13-03-2026, 08:04 PM
Aferró las cuerdas con sus manos tirando en todas las direcciones que pudo, apremiado por la prisa y la desesperación por liberarse, pero aquel gesto solo hizo una cosa. La cuerda se aferraría a su cuerpo más aun, como si no quisiese liberarlo. La frustración bullía en su interior como una olla a presión que tarde o temprano iba a terminar explotando. Sus fauces mordieron aquello que lo retenía sin resultado alguno más que de dejarle un sabor a húmedo óxido y papel. Arrugó la nariz llevando una de sus manos hasta la salvaguarda de su arma, desenvainando parte de la hoja que portaba y comenzando a cortar la cuerda. Dos roces de su afilada hoja fueron suficientes como para liberar una de las tantas. Luego vino la segunda, con la tercera pudo desenvainar por completo su arma y deshacerse de aquella maraña con facilidad.
Escuchó a la mujer reír, la miró, curioso pues la frustración pasó a un segundo plano en cuanto se dio cuenta de que estaba batallando de la misma manera que él lo había hecho. El moreno sonrió mientras la miraba y terminaba de avanzar con el poder de sus alas, la mujer parecía incluso más enfadada. Al menos eso pensó en cuanto vio los ojos en blanco, casi como un perro rabioso. El lunarian no dijo nada, iba a aprovechar aquella ventaja como el que más, no iba a dar media vuelta.
Descendió casi en picado como un ave que extendía sus garras para atrapar a su presa. Su sombra, engrandecida por el sol sobre sí, se proyectaba por el empedrado por el que huía el maleante y le cayó encima. Aminoró su inercia cambiando la dirección de su vuelo hacia arriba en cuanto tuvo la oportunidad de caer, por simple comodidad. Estrelló sus piernas contra el joven que caería irremediablemente contra el suelo y comenzaría a chillar como un cerdo antes de la matanza. El albino no dijo nada, dejó que su peso, sobre el pecho contrario, hiciese lo pertinente. Limitó el oxígeno que tenía hasta el punto de dejarlo inconsciente y, más rápido que tarde tomó lo que había robado. Varios miles de berries que se guardaría en un bolsillo, algo más significativo que lo que habían prometido como recompensa. - Bah - Espetó, desganado por el botín, pero apremiado por lograr ganar el desafío pendiente. - Y la mujer... - Quiso susurrar.
Tomó de las ropas al joven, en ese instante se dio cuenta lo famélico que estaba y su ínfimo peso, y alzó el vuelo. Calmado y atrayendo las miradas, y algún que otro vitoreo, se acercó hasta las cuerdas que retenían a la pelirrosa hasta quedar frente a esta. No se movía a excepción de sus dedos que parecían el último punto de su cuerpo capaz de querer poder salir. Arrugó parte de la frente, con duda. - ¿Está inconsciente? - Preguntó en su propia mente. ¿Acaso las cuerdas la estaban ahogando? Con una calma inusitada, desenvainó su acero una vez más y apoyó su filo contra el de varias cuerdas trenzadas entre si. Un ligero empujón del filo lograría desmenuzar aquellas hebras en dos.
Las cuerdas se fueron soltando una a una mientras devolvía Liberatio a su funda, el cuerpo comenzaría a ceder y la mujer no parecía reaccionar. - ¿Puede volar no? - Pensó. - ¿Podrá hacerlo así? - Ahora que se fijaba parecía inconsciente, había perdido ligeramente el color. - Un shock - Aclaró al instante para sí mismo, no era el mejor diagnosticando pero su experiencia como médico, hacia sí mismo más que otra cosa, le dejaba entender parte de la situación. Con su ahora mano libre tomó las ropas del cogote de la mujer, como un animal a su cachorro y ascendió hasta un tejado plano, dejando ambos cuerpo sobre el edificio una vez posados su pies.
Tocaría con la punta de su pie en una pierna de la mujer. ¿Seguiría viva? El otro seguro que sí.
Escuchó a la mujer reír, la miró, curioso pues la frustración pasó a un segundo plano en cuanto se dio cuenta de que estaba batallando de la misma manera que él lo había hecho. El moreno sonrió mientras la miraba y terminaba de avanzar con el poder de sus alas, la mujer parecía incluso más enfadada. Al menos eso pensó en cuanto vio los ojos en blanco, casi como un perro rabioso. El lunarian no dijo nada, iba a aprovechar aquella ventaja como el que más, no iba a dar media vuelta.
Descendió casi en picado como un ave que extendía sus garras para atrapar a su presa. Su sombra, engrandecida por el sol sobre sí, se proyectaba por el empedrado por el que huía el maleante y le cayó encima. Aminoró su inercia cambiando la dirección de su vuelo hacia arriba en cuanto tuvo la oportunidad de caer, por simple comodidad. Estrelló sus piernas contra el joven que caería irremediablemente contra el suelo y comenzaría a chillar como un cerdo antes de la matanza. El albino no dijo nada, dejó que su peso, sobre el pecho contrario, hiciese lo pertinente. Limitó el oxígeno que tenía hasta el punto de dejarlo inconsciente y, más rápido que tarde tomó lo que había robado. Varios miles de berries que se guardaría en un bolsillo, algo más significativo que lo que habían prometido como recompensa. - Bah - Espetó, desganado por el botín, pero apremiado por lograr ganar el desafío pendiente. - Y la mujer... - Quiso susurrar.
Tomó de las ropas al joven, en ese instante se dio cuenta lo famélico que estaba y su ínfimo peso, y alzó el vuelo. Calmado y atrayendo las miradas, y algún que otro vitoreo, se acercó hasta las cuerdas que retenían a la pelirrosa hasta quedar frente a esta. No se movía a excepción de sus dedos que parecían el último punto de su cuerpo capaz de querer poder salir. Arrugó parte de la frente, con duda. - ¿Está inconsciente? - Preguntó en su propia mente. ¿Acaso las cuerdas la estaban ahogando? Con una calma inusitada, desenvainó su acero una vez más y apoyó su filo contra el de varias cuerdas trenzadas entre si. Un ligero empujón del filo lograría desmenuzar aquellas hebras en dos.
Las cuerdas se fueron soltando una a una mientras devolvía Liberatio a su funda, el cuerpo comenzaría a ceder y la mujer no parecía reaccionar. - ¿Puede volar no? - Pensó. - ¿Podrá hacerlo así? - Ahora que se fijaba parecía inconsciente, había perdido ligeramente el color. - Un shock - Aclaró al instante para sí mismo, no era el mejor diagnosticando pero su experiencia como médico, hacia sí mismo más que otra cosa, le dejaba entender parte de la situación. Con su ahora mano libre tomó las ropas del cogote de la mujer, como un animal a su cachorro y ascendió hasta un tejado plano, dejando ambos cuerpo sobre el edificio una vez posados su pies.
Tocaría con la punta de su pie en una pierna de la mujer. ¿Seguiría viva? El otro seguro que sí.
