejuela muy angosta y aprovechaba para ponerme, por encima del chaleco y de la camisa ajustada, esta sudadera holgada de color azul y con motivos turísticos y promocionales referentes a la Marina, y una gorra simple de color sepia.
Me la puse y durante unos segundos me odié por ir haciendo marca de una corporación tal, pero al mismo tiempo supuse que la situación no podía ser más irónica, aunque me quemaba por dentro ir de manera tan hortera.
Luego, no tuve que hacer otra cosa que seguir caminando, a ritmo normal y compostura más simple y no tan altiva, y continuar mi periplo en dirección al punto de encuentro pausadamente y sin llamar la atención, algo que ya había hecho muchas veces.
No sería mi primera vez, por ello mi hermana Hilda desde pequeños me nombraba como ‘el mejor jugando al escondite’.
Presto, llegué a la zona más céntrica de la ciudad, una maravilla nauseabunda de humanidad dónde apenas se podía caminar. Comercios abarrotados a pesar de ser la primera hora del anochecer, locales de copas que comenzaban su jornada y encendían sus luces más fluorescentes, restaurantes en plena hora punta, e incluso el casino estaba cerca, con numerosa afluencia de personajes de lo más dudosos.
-"Conque esta es la taberna ¿eh?"- dije susurrándome, mientras procedía a entrar.
