11-03-2026, 04:19 PM
Los ojos del cocinero observaron con cierta curiosidad cuando la mujer comenzó a hablar, a explicarle cómo había sido capaz de ser transportada a ese momento con su relato, al menos en su imaginación. Todavía existía culpa en su interior en cuanto ella inició su explicación, tampoco bastó que la propia lunarian dijera que no le había dolido sus palabras para calmarlo, pero sí obtuvo un poco de paz interior al escucharla. - Oye, no desafinamos, fue una… escucha diferente, digamos -. Intentó bromear un poco, quitarle un peso a sus palabras que para la otra persona no lo tenían.
La mujer continuó hablando, explicando que al menos su relato le había enseñado algo, un pequeño detalle que suele ser fácil perder de vista. Pero en algo tenía razón, el muchacho no podía imaginar cuánto valían sus palabras en alguien que pasaba por lo que ella pasaba. ¿Qué tan importante podría ser su compañía? No le era posible poner en perspectiva el momento, la gran ayuda que significaba para ella la simple presencia de alguien que no la tratara como un simple trofeo en una vitrina.
- Si tú estás hecha una desastre, ¿Qué va a quedar para mi? -. Dijo usando sus manos para apuntar a su vestimenta, la cual era cierto que no mostraba la elegancia o preparación que había mostrado en cuanto se subió a ese escenario y demostró su talento frente a esas personas. Ahora podía verla más calmada, eso era un alivio, la tranquilidad de la mujer regresaba y le permitía pensar las cosas con claridad. Sonrió al verla hablar, al verla decidida a no dejarse estar, al menos como una mentalidad temporal. - Bueno, eso significa que al menos puedes meditar tus posibilidades -. Dijo mientras la veía levantarse del asiento y él se acomodaba en este para regresar a alguna pose más cómoda y lejana a esa tensión que él mismo había construido en su cuerpo desde que pensó que hablar sobre matrimonios fue una decisión muy mala. - No se te acabaron las opciones -.
Y para ella sería muy difícil que eso pase, viniendo de la familia que viene. Aún así, ella tenía su propia batalla, él no iba a entrometerse en lo que decidiera hacer o decir, pero era tranquilizador ver el cambio que tomó la actitud ajena desde que llegó a ese patio.
Levantó su mano tranquilamente en cuanto escuchó que Asherah le daba las gracias. - Me pediste que te contara algo real, simplemente lo hice, no hay nada que agradecer -. Tampoco es como que él hubiera podido arreglarlo, simplemente se limitó a seguir una orden, a crear un ambiente “seguro” donde ella pudiera alejarse de la falsedad de esa reunión que se llevaba a cabo dentro de la finca.
Pero ella se acercó, habló más bajo que antes, como si estuviera a punto de contar un secreto. La cabeza de Uker se movió a un lado en cuanto escuchó eso, curioso de que era lo que iba a pedirle. ¿Esto? ¿Qué era esto? Supuso que la charla, la conversación fuera de sus oficios ya marcados, solo dos jóvenes charlando con normalidad. ¿Se refería a eso?
Si, ella misma confirmó los pensamientos del cocinero, al que buscaba conocer mucho más. - Tranquila, no hay doble intenciones en esto -. Le sonrió, con su cara suavizándose mientras ella aclaraba que no se trataba de una búsqueda romántica. - Si hubiera algo así, lo hubieras escuchado de mí, así que no te preocupes -. Hasta ahora le había demostrado hablar solo con la verdad, a la vez que serle extremadamente sincero. No tenía porque mentirle, no tenía porqué buscar en ella una acompañante amorosa, ninguno lo necesitaba creía él.
La vio alejarse, en dirección a la puerta que llevaba nuevamente al interior. Rackham le sonrió y saludó con un gesto gentil de su mano, despidiéndose, al menos por el momento. - Será difícil encontrar un momento donde estemos solos, pero alguna forma encontraremos -. Pese a las dificultades, dejó fuera la imposibilidad de volverla a ver y se centró en asegurarle que volvería a pasar, pues ella misma le había pedido conocerlo mejor.
Siguió mirando hacia la puerta y sonriendo incluso si la mujer ya se había marchado y cerrado esta tras de sí. Luego de unos momentos, su cuerpo se relajó y se recostó en el asiento, respirando el frío aire de la noche y cerrando sus ojos un momento. - Trabajar aquí sí que es una locura -. Sonrió, mientras las palabras se perdían nuevamente en la soledad del patio. Tomó el libro que antes estaba leyendo, para continuar con su lectura que antes había sido interrumpida, con una leve sensación de estar olvidando algo importante.
La noche transcurrió con normalidad desde ese punto. No pudo volver a hablar con Asherah antes de que el lugar adquiriera el silencio característico de las noches, cuando las reuniones ya se habían retirado y el trabajo descansaba por un buen par de horas.
En cuanto pudo librarse de sus últimos labores diarios, se refugió en la habitación que ocupaba esos días. Se sentó en la cama y comenzó a desvestirse sin muchas ganas, estaba tan cansado que podría irse a dormir con la ropa puesta, pero no sería lo mejor tampoco. Fuera sus zapatos y camisa, llegó el turno del pantalón, pero notó como en uno de los bolsillos había algo que aguardaba en su interior. Un papel, doblado con cuidado, la carta que no había podido leer antes de que Asherah llegara al patio con su dilema. Lo había olvidado completamente, por lo que se dispuso a leerla con calma acercándose a un pequeño escritorio y encendiendo una diminuta luz para ayudarlo.
La letra no era la esperada, aún así era reconocible, sería imposible olvidar la forma de escribir de Alfred. Sus ojos no danzaron con rapidez las palabras, se aferraron a cada una por unos instantes, como si quisiera absorberlas y entenderlas al completo. Hubo duda en su rostro, sorpresa, sus manos tomaron con fuerza el papel mientras llegaba a la mitad. Una noticia que no esperaba, una que logró que su cabeza diese vueltas y se repitiera a sí mismo que debía ser una broma, algo preparado por todos ellos.
Alfred no bromeaba, nunca lo hacía.
No pudo terminar de leer el contenido sin que sus ojos se llenaran de lágrimas, sus manos tembralan y una de sus piernas comenzara a subir y bajar alocadamente. Una de sus lágrimas cayó y mojó la carta, justo donde se había colocado la firma final. No pudo continuar leyendo, soltó el papel y sus dos manos se dirigieron a su rostro, como si ocultarse hiciera que la noticia no fuera más que un horrible sueño. Se repetía entre susurros que no era cierto, que debían estar equivocados.
Maldijo el silencio del lugar, la calma que se había asentado. Si la fiesta continuase al menos podría enmascarar su dolor con cualquier ruido proveniente de ahí, pero ahora no podía.
Respiró, como mejor pudo, intentó secarse las lágrimas y recomponerse pero no le era posible. Necesitaba aire, necesitaba calmarse, y solo conocía una forma de hacerlo. Se levantó de la silla y se dirigió a su ropa, cambió su vestimenta a una más casual y salió de la habitación, todavía llevando en su mano la carta que le había traído de nuevo esos recuerdos que nunca dejarían de atormentarlo.
La mujer continuó hablando, explicando que al menos su relato le había enseñado algo, un pequeño detalle que suele ser fácil perder de vista. Pero en algo tenía razón, el muchacho no podía imaginar cuánto valían sus palabras en alguien que pasaba por lo que ella pasaba. ¿Qué tan importante podría ser su compañía? No le era posible poner en perspectiva el momento, la gran ayuda que significaba para ella la simple presencia de alguien que no la tratara como un simple trofeo en una vitrina.
- Si tú estás hecha una desastre, ¿Qué va a quedar para mi? -. Dijo usando sus manos para apuntar a su vestimenta, la cual era cierto que no mostraba la elegancia o preparación que había mostrado en cuanto se subió a ese escenario y demostró su talento frente a esas personas. Ahora podía verla más calmada, eso era un alivio, la tranquilidad de la mujer regresaba y le permitía pensar las cosas con claridad. Sonrió al verla hablar, al verla decidida a no dejarse estar, al menos como una mentalidad temporal. - Bueno, eso significa que al menos puedes meditar tus posibilidades -. Dijo mientras la veía levantarse del asiento y él se acomodaba en este para regresar a alguna pose más cómoda y lejana a esa tensión que él mismo había construido en su cuerpo desde que pensó que hablar sobre matrimonios fue una decisión muy mala. - No se te acabaron las opciones -.
Y para ella sería muy difícil que eso pase, viniendo de la familia que viene. Aún así, ella tenía su propia batalla, él no iba a entrometerse en lo que decidiera hacer o decir, pero era tranquilizador ver el cambio que tomó la actitud ajena desde que llegó a ese patio.
Levantó su mano tranquilamente en cuanto escuchó que Asherah le daba las gracias. - Me pediste que te contara algo real, simplemente lo hice, no hay nada que agradecer -. Tampoco es como que él hubiera podido arreglarlo, simplemente se limitó a seguir una orden, a crear un ambiente “seguro” donde ella pudiera alejarse de la falsedad de esa reunión que se llevaba a cabo dentro de la finca.
Pero ella se acercó, habló más bajo que antes, como si estuviera a punto de contar un secreto. La cabeza de Uker se movió a un lado en cuanto escuchó eso, curioso de que era lo que iba a pedirle. ¿Esto? ¿Qué era esto? Supuso que la charla, la conversación fuera de sus oficios ya marcados, solo dos jóvenes charlando con normalidad. ¿Se refería a eso?
Si, ella misma confirmó los pensamientos del cocinero, al que buscaba conocer mucho más. - Tranquila, no hay doble intenciones en esto -. Le sonrió, con su cara suavizándose mientras ella aclaraba que no se trataba de una búsqueda romántica. - Si hubiera algo así, lo hubieras escuchado de mí, así que no te preocupes -. Hasta ahora le había demostrado hablar solo con la verdad, a la vez que serle extremadamente sincero. No tenía porque mentirle, no tenía porqué buscar en ella una acompañante amorosa, ninguno lo necesitaba creía él.
La vio alejarse, en dirección a la puerta que llevaba nuevamente al interior. Rackham le sonrió y saludó con un gesto gentil de su mano, despidiéndose, al menos por el momento. - Será difícil encontrar un momento donde estemos solos, pero alguna forma encontraremos -. Pese a las dificultades, dejó fuera la imposibilidad de volverla a ver y se centró en asegurarle que volvería a pasar, pues ella misma le había pedido conocerlo mejor.
Siguió mirando hacia la puerta y sonriendo incluso si la mujer ya se había marchado y cerrado esta tras de sí. Luego de unos momentos, su cuerpo se relajó y se recostó en el asiento, respirando el frío aire de la noche y cerrando sus ojos un momento. - Trabajar aquí sí que es una locura -. Sonrió, mientras las palabras se perdían nuevamente en la soledad del patio. Tomó el libro que antes estaba leyendo, para continuar con su lectura que antes había sido interrumpida, con una leve sensación de estar olvidando algo importante.
La noche transcurrió con normalidad desde ese punto. No pudo volver a hablar con Asherah antes de que el lugar adquiriera el silencio característico de las noches, cuando las reuniones ya se habían retirado y el trabajo descansaba por un buen par de horas.
En cuanto pudo librarse de sus últimos labores diarios, se refugió en la habitación que ocupaba esos días. Se sentó en la cama y comenzó a desvestirse sin muchas ganas, estaba tan cansado que podría irse a dormir con la ropa puesta, pero no sería lo mejor tampoco. Fuera sus zapatos y camisa, llegó el turno del pantalón, pero notó como en uno de los bolsillos había algo que aguardaba en su interior. Un papel, doblado con cuidado, la carta que no había podido leer antes de que Asherah llegara al patio con su dilema. Lo había olvidado completamente, por lo que se dispuso a leerla con calma acercándose a un pequeño escritorio y encendiendo una diminuta luz para ayudarlo.
La letra no era la esperada, aún así era reconocible, sería imposible olvidar la forma de escribir de Alfred. Sus ojos no danzaron con rapidez las palabras, se aferraron a cada una por unos instantes, como si quisiera absorberlas y entenderlas al completo. Hubo duda en su rostro, sorpresa, sus manos tomaron con fuerza el papel mientras llegaba a la mitad. Una noticia que no esperaba, una que logró que su cabeza diese vueltas y se repitiera a sí mismo que debía ser una broma, algo preparado por todos ellos.
Alfred no bromeaba, nunca lo hacía.
No pudo terminar de leer el contenido sin que sus ojos se llenaran de lágrimas, sus manos tembralan y una de sus piernas comenzara a subir y bajar alocadamente. Una de sus lágrimas cayó y mojó la carta, justo donde se había colocado la firma final. No pudo continuar leyendo, soltó el papel y sus dos manos se dirigieron a su rostro, como si ocultarse hiciera que la noticia no fuera más que un horrible sueño. Se repetía entre susurros que no era cierto, que debían estar equivocados.
Maldijo el silencio del lugar, la calma que se había asentado. Si la fiesta continuase al menos podría enmascarar su dolor con cualquier ruido proveniente de ahí, pero ahora no podía.
Respiró, como mejor pudo, intentó secarse las lágrimas y recomponerse pero no le era posible. Necesitaba aire, necesitaba calmarse, y solo conocía una forma de hacerlo. Se levantó de la silla y se dirigió a su ropa, cambió su vestimenta a una más casual y salió de la habitación, todavía llevando en su mano la carta que le había traído de nuevo esos recuerdos que nunca dejarían de atormentarlo.
- No puedo detenerme ahora, debo seguir -
