[Presente Relativo][Social] Carnival Kerfuffle
#9
El chaparrón de preguntas le cayó encima como un segundo duelo.

Massimo la miró por encima del hombro, con esa parsimonia de quien tiene cuatro metros y puede permitirse el lujo de no darse la vuelta del todo. La cría se había puesto su sombrero y ahora llevaba las monedas en la cabeza como si fuera un cerdito hucha con patas.

Un cerdito hucha con banjo, coletas y una expresión que iba del enfado a la curiosidad en menos de un suspiro.

Las aceptó.
Eso había que reconocerlo. Las aceptó mientras se quejaba, que era su forma de aceptar las cosas.
Massimo conocía a gente así. Gente que no sabía recibir sin poner pegas, que necesitaba envolver la gratitud en una capa de malos modos para que no se notara demasiado. Él mismo era un poco así, aunque no lo reconocería ni con un cuchillo en su cuello.

-No son limosnas.-Dijo, con la voz grave y plana. -Es una inversión.

No explicó más. No hacía falta.
Si la cría quería entender, entendería. Si no, pues no. No era su trabajo educarla.

Ella siguió, presentandose: Dolly Wobblebottom.
Nombre de payaso de circo, pero bueno, él no era quién para juzgar nombres raros, pues, el suyo tampoco era normal que digamos, asi que... Calladito esta mas guapo.

Massimo se giró del todo. La miró desde las alturas, con esa cara de enfado perpetuo que, en realidad, estaba en reposo. La cría tenía los brazos en jarra, formando dos astas con esos brazos larguísimos que no pegaban nada con su tamaño, haciendola parecera un bicho enfadado. 

-Dooti -Dijo.

Seco. Tajante. Helado. Una palabra. Su apellido. Nada de apellidos, nada de títulos, nada de historias. Dooti. Con eso bastaba.

-Y no me llames galeón. No me gusta...

Hizo una pausa. Miró hacia el interior de la isla, donde el sol empezaba a teñirlo todo de naranja. Las calles de tierra, las casas de madera, el olor a comida llegando desde algunas puertas. La vida en la zona pobre seguía su curso, ajena al duelo musical que habían montado estos dos desconocidos.

-El bacalao es caro aquí.- Añadió, sin venir a cuento. -Los pobres comen pescado seco. O arroz con lo que encuentren. Eso con suerte...

Lo dijo sin afán de dar lástima. Era un hecho, como decir que el agua moja o que el sol calienta.
En Samba, como en tantos sitios, la parte buena y la parte mala estaban separadas y no solo por un rio cargado de mierda.

Otra pausa. La cría había preguntado por un sitio para comer. No era una pregunta estúpida. En Samba, la zona pobre no tenía restaurantes con manteles y camareros. Tenía puestos callejeros, fogatas improvisadas, gente que vendía desde su propia casa si había suerte. Y si no había suerte, pues a buscar entre las sobras del mercado.

Massimo conocía bien ese paisaje. Lo había vivido.

-Sígueme.

Hizo un gesto con su cabeza para que le siguiera, dio media vuelta y empezó a caminar. No se paró a comprobar si ella lo seguía. No era su problema y si quería comer caliente, que fuera detrás. Si no, que se buscara la vida. Él ya había hecho más de lo que solía hacer con desconocidos. Había compartido escenario, había compartido público, había compartido monedas. Todo lo demás era voluntario.

La gabardina se movía con cada paso, barriendo el polvo del camino. La fedora, ahora más cargada que nunca, descansaba en su cabeza como siempre. El saxofón, guardado cerca del pecho, no sonaba, solo estaba ahí.
Como un testigo mudo de lo que acababa de pasar.

Pasó junto a una mujer que cerraba su puesto de verduras. La mujer lo saludó con un gesto y Massimo asintió en respiesta. Pasó junto a un grupo de niños que jugaban con una pelota de trapo. Lo miraron un segundo, soltaron un par de risitas y siguieron a lo suyo. En la zona pobre, el gigante con gabardina era solo uno más.

-Hay un puesto al final de la calle.- Dijo sin mirar atrás. -Una señora mayor. Vende pescado frito y plátanos. No es bacalao, pero está caliente.

La señora llevaba treinta años con el mismo puesto, vendiendo a los pobres lo poco que podían permitirse. No era rica, pero nunca había visto a nadie irse con hambre de su puerta. Massimo la conocía bien. A veces le guardaba las sobras cuando sabía que había tenido un mal día. Otras veces, él le dejaba unas monedas de más sin decir nada. Así funcionaban las cosas entre los que no tenían nada.

Se detuvo un momento. Giró ligeramente la cabeza, lo justo para que ella viera su perfil. La luz del atardecer le marcaba las arrugas, las cicatrices, esa barba de tres días que nunca terminaba de crecer del todo.

-Y no acepta peleas cerca del local.- Añadió. -Así que si quieres montar otro número, tendrá que ser después..

No era una amenaza, era un aviso. La señora era buena gente, pero tenía un carácter de mil demonios. Si la cría se le ponía chula, la señora la echaba de allí con la misma facilidad con la que su marido descabezaba los peces.

Siguió caminando. El sol seguía cayendo, pintando las nubes de colores que no solían verse en la zona rica. Las monedas tintineaban dentro del fedora con cada paso, un sonido ligero y constante que le recordaba que hoy había sido un buen día. Un día raro. Un día en el que un duelo absurdo le había llenado los bolsillos y, de paso, le había recordado que la música seguía siendo lo único que le hacía sentir vivo.

-Vamos, rata... -Dijo, con un dejo de cansancio en la voz. -Tengo hambre.

No esperó respuesta. Siguió andando, calle abajo, hacia el puesto. Hacia el pescado frito y los plátanos. Hacia una cena caliente después de un día de locos.
Detrás de él, si la cría quería, podía oír el tintineo de sus propias monedas en su propio sombrero. Y el eco de lo que acababa de pasar.

Un duelo. Un empate. Y una invitación a cenar envuelta en insultos.

Bien pensado, no era el peor final para una tarde en Samba.


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RE: [Presente Relativo][Social] Carnival Kerfuffle - por Massimo Dooti - 12-03-2026, 05:50 PM

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