12-03-2026, 01:15 AM
Pensé que había defendido con absoluta seguridad el demoledor bateo ascendente, pero erré, gravemente. Lejos de llegar a someterlo bajo mi soplido huracanado, arrastrándolo lejos de mi para poder ganar momentum, su ofensiva fue, aunque por poco, lo suficientemente superior como para que se impusiera ante mi. Gracias a esto, aquel guerrero consiguió, por mucho que pudiera sentir sus intenciones y ataques con mi Kenbunshoku, asestarne tres garrotazos en el pecho. Habiendo visto la potencia que se gastaba con su arma blanca, sabía que necesitaba mantener la distancia, para al menos pensar en mi siguiente movimiento con suma claridad. Pero había algo en mi pecho que amenazaba con salir, algo que llevaba aprisionado durante muchos años. Con cada latido de mi corazón, con cada suspiro y pensamiento, sentía que el ser que conocía en antaño, se forzaba más y más en liberarse de las cadenas que lo apresaban. Cada segundo que pasaba combatiendo con Sohem, conseguían debilitar las barreras que me había autoimpuesto hace tanto tiempo. ¿Era esto lo que había estado esperando tanto tiempo? ¿El motivo por el que había estado vagando casi 5 largos años por el mundo?
Habiendo ganado la suficiente distancia como para ubicarme hasta 29 metros frente a él, me dispuse a enseñarle que, mi más leal arma, Zuìzhōng Pànjué,no sólo era una pipa común de 4 metros que exhalaba humo común. Habiendo golpeado la cazoleta dos veces en el suelo, era hora de enseñarle el fucsia que representaba la mismísima desesperación. Llevando mis labios hacia la boquilla, era hora de esparcir el miasma por toda la plaza pero, lejos de que tenía en mente, después de que Sohem pronunciara dos palabras, prácticamente inaudibles para mi, la sustancia que emanaba la cazoleta de mi pipa y que estaba apunto de inhalar, se consumió por completo, no quedando ni rastro aparta de aquel espectáculo de colores que salía de mi arma, y haciéndome inspirar la nada absoluta. Aquel cambio drástico sólo podía significar una cosa y era que, los diales de mi cazoleta se habían desactivado de forma abrupta, y no era ni un error por mi parte ni que estos cachivaches estuvieran defectuosos. Aparté a Zuìzhōng Pànjué de mi boca, cerciorándome de que, una esfera visible, como si de un espejismo se tratara, rodeaba la cazoleta de mi arma. ¿Sería posible qué..?
Acerqué la cazoleta hacia mi cara, sin que esta llegara a tocar aquella esfera que parecía distorsionar el espacio en su interior, con curiosidad, pudiendo notar claramente que, esa esfera translúcida era un foco de calor extremo. Era obra suya, 100%, y sabiendo la distancia que nos separaba, no había dial que fuera capaz de hacer lo acababa de realizar, dejándome tan solo una opción, y es que se trataba de la habilidad de una fruta del diablo. Y no una habilidad cualquiera, no. Conocía de sobra que era lo que estaba viendo, gracias a mis innumerables batallas a mí cargada espalda y a mi vasta sabiduría. Aquello de extender tu poder más allá de tu cuerpo, con ese nivel de dominio, no podía ser otra cosa que el despertar de una fruta del diablo, seguramente, del tipo paramecia, una que le pudiera permitir controlar la temperatura, calor o fuego habiendo visto sus anteriores habilidades. Buenas destreza y manejo con su arma, una fuerza y complexión física arrolladora, increíble análisis del combate y, por encima de todo, había alcanzado la cima en lo que a poder de Akuma no Mi respectaba. Y por encima de todo, la insolencia de ese mocoso, al comentarme en un turno burlesco que nada de fumar aquí, no hacía más que creciera mi interés y aprecio por él. No podía evitarlo, personas de ese estilo eran las que mejor me caía. Y sobre todo, parecía que había encontrado lo que quería y, con eso en mente, no había marcha atrás. Contra él, cada fibra de mi cuerpo sabía que no había necesidad de contenerme, que podía dar el todo por el todo y que, aún así, esta contienda podía seguir su curso. No había necesidad de que la bestia que dormía en mi interior siguiera en un letargo perenne. Finalmente, había llegado la hora de sacarla. Enseñarle que no era el único en aquella plaza que había conseguido doblegar los poderes de su fruta.
De forma inmediata, mi tamaño volvió a aumentar, pasando a medir algo más de 8 metros de alto. Toda mi figura y silueta, se volvió mucho más monstruosas, dando lugar a lo que se trataba de toda una bestia, haciendo que los rasgos que podían mantener aún algo de humanidad, como la piel de mi pecho y abdomen, además de mis dientes, se perdieran por completo, llenándose estos primeros del mismo pelaje color pardo propio del felino y, en cuanto a mis dientes, volviéndose todos y cada uno de ellos afilados y puntiagudos. Mi cabello, barba, bigote, y así como puntos fijos de mi pelaje como el de codos y el extremo de mi cola se encresparon con ferocidad, mostrando una serie de surcos que asemejaba a las espirales propias de las Akuma no Mi. El continuo alboroto en mi pelo, hizo que el tocado que lo recogía se cayera, haciendo que una larga melena canosa reposara sobre mi espalda. Y por último, como característica de todos los despertares de las tipo Zoan, una especie de llamas negras emergieron de mis dos hombros, formando, en primer lugar, una suerte de columna de fuego, que se iría extendiendo y doblando hasta ponerse por encima de mi cabeza, momento en el que, las dos llamas de mis hombros se unificarían, formando una especie de halo de fuego oscuro. Era una forma que potenciaba considerablemente todas mis aptitudes físicas.
Mientras tanto, mi haki me advertía de un ataque en área, de magnitudes parecidas al primero que recibí por parte de mi oponente. Y si bien anteriormente decidí no asumir un gasto excesivo de Haki para el poco daño que iba a recibir en este caso, y con el daño que llevaba ya acumulado, sentía que necesitaba que este combate durara lo máximo posible y que si, se terminaba, fuera porque Sohem me había asustado con su mejor ataque, su mejor baza. Y no un ataque cualquiera que buscaba jugar al desgaste. ¡Basta de milongas!
Flexione mis piernas, armándome de una fuerza y dureza sin parangón, apuntando hacia el dueño de uno de los distritos del Inframundo y, con una celeridad mayor que previamente, eché a correr hacia él, apuntando con la cazoleta a mi adversario y agarrando mi arma con mi siniestra en un punto cercano a la boquilla y empujando mi diestra el centro de gravedad de la vara, buscando atravesar su ola de calor masiva pero, en esta ocasión, protegido íntegramente por mi Busoshoku Haki, volviéndose todos mi cuerpo del mismo tono que mi arma, de un negro mate reluciente y pulcro, como lo era mi alma en estos instantes. Corrí de frente hacia él, siguiendo estrictamente mi código de honor, observando como mantenía una postura perfecta tanto a nivel defensivo como ofensivo, posicionando su brazo metálico por delante y, su arma por detrás, preparando un inminente bateo. Mientras me aproximaba hacia él, no podía parar de sonreír, me encontraba completamente lleno de dicha y euforia e, increíblemente al mismo tiempo, en sintonía y en paz conmigo mismo y con el universo. Mi mente viajaba a antiguas épocas, épocas en las que me medía de igual a igual con mi noble y honorable rival, Whitend, quién ahora regentaba el cargo del Almirantazgo de Flota. Épocas en las que peleaba a muerte contra piratas de élite, que hacían sacar lo mejor de mi mismo, ese lado brutal que llevaba tanto tiempo guardando. Kichita… Amada mía, solo espero que allá donde estés, puedas estar viéndome. Ahora mismo, era como si mi alma estuviera en la cima de la montaña, era como si estuviera yo mismo en la cima del mundo. Y en agradecimiento por ello, y sumo respeto hacia mi rival, pensaba darle una muestra de las vistas desde la cima. Lo que uno conseguía cuando, no sólo llevaba a lo más alto su poder demoníaco, sino su cuerpo, mente y espíritu.
Atravesando la oleada de calor sin mayor adversidad, seguí corriendo hacia mi oponente, hasta quedar a 10 metros de distancia de él. En ese mismo momento, disminuí el rango de acción de mi Kenbunshoku Haki hasta 12 metros, intensificando al mismo tiempo mi concentración y, sobre todo, el poder de mi mente, activando de esta manera uno de los usos que solo los más experimentados usuarios del Kenbunshoku habían sido capaces de dominar: la visión del futuro. Está habilidad me permitía, a diferencia del nivel anterior del haki de observación, poder ver un futuro cercano de todo aquello que estuviera dentro de mi campo visual, pudiendo actuar asimismo en consecuencia y con una mayor antelación de lo que podría de normal.
Seguí avanzando, hasta que estuve entre unos 5 metros y medio de distancia de Sohem, deteniéndome por completo y blandiendo mi arma hacia mi espalda al mismo tiempo que desplazaba y reunía todo el Busoshoku con el que me había recubierto en mi Zuìzhōng Pànjué, aunando todo mi cuerpo y ser en ese arma, hasta el punto de que el característico tono negro mate del haki de armamento se convertía en su nivel superior, una versión avanzada que rodeaba a mi arma de un color similar al de mi aura, dotándole de una capacidad destructiva sin parangón aunque perdiendo su capacidad defensiva.
Y, por si fuera poco, a la par que imbuia con Busoshoku Avanzado a mi pipa, pasaba a depositar todo mi espíritu también en ella, concretamente en la zona de la cazoleta, infusionando mi Haoshoku en ella y causando que un haz de rayos negros, emergiera de ella. Aunque me era sabido que este no era el culmen del Haoshoku, si solo los elegidos eran capaces de ser poseedores de este poder capaz de hacer doblegar a tus adversarios, solo los elegidos de esos elegidos podían sacar el máximo esplendor de este codiciado poder.
Cuerpo, mente, y espíritu. Sólo cuando uno era capaz de dominar esos tres fundamentos del ser, le era posible hallar la paz interior. Y ahora que había reconocido, o mejor dicho, me había reconciliado con mi bestia, todo mi ser rezumaba paz interior. Era tal que, junto a mi arma, mi aura se moldeó, hasta adoptar la forma de un gigantesco tigre, rojizo y humeante, tigre que, cuando abaniqué con suma brutalidad y potencia, con una nunca antes vista, mi pipa hacia delante, hacia la cabeza de Sohem, ese mismo tigre de manera simultánea se lanzó directo a por él, como un depredador apex cazando a su presa.
La cazoleta de mi pipa, que se abalanzaba hacia el casco del hombre enmascarado, cuando estuvo a punto de impactar en este se detuvo, a dos metros exactos de su agujereada máscara, no golpeando exactamente con mi arma, sino siendo una especie de aura invisible, propio del nivel avanzado del Haoshoku el que lo hizo, extendiéndose la capa rojiza de mi Busoshoku para añadir una destructividad mayor a mi ataque. En el punto de impacto, los rayos negruzcos que emergían de la cazoleta se alborotaban y extendían hacia puntos indeterminados con aleatoriedad, agrietándose gran parte del suelo que se sostenía bajo nuestros pies y levantándose una violenta corriente de aire que, acababa con estamparse contra las paredes que delimitaban la plaza mayor o, por el contrario, pasando a través de los arcos que daban pasó hacia los distintos caminos de entrada o salida de la misma.
Mi honorable oponente, por su parte, vio completamente fracturado su casco, amortiguando gran parte del impacto, pero siendo el daño lo suficiente como para tumbarlo boca abajo en el suelo, en lo que se había formado como un pequeño cráter. Me quedé expectante, a su ahora conocida apariencia física, pudiendo apreciar tan solo sus cabellos rosados, que reflejaban casi con exactitud el color de su propia aura. Por otro lado, también pude divisar como, debido a la dureza de mi ataque, el daño había sido suficiente como para apagar las llamas que calcinaban su garrote, además de que aquella extraña esfera de calor que envolvía uno de los extremos de mi pipa desaparecía. Probablemente había sido uno de los mejores que podía asestar en mi época actual, pero sabía que esto aún no había acabado.
- ¡No hay honor en atacar a un hombre derribado-kozo! - Exclamé, mirándole desde arriba gracias a mi increíble altura, mientras desactivaba todos mis hakis, notándome como el cansancio se empezaba a apoderar de mi. - Sé de sobra que sigues consciente y que aún tendrás sorpresas por mostrarme... - Proseguí, cambiando el empuñe de mi arma, agarrando ahora con mi diestra el extremo libre de la vara y, con mi mano izquierda el centro de gravedad de esta.- Así que sigamos disfrutando de este fortuito encuentro del destino-kozo. - Finalicé flexionando mis dos piernas y posicionando mi diestra a la altura de mi cadera y en un punto cercano a mi espalda. No quería que este combate terminara nunca.
Habiendo ganado la suficiente distancia como para ubicarme hasta 29 metros frente a él, me dispuse a enseñarle que, mi más leal arma, Zuìzhōng Pànjué,no sólo era una pipa común de 4 metros que exhalaba humo común. Habiendo golpeado la cazoleta dos veces en el suelo, era hora de enseñarle el fucsia que representaba la mismísima desesperación. Llevando mis labios hacia la boquilla, era hora de esparcir el miasma por toda la plaza pero, lejos de que tenía en mente, después de que Sohem pronunciara dos palabras, prácticamente inaudibles para mi, la sustancia que emanaba la cazoleta de mi pipa y que estaba apunto de inhalar, se consumió por completo, no quedando ni rastro aparta de aquel espectáculo de colores que salía de mi arma, y haciéndome inspirar la nada absoluta. Aquel cambio drástico sólo podía significar una cosa y era que, los diales de mi cazoleta se habían desactivado de forma abrupta, y no era ni un error por mi parte ni que estos cachivaches estuvieran defectuosos. Aparté a Zuìzhōng Pànjué de mi boca, cerciorándome de que, una esfera visible, como si de un espejismo se tratara, rodeaba la cazoleta de mi arma. ¿Sería posible qué..?
Acerqué la cazoleta hacia mi cara, sin que esta llegara a tocar aquella esfera que parecía distorsionar el espacio en su interior, con curiosidad, pudiendo notar claramente que, esa esfera translúcida era un foco de calor extremo. Era obra suya, 100%, y sabiendo la distancia que nos separaba, no había dial que fuera capaz de hacer lo acababa de realizar, dejándome tan solo una opción, y es que se trataba de la habilidad de una fruta del diablo. Y no una habilidad cualquiera, no. Conocía de sobra que era lo que estaba viendo, gracias a mis innumerables batallas a mí cargada espalda y a mi vasta sabiduría. Aquello de extender tu poder más allá de tu cuerpo, con ese nivel de dominio, no podía ser otra cosa que el despertar de una fruta del diablo, seguramente, del tipo paramecia, una que le pudiera permitir controlar la temperatura, calor o fuego habiendo visto sus anteriores habilidades. Buenas destreza y manejo con su arma, una fuerza y complexión física arrolladora, increíble análisis del combate y, por encima de todo, había alcanzado la cima en lo que a poder de Akuma no Mi respectaba. Y por encima de todo, la insolencia de ese mocoso, al comentarme en un turno burlesco que nada de fumar aquí, no hacía más que creciera mi interés y aprecio por él. No podía evitarlo, personas de ese estilo eran las que mejor me caía. Y sobre todo, parecía que había encontrado lo que quería y, con eso en mente, no había marcha atrás. Contra él, cada fibra de mi cuerpo sabía que no había necesidad de contenerme, que podía dar el todo por el todo y que, aún así, esta contienda podía seguir su curso. No había necesidad de que la bestia que dormía en mi interior siguiera en un letargo perenne. Finalmente, había llegado la hora de sacarla. Enseñarle que no era el único en aquella plaza que había conseguido doblegar los poderes de su fruta.
De forma inmediata, mi tamaño volvió a aumentar, pasando a medir algo más de 8 metros de alto. Toda mi figura y silueta, se volvió mucho más monstruosas, dando lugar a lo que se trataba de toda una bestia, haciendo que los rasgos que podían mantener aún algo de humanidad, como la piel de mi pecho y abdomen, además de mis dientes, se perdieran por completo, llenándose estos primeros del mismo pelaje color pardo propio del felino y, en cuanto a mis dientes, volviéndose todos y cada uno de ellos afilados y puntiagudos. Mi cabello, barba, bigote, y así como puntos fijos de mi pelaje como el de codos y el extremo de mi cola se encresparon con ferocidad, mostrando una serie de surcos que asemejaba a las espirales propias de las Akuma no Mi. El continuo alboroto en mi pelo, hizo que el tocado que lo recogía se cayera, haciendo que una larga melena canosa reposara sobre mi espalda. Y por último, como característica de todos los despertares de las tipo Zoan, una especie de llamas negras emergieron de mis dos hombros, formando, en primer lugar, una suerte de columna de fuego, que se iría extendiendo y doblando hasta ponerse por encima de mi cabeza, momento en el que, las dos llamas de mis hombros se unificarían, formando una especie de halo de fuego oscuro. Era una forma que potenciaba considerablemente todas mis aptitudes físicas.
Mientras tanto, mi haki me advertía de un ataque en área, de magnitudes parecidas al primero que recibí por parte de mi oponente. Y si bien anteriormente decidí no asumir un gasto excesivo de Haki para el poco daño que iba a recibir en este caso, y con el daño que llevaba ya acumulado, sentía que necesitaba que este combate durara lo máximo posible y que si, se terminaba, fuera porque Sohem me había asustado con su mejor ataque, su mejor baza. Y no un ataque cualquiera que buscaba jugar al desgaste. ¡Basta de milongas!
Flexione mis piernas, armándome de una fuerza y dureza sin parangón, apuntando hacia el dueño de uno de los distritos del Inframundo y, con una celeridad mayor que previamente, eché a correr hacia él, apuntando con la cazoleta a mi adversario y agarrando mi arma con mi siniestra en un punto cercano a la boquilla y empujando mi diestra el centro de gravedad de la vara, buscando atravesar su ola de calor masiva pero, en esta ocasión, protegido íntegramente por mi Busoshoku Haki, volviéndose todos mi cuerpo del mismo tono que mi arma, de un negro mate reluciente y pulcro, como lo era mi alma en estos instantes. Corrí de frente hacia él, siguiendo estrictamente mi código de honor, observando como mantenía una postura perfecta tanto a nivel defensivo como ofensivo, posicionando su brazo metálico por delante y, su arma por detrás, preparando un inminente bateo. Mientras me aproximaba hacia él, no podía parar de sonreír, me encontraba completamente lleno de dicha y euforia e, increíblemente al mismo tiempo, en sintonía y en paz conmigo mismo y con el universo. Mi mente viajaba a antiguas épocas, épocas en las que me medía de igual a igual con mi noble y honorable rival, Whitend, quién ahora regentaba el cargo del Almirantazgo de Flota. Épocas en las que peleaba a muerte contra piratas de élite, que hacían sacar lo mejor de mi mismo, ese lado brutal que llevaba tanto tiempo guardando. Kichita… Amada mía, solo espero que allá donde estés, puedas estar viéndome. Ahora mismo, era como si mi alma estuviera en la cima de la montaña, era como si estuviera yo mismo en la cima del mundo. Y en agradecimiento por ello, y sumo respeto hacia mi rival, pensaba darle una muestra de las vistas desde la cima. Lo que uno conseguía cuando, no sólo llevaba a lo más alto su poder demoníaco, sino su cuerpo, mente y espíritu.
Atravesando la oleada de calor sin mayor adversidad, seguí corriendo hacia mi oponente, hasta quedar a 10 metros de distancia de él. En ese mismo momento, disminuí el rango de acción de mi Kenbunshoku Haki hasta 12 metros, intensificando al mismo tiempo mi concentración y, sobre todo, el poder de mi mente, activando de esta manera uno de los usos que solo los más experimentados usuarios del Kenbunshoku habían sido capaces de dominar: la visión del futuro. Está habilidad me permitía, a diferencia del nivel anterior del haki de observación, poder ver un futuro cercano de todo aquello que estuviera dentro de mi campo visual, pudiendo actuar asimismo en consecuencia y con una mayor antelación de lo que podría de normal.
Seguí avanzando, hasta que estuve entre unos 5 metros y medio de distancia de Sohem, deteniéndome por completo y blandiendo mi arma hacia mi espalda al mismo tiempo que desplazaba y reunía todo el Busoshoku con el que me había recubierto en mi Zuìzhōng Pànjué, aunando todo mi cuerpo y ser en ese arma, hasta el punto de que el característico tono negro mate del haki de armamento se convertía en su nivel superior, una versión avanzada que rodeaba a mi arma de un color similar al de mi aura, dotándole de una capacidad destructiva sin parangón aunque perdiendo su capacidad defensiva.
Y, por si fuera poco, a la par que imbuia con Busoshoku Avanzado a mi pipa, pasaba a depositar todo mi espíritu también en ella, concretamente en la zona de la cazoleta, infusionando mi Haoshoku en ella y causando que un haz de rayos negros, emergiera de ella. Aunque me era sabido que este no era el culmen del Haoshoku, si solo los elegidos eran capaces de ser poseedores de este poder capaz de hacer doblegar a tus adversarios, solo los elegidos de esos elegidos podían sacar el máximo esplendor de este codiciado poder.
Cuerpo, mente, y espíritu. Sólo cuando uno era capaz de dominar esos tres fundamentos del ser, le era posible hallar la paz interior. Y ahora que había reconocido, o mejor dicho, me había reconciliado con mi bestia, todo mi ser rezumaba paz interior. Era tal que, junto a mi arma, mi aura se moldeó, hasta adoptar la forma de un gigantesco tigre, rojizo y humeante, tigre que, cuando abaniqué con suma brutalidad y potencia, con una nunca antes vista, mi pipa hacia delante, hacia la cabeza de Sohem, ese mismo tigre de manera simultánea se lanzó directo a por él, como un depredador apex cazando a su presa.
La cazoleta de mi pipa, que se abalanzaba hacia el casco del hombre enmascarado, cuando estuvo a punto de impactar en este se detuvo, a dos metros exactos de su agujereada máscara, no golpeando exactamente con mi arma, sino siendo una especie de aura invisible, propio del nivel avanzado del Haoshoku el que lo hizo, extendiéndose la capa rojiza de mi Busoshoku para añadir una destructividad mayor a mi ataque. En el punto de impacto, los rayos negruzcos que emergían de la cazoleta se alborotaban y extendían hacia puntos indeterminados con aleatoriedad, agrietándose gran parte del suelo que se sostenía bajo nuestros pies y levantándose una violenta corriente de aire que, acababa con estamparse contra las paredes que delimitaban la plaza mayor o, por el contrario, pasando a través de los arcos que daban pasó hacia los distintos caminos de entrada o salida de la misma.
Mi honorable oponente, por su parte, vio completamente fracturado su casco, amortiguando gran parte del impacto, pero siendo el daño lo suficiente como para tumbarlo boca abajo en el suelo, en lo que se había formado como un pequeño cráter. Me quedé expectante, a su ahora conocida apariencia física, pudiendo apreciar tan solo sus cabellos rosados, que reflejaban casi con exactitud el color de su propia aura. Por otro lado, también pude divisar como, debido a la dureza de mi ataque, el daño había sido suficiente como para apagar las llamas que calcinaban su garrote, además de que aquella extraña esfera de calor que envolvía uno de los extremos de mi pipa desaparecía. Probablemente había sido uno de los mejores que podía asestar en mi época actual, pero sabía que esto aún no había acabado.
- ¡No hay honor en atacar a un hombre derribado-kozo! - Exclamé, mirándole desde arriba gracias a mi increíble altura, mientras desactivaba todos mis hakis, notándome como el cansancio se empezaba a apoderar de mi. - Sé de sobra que sigues consciente y que aún tendrás sorpresas por mostrarme... - Proseguí, cambiando el empuñe de mi arma, agarrando ahora con mi diestra el extremo libre de la vara y, con mi mano izquierda el centro de gravedad de esta.- Así que sigamos disfrutando de este fortuito encuentro del destino-kozo. - Finalicé flexionando mis dos piernas y posicionando mi diestra a la altura de mi cadera y en un punto cercano a mi espalda. No quería que este combate terminara nunca.
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