11-03-2026, 03:44 AM
Dejó escapar una risita a sus palabras. Quizás más que reírse debía ofenderse y, sin embargo, ¿cómo hacerlo? La persona que se lo decía era quien más le llegaba al corazón y, además, también estaba riendo. Que no lo rechazara ya era algo que de por sí lo hacía más reconfortante. Por su parte, olvidando por completo que su cuello todavía estaba marcado con la firmeza de las manos de Raigo, quien no había tenido cuidado alguno.
No bromeaba, sabía que, como bien fue resaltado, él tenía razón. Su mano seguía acariciando aquella hermosa piel. Los labios que comenzaron a brindarle el profundo beso lo volvió más adictivo. Su zurda ahora comenzaba a desabrochar un botón de la camisa, la cual pese a que era propia, ahora parecía ser más difícil poder quitárselo. Los ojos se mantrenían en su rostro, esperaba que haberle preguntado no le hubiera afectado demasiado. Sentía curiosidad de saber, de no ser el único que podía abrir su corazón pero, de nuevo no quería insistirle. En parte, por temor a que se repitiera el evento cuando comenzó a hablar de Aleksei, donde descubrió que el hombre era poseedor de Akuma y, por otro, porque lo respetaba.
La pasión del beso ya no solo despertó su curiosidad, también aparentemente el pequeño amigo que había bajo sus piernas. Maldición, se suponía que estaban desayunando. ¿Dónde estaba ahora esa disfunción eréctil? Entreabrió lentamente los ojos cuando se apartó, elevando la cabeza cuando las manos contrarias lo guiaban a ello y los volvió a cerrar cuando sus labios brindaban aquel cariño, una vez más, a la marca eterna de su frente. Adoraba la atención que le daba, como si en vez de repulsivo o molesto fuera algo hermoso, tanto como lo era el propio Tezca para él.
Sus dedos comenzaron a desabrochar con más rapidez los botones del contrario, observándolo, respirando, solo llegando a la mitad, revelando su pecho y una pequeña parte de su abdomen. Su pecho apretaba, los latidos de su corazón parecían incluso sentirse en sus oídos, como si él mismo pudiera escucharlos. ¿Qué demonios lograba ese hombre? No era dolor, pero el pecho lo oprimía en una felicidad inexplicable.
Su maldito pantalón, que de por sí era más holgado, sentía que le oprimía su erección ahora. No podía dejar de admirar la obra de arte frente a él, besarlo con la misma pasión. Nunca tenía suficiente de él, no sabía cómo, no sabía por qué. La delicadeza de sus manos tras su nuca era legendaria. Sus mejillas tomaban un tono rojizo, apagando su palidez y dándole un pequeño toque de vida.
Las palabras salieron por sí solas ante su presencia. No supo por qué tuvo aquella necesidad, pero sintió que tenía que decirlo. Sin avisar, lo tomó en brazos, elevándolo de su regazo, siendo él ahora quien buscaba sus labios, sosteniéndolo frente a él desde los glúteos, buscando que cruzara sus piernas detrás de él para que se acomodara. No podía más, maldición, tenía que controlarse, estaban... ¿Acaso tenía que frenarse? Olvidó que tenían el desayuno sobre la mesa, solo abriendo sus labios, respirando frente a los ajenos, moviéndolos con una pasión única, cerrando sus ojos, moviendo su boca, usando su propia lengua para lamer los labios que lo volvían adictivo. Lo deseaba, lo ansiaba, lo quería solo para él y, más importante; lo amaba con todo su corazón, como nunca nadie le había hecho comprender antes. Separó un poco sus labios, buscando respirar, mirando primero sus labios, luego sus ojos. El rojo parecía mantenerse, insistiendo en quedarse como nuevo acompañante, ascendiendo incluso hasta sus propias orejas. —Maldita sea, nunca pensé que amaría así a nadie...

—Quizás tengas razón, bajaré un poco la cantidad.
No bromeaba, sabía que, como bien fue resaltado, él tenía razón. Su mano seguía acariciando aquella hermosa piel. Los labios que comenzaron a brindarle el profundo beso lo volvió más adictivo. Su zurda ahora comenzaba a desabrochar un botón de la camisa, la cual pese a que era propia, ahora parecía ser más difícil poder quitárselo. Los ojos se mantrenían en su rostro, esperaba que haberle preguntado no le hubiera afectado demasiado. Sentía curiosidad de saber, de no ser el único que podía abrir su corazón pero, de nuevo no quería insistirle. En parte, por temor a que se repitiera el evento cuando comenzó a hablar de Aleksei, donde descubrió que el hombre era poseedor de Akuma y, por otro, porque lo respetaba.
La pasión del beso ya no solo despertó su curiosidad, también aparentemente el pequeño amigo que había bajo sus piernas. Maldición, se suponía que estaban desayunando. ¿Dónde estaba ahora esa disfunción eréctil? Entreabrió lentamente los ojos cuando se apartó, elevando la cabeza cuando las manos contrarias lo guiaban a ello y los volvió a cerrar cuando sus labios brindaban aquel cariño, una vez más, a la marca eterna de su frente. Adoraba la atención que le daba, como si en vez de repulsivo o molesto fuera algo hermoso, tanto como lo era el propio Tezca para él.
Sus dedos comenzaron a desabrochar con más rapidez los botones del contrario, observándolo, respirando, solo llegando a la mitad, revelando su pecho y una pequeña parte de su abdomen. Su pecho apretaba, los latidos de su corazón parecían incluso sentirse en sus oídos, como si él mismo pudiera escucharlos. ¿Qué demonios lograba ese hombre? No era dolor, pero el pecho lo oprimía en una felicidad inexplicable.

—Entonces... Vuélvete adicto cuando me besas.
Su maldito pantalón, que de por sí era más holgado, sentía que le oprimía su erección ahora. No podía dejar de admirar la obra de arte frente a él, besarlo con la misma pasión. Nunca tenía suficiente de él, no sabía cómo, no sabía por qué. La delicadeza de sus manos tras su nuca era legendaria. Sus mejillas tomaban un tono rojizo, apagando su palidez y dándole un pequeño toque de vida.

—Te amo, Tezca...
Las palabras salieron por sí solas ante su presencia. No supo por qué tuvo aquella necesidad, pero sintió que tenía que decirlo. Sin avisar, lo tomó en brazos, elevándolo de su regazo, siendo él ahora quien buscaba sus labios, sosteniéndolo frente a él desde los glúteos, buscando que cruzara sus piernas detrás de él para que se acomodara. No podía más, maldición, tenía que controlarse, estaban... ¿Acaso tenía que frenarse? Olvidó que tenían el desayuno sobre la mesa, solo abriendo sus labios, respirando frente a los ajenos, moviéndolos con una pasión única, cerrando sus ojos, moviendo su boca, usando su propia lengua para lamer los labios que lo volvían adictivo. Lo deseaba, lo ansiaba, lo quería solo para él y, más importante; lo amaba con todo su corazón, como nunca nadie le había hecho comprender antes. Separó un poco sus labios, buscando respirar, mirando primero sus labios, luego sus ojos. El rojo parecía mantenerse, insistiendo en quedarse como nuevo acompañante, ascendiendo incluso hasta sus propias orejas. —Maldita sea, nunca pensé que amaría así a nadie...
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