12-03-2026, 04:57 AM
Hyak se acercó comentando algo sobre mis ganas de marcharme, y no pude evitar soltar un bufido que levantó una pequeña nube de polvo negro a mis pies.
—No te equivoques, Hyak, no es que odie este pedazo de selva, es que apenas lo he visto.— Le respondí con mi voz profunda, tratando de no sonar demasiado brusco mientras miraba hacia los volcanes que rugían a lo lejos. — Ustedes se fueron a jugar con dinosaurios, pero yo me quedé aquí, cuidando que el barco no terminara siendo el nido de algún bicho gigante. No tengo ningún apego a Little Garden; para mí, estas playas solo han sido trabajo y vigilancia, así que en lo que a mi me concierne, preferiría ir a cualquier otra isla que no huela a lagarto—
Hice una pausa, sintiendo cómo el peso de los últimos días se me asentaba en los hombros. —Ademas luego de lo de Ash... — Pero me detuve en seco. Giré un poco la cabeza y vi a María Merlot. Ya no era la chica que bailaba o bromeaba; estaba pálida, con la mirada perdida en algún punto muerto del casco y una expresión de vacío que me apretó el corazón más que cualquier Rey Marino. No hacía falta remover esa herida, decir el nombre de Ash o recordar aquel episodio en voz alta solo iba a terminar de hundirla, así que me tragué mis palabras y simplemente dejé escapar un suspiro pesado que hizo vibrar las maderas de la borda.
Maki, siempre tan decidida, se subió a la borda y se plantó frente a nosotros. Aun asi, incluso ella estando allí arriba me permitía verla cara a cara, nivelando nuestras miradas de una forma que rara vez sucede con los humanos. La miré con una mezcla de cansancio y sabiduría de viejo lobo de mar.
—Maki, no seas tonta— Le dije, suavizando un poco el tono pero manteniendo la firmeza. —Deberías saber que el Grand Line no es un camino de ida y vuelta. Sus corrientes son caprichosa: Una vez que te empujan hacia adelante, no te permiten volver hacia atras por mucho que lo desees.— Me acomodé un mechón de mi barba pelirroja y añadí. —Mirar hacia atrás en estas aguas solo sirve para que una ola te pegue de frente sin que te des cuenta. Nuestro rumbo está marcado, y retroceder no es una opción que el mar nos vaya a dar. —
Luego me dirigí a Hyak, que andaba preguntando por Drum. Me froté el mentón, tratando de rescatar recuerdos que tenían más de sesenta años de antigüedad, de cuando yo era apenas un grumete que apenas asomaba la cabeza por la borda del barco pesquero.
—¿Drum? Hmmmm... la conocí hace mucho, cuando aun era un niño en el Mordisco de Jörmungandr....— Comenté pensativo. —Recuerdo que había gente, pueblos pequeños, pero mi memoria está un poco borrosa tras tantas décadas. Lo que sí te garantizo, y de eso no me olvido ni aunque pasen los años, es que hace frío. Mucho frío.—
Una vez que sentí el peso de todos a bordo, me acerqué a la zona del timón. El Royal Flush me quedaba pequeño, como si fuera una cáscara de nuez en la que apenas podía acomodarme, pero era nuestra casa. Con una delicadeza que contrastaba con mi tamaño, usé la punta de mi meñique para tocar levemente la pequeña campana de bronce que estaba cerca del timón. El tintineo, agudo y claro, marcó el inicio de nuestra partida.
—¡Ya oyeron, muchachas! ¡Eleven el ancla y desplieguen esas velas! ¡Partimos hacia Drum!— Grité, asumiendo mi puesto con autoridad. Me senté en la proa, dejando que mis piernas colgaran por fuera de los barandales; mis patas desnudas rozaban el agua del mar, levantando pequeñas estelas de espuma blanca mientras el barco empezaba a moverse. Agarré el timón, que aunque era más grande de lo normal para acomodar mi fuerza, en mis manos se sentía como un plato demasiado grande. Con un giro suave y preciso, orienté la proa hacia el horizonte abierto, dejando atrás la selva de Little Garden y poniendo rumbo hacia las tierras heladas.
—No te equivoques, Hyak, no es que odie este pedazo de selva, es que apenas lo he visto.— Le respondí con mi voz profunda, tratando de no sonar demasiado brusco mientras miraba hacia los volcanes que rugían a lo lejos. — Ustedes se fueron a jugar con dinosaurios, pero yo me quedé aquí, cuidando que el barco no terminara siendo el nido de algún bicho gigante. No tengo ningún apego a Little Garden; para mí, estas playas solo han sido trabajo y vigilancia, así que en lo que a mi me concierne, preferiría ir a cualquier otra isla que no huela a lagarto—
Hice una pausa, sintiendo cómo el peso de los últimos días se me asentaba en los hombros. —Ademas luego de lo de Ash... — Pero me detuve en seco. Giré un poco la cabeza y vi a María Merlot. Ya no era la chica que bailaba o bromeaba; estaba pálida, con la mirada perdida en algún punto muerto del casco y una expresión de vacío que me apretó el corazón más que cualquier Rey Marino. No hacía falta remover esa herida, decir el nombre de Ash o recordar aquel episodio en voz alta solo iba a terminar de hundirla, así que me tragué mis palabras y simplemente dejé escapar un suspiro pesado que hizo vibrar las maderas de la borda.
Maki, siempre tan decidida, se subió a la borda y se plantó frente a nosotros. Aun asi, incluso ella estando allí arriba me permitía verla cara a cara, nivelando nuestras miradas de una forma que rara vez sucede con los humanos. La miré con una mezcla de cansancio y sabiduría de viejo lobo de mar.
—Maki, no seas tonta— Le dije, suavizando un poco el tono pero manteniendo la firmeza. —Deberías saber que el Grand Line no es un camino de ida y vuelta. Sus corrientes son caprichosa: Una vez que te empujan hacia adelante, no te permiten volver hacia atras por mucho que lo desees.— Me acomodé un mechón de mi barba pelirroja y añadí. —Mirar hacia atrás en estas aguas solo sirve para que una ola te pegue de frente sin que te des cuenta. Nuestro rumbo está marcado, y retroceder no es una opción que el mar nos vaya a dar. —
Luego me dirigí a Hyak, que andaba preguntando por Drum. Me froté el mentón, tratando de rescatar recuerdos que tenían más de sesenta años de antigüedad, de cuando yo era apenas un grumete que apenas asomaba la cabeza por la borda del barco pesquero.
—¿Drum? Hmmmm... la conocí hace mucho, cuando aun era un niño en el Mordisco de Jörmungandr....— Comenté pensativo. —Recuerdo que había gente, pueblos pequeños, pero mi memoria está un poco borrosa tras tantas décadas. Lo que sí te garantizo, y de eso no me olvido ni aunque pasen los años, es que hace frío. Mucho frío.—
Una vez que sentí el peso de todos a bordo, me acerqué a la zona del timón. El Royal Flush me quedaba pequeño, como si fuera una cáscara de nuez en la que apenas podía acomodarme, pero era nuestra casa. Con una delicadeza que contrastaba con mi tamaño, usé la punta de mi meñique para tocar levemente la pequeña campana de bronce que estaba cerca del timón. El tintineo, agudo y claro, marcó el inicio de nuestra partida.
—¡Ya oyeron, muchachas! ¡Eleven el ancla y desplieguen esas velas! ¡Partimos hacia Drum!— Grité, asumiendo mi puesto con autoridad. Me senté en la proa, dejando que mis piernas colgaran por fuera de los barandales; mis patas desnudas rozaban el agua del mar, levantando pequeñas estelas de espuma blanca mientras el barco empezaba a moverse. Agarré el timón, que aunque era más grande de lo normal para acomodar mi fuerza, en mis manos se sentía como un plato demasiado grande. Con un giro suave y preciso, orienté la proa hacia el horizonte abierto, dejando atrás la selva de Little Garden y poniendo rumbo hacia las tierras heladas.
