13-03-2026, 11:59 AM
(Última modificación: 13-03-2026, 12:05 PM por Sigurd Haakon.)
Lo memorable del combate todavía está por llegar. El desenlace. Solo uno va a saborear la gloria, mientras que el otro va a caer en el recuerdo de aquellos que son testigos de una batalla tan formidable. Y tengo claro que papel juego yo en todo esto. No pienso tropezar aquí, en el primer escalón, no una segunda vez contra el mismo oponente. No solo sería una derrota, sino una humillación. Y yo por ahí, no paso. Mis arnas claman sangre y estoy hambriento de victoria. Y... ¿A qué sabrá una Valkyrja?
La batalla continúa...
Ejecuto un Bilröst perfecto y los martillos de guerra cumplen con su función, atrapando en vuelo al ángel de metal. Sus diminutos brazos se contraen contra el torso y los huesos crujen, aunque el cabrón es incapaz de soltar su aguja. Lo libero de la presión rápido, buscando clavar su cuerpo en la tierra para sentenciar el combate. Alzo los brazos para ejecutar un doble Vanaheim demoledor, pero... Antes de llegar al máximo de mi amplitud de brazos, el samurái lanza su siguiente corte. Como si flotara en el aire como una pluma, desafiando a la gravedad, lanza un tajo preciso y certero al mismo ojo izquierdo que ya tengo herido, haciendo que sangre todavía más y prolongando la ceguera.
Aún así, lo veo, no le quito el ojo, el único que me queda útil, de encima. Lo miro con esa ira asesina que siempre me acompaña, cargado de furia pese a que mi cabeza da vueltas. Mientras lo veo caer, peleo contra mi mismo para sobreponerme a la confusión y desorientación que padezco durante unos segundos. Siento la sangre que me brota del ojo caer por la mejilla, la promesa de que no voy a perderte de vista. Luego la de mi mano, que resbala por mis dedos y mancha el cuero del martillo de la sangre equivocada, la promesa de que con mis propias manos le daré final a esto.
Está aterrizando cuando nuestras miradas se matan en silencio, con esa mirada penetrante que te atraviesa el alma, que desafía el espíritu. Ya me la conozco. La vi en su día en Little Garden y la he visto hace un rato justo antes de cruzar aceros. Me hace vomitar del asco, con esos aires de grandeza semi divinos, como si se creyera superior a mí en algo. El suelo a sus pies cede ante una presión invisible, pero a mí me la pela lo más grande. Que pierda el tiempo mirándome, yo no pienso perder la oportunidad de demostrar porqué soy el terror de la Gran Line. A poco más de un metro en su caída, lo vuelvo a cazar.
Como un rayo, alzo los brazos de nuevo tanto como puedo, alcanzando al mismísimo Sol y eclipsando el cuerpo del espadachín con la sombra de mi inmensidad, como un presagio de muerte anunciada. Desde ahí, descargo con la fuerza de un trueno ambos martillos sobre sus hombros, machacando tanto como puedo sus extremidades más importantes. Lanzo este ataque con todo lo que tengo, con toda la energía que me queda y superando mis propios límites. La derecha, cortada y malherida, sostiene la maza como puede. Pero la izquierda presiona el mango de cuero con una fuerza que me sorprende hasta a mí, provocando un destrozo aún mayor.
Mientras ejecuto la técnica, al acercarme lo suficiente, siento la presión, aquella que ha destrozado el suelo con anterioridad. Ese aura divina que me ha estado doblegando durante toda la batalla, como un recordatorio de que no estoy enfrentando a un enemigo vulgar del mar, sino a un rival destinado a ponerme a prueba como una intervención enviada por los dioses. Pero ha dejado una apertura. Capaz le ha podido el orgullo de demostrar su poder, pero en el mundo de los mortales solo gana el acero y la fuerza.
Lo destrozo contra el suelo mientras lo doblego a mí merced. Si él hacía quebrar el suelo con su magia, yo creo un cráter por toda la calle. Los edificios tiemblan, los cristales explotan y los pocos valientes que observan el duelo huyen. En el epicentro de la masacre, me encuentro encorvado sobre el espadachín con la propia verticalidad del movimiento anterior, aplicando toda la fuerza que tengo con las mazas, que apresan sus brazos y los mantienen inmóviles contra la tierra.
Pero no es momento de vacilar. No ahora, no aún. No pienso generar ni aperturas ni momentos. Ya he tenido suficientes heridas causadas por la misma persona. Sin perder un segundo ni dejar que se recupere de Vanaheim, alzo mí brazo mano derecha, la ensangrentada, liberando su brazo izquierdo, para descargar un martillazo más contra su rostro, clavándolo más todavía en el suelo. Es un golpe seco, mudo. No es el más fuerte, ni el más técnico. Pero si definitorio. Va cargado de rabia, frustración y sadismo. La exaltación de una victoria ahogada que se ha postergado en el tiempo con una promesa presente. El Ragnarok es su estado más puro.
La batalla continúa...
Ejecuto un Bilröst perfecto y los martillos de guerra cumplen con su función, atrapando en vuelo al ángel de metal. Sus diminutos brazos se contraen contra el torso y los huesos crujen, aunque el cabrón es incapaz de soltar su aguja. Lo libero de la presión rápido, buscando clavar su cuerpo en la tierra para sentenciar el combate. Alzo los brazos para ejecutar un doble Vanaheim demoledor, pero... Antes de llegar al máximo de mi amplitud de brazos, el samurái lanza su siguiente corte. Como si flotara en el aire como una pluma, desafiando a la gravedad, lanza un tajo preciso y certero al mismo ojo izquierdo que ya tengo herido, haciendo que sangre todavía más y prolongando la ceguera.
-¡¡AAAAGGGHHH!!-
Grito dolorido, incapaz de continuar con mi combo letal. El corte es tan bruto que me empuja la cabeza para atrás y arrastra mi cuerpo un par de metros.Aún así, lo veo, no le quito el ojo, el único que me queda útil, de encima. Lo miro con esa ira asesina que siempre me acompaña, cargado de furia pese a que mi cabeza da vueltas. Mientras lo veo caer, peleo contra mi mismo para sobreponerme a la confusión y desorientación que padezco durante unos segundos. Siento la sangre que me brota del ojo caer por la mejilla, la promesa de que no voy a perderte de vista. Luego la de mi mano, que resbala por mis dedos y mancha el cuero del martillo de la sangre equivocada, la promesa de que con mis propias manos le daré final a esto.
Está aterrizando cuando nuestras miradas se matan en silencio, con esa mirada penetrante que te atraviesa el alma, que desafía el espíritu. Ya me la conozco. La vi en su día en Little Garden y la he visto hace un rato justo antes de cruzar aceros. Me hace vomitar del asco, con esos aires de grandeza semi divinos, como si se creyera superior a mí en algo. El suelo a sus pies cede ante una presión invisible, pero a mí me la pela lo más grande. Que pierda el tiempo mirándome, yo no pienso perder la oportunidad de demostrar porqué soy el terror de la Gran Line. A poco más de un metro en su caída, lo vuelvo a cazar.
Como un rayo, alzo los brazos de nuevo tanto como puedo, alcanzando al mismísimo Sol y eclipsando el cuerpo del espadachín con la sombra de mi inmensidad, como un presagio de muerte anunciada. Desde ahí, descargo con la fuerza de un trueno ambos martillos sobre sus hombros, machacando tanto como puedo sus extremidades más importantes. Lanzo este ataque con todo lo que tengo, con toda la energía que me queda y superando mis propios límites. La derecha, cortada y malherida, sostiene la maza como puede. Pero la izquierda presiona el mango de cuero con una fuerza que me sorprende hasta a mí, provocando un destrozo aún mayor.
Mientras ejecuto la técnica, al acercarme lo suficiente, siento la presión, aquella que ha destrozado el suelo con anterioridad. Ese aura divina que me ha estado doblegando durante toda la batalla, como un recordatorio de que no estoy enfrentando a un enemigo vulgar del mar, sino a un rival destinado a ponerme a prueba como una intervención enviada por los dioses. Pero ha dejado una apertura. Capaz le ha podido el orgullo de demostrar su poder, pero en el mundo de los mortales solo gana el acero y la fuerza.
Lo destrozo contra el suelo mientras lo doblego a mí merced. Si él hacía quebrar el suelo con su magia, yo creo un cráter por toda la calle. Los edificios tiemblan, los cristales explotan y los pocos valientes que observan el duelo huyen. En el epicentro de la masacre, me encuentro encorvado sobre el espadachín con la propia verticalidad del movimiento anterior, aplicando toda la fuerza que tengo con las mazas, que apresan sus brazos y los mantienen inmóviles contra la tierra.
Pero no es momento de vacilar. No ahora, no aún. No pienso generar ni aperturas ni momentos. Ya he tenido suficientes heridas causadas por la misma persona. Sin perder un segundo ni dejar que se recupere de Vanaheim, alzo mí brazo mano derecha, la ensangrentada, liberando su brazo izquierdo, para descargar un martillazo más contra su rostro, clavándolo más todavía en el suelo. Es un golpe seco, mudo. No es el más fuerte, ni el más técnico. Pero si definitorio. Va cargado de rabia, frustración y sadismo. La exaltación de una victoria ahogada que se ha postergado en el tiempo con una promesa presente. El Ragnarok es su estado más puro.
En efecto, cajita feliz
