Dia 50 de Verano, Año 17.
17:00 Hrs
Costas de Little Garden
Costas de Little Garden
Estar de pie en la costa de Little Garden es lo más parecido a sentir que recupero mi escala natural. Aquí, la franja de arena volcánica y negra tiene unos sesenta metros de ancho desde la densa vegetación de helechos gigantes hasta que el agua empieza a cubrir mis empeines. El viento sopla desde el suroeste a unos quince nudos, cargado con ese olor a selva y el salitre pesado que solo se encuentra en las costas del mar. Es una brisa constante que agita las copas de los árboles de cientos de metros metros a mi espalda, pero que apenas despeina mi barba trenzada. A pesar de la libertad de este lugar, siento un nudo en el pecho que no se quita ni con todo el aire del Grand Line; la ausencia de Ashveil, a pesar de todo lo que hizo, pesa más que una montaña. Pero no puedo permitirme que los demás vean esa grieta en mi ánimo.
Me quedé un momento observando el Royal Flush, que descansaba plácidamente en la orilla de la playa. Maki había hecho un trabajo impecable; podía ver que la quilla está perfectamente alineada y las maderas nuevas del carenado brillan con una capa de resina fresca que la protege del roce. Ver el casco así de sólido me quita un peso de encima. Una nave con la base dañada es una trampa mortal en mar abierto, pero ahora el barco se ve listo para aguantar el castigo de cualquier corriente. Forcé una sonrisa amplia, de esas que solía regalar a los niños en Villa Syrup para que no tuvieran miedo de mi tamaño, y miré hacia donde estaba la pequeña carpintera.
—¡Maki! ¡La quilla ha quedado perfecta! ¡Buen trabajo!— Bramé, proyectando la voz para que llegue a sus oídos. Me resulta curioso tenerla con nosotros; recuerdo que andaba con la tripulación de Uker, pero ahora navega bajo nuestro estandarte. No es que me moleste, ni mucho menos, en el mar siempre son buenas un par de manos extra que sepan lo que hacen con un martillo. Lo que sí me ronda la cabeza es el espacio; ya somos unos cuantos y el barco no crece por mucho que lo miremos. A veces pienso que si alguien sobra por tamaño en esa cubierta, probablemente sea yo, pero mientras nadie más sepa cómo navegar, seguiré siendo el que marque el rumbo.
Me acerqué a los tres árboles de tronco grueso donde teníamos amarrado el barco para que no se deslizara durante las reparaciones. Eran ejemplares de madera dura, de unos cuarenta metros de alto, que estaban peligrosamente curvados por las toneladas de tensión de las amarras de cáñamo de veinte pulgadas de grosor. Con cuidado, fui deshaciendo los nudos ballestrinque que yo mismo había tensado, maniobrar con esos cabos era como intentar enhebrar una aguja con guantes de boxeo; mis dedos, aunque fuertes, apenas tenían margen para girar los nudos ballestrinque en un espacio tan corto.
Sentí cómo la madera de los árboles recuperaba su posición vertical con crujidos secos que se oían por encima del viento. Una vez libres, las cuerdas cayeron pesadamente sobre la arena húmeda, dejando al barco apoyado únicamente por su propio peso.
Caminé hacia la proa del Royal Flush, hundiendo mis botas unos veinte centímetros en la arena blanda para asegurar el apoyo. El barco mide unos cuarenta y cinco metros de eslora, el doble de lo que media yo de alto, así que me resulta fácil manejarlo desde tierra. Coloqué ambas palmas bajo la línea de flotación, sintiendo la textura de la madera recién reparada. Con un movimiento seco y controlado, empujé hacia arriba para elevar la proa unos dos metros del suelo. Vi cómo el casco pivotaba sobre la popa, que ya estaba rozando la espuma de la marea, creando el ángulo justo para que el deslizamiento fuera fluido y no dañara el trabajo de Maki.
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