El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv.
#8
La situación, desde luego, no podía ser más caótica…

Kibai caminaba al lado de MM, que al menos parecía haberse calmado “minimamente”. Al menos lo justo para comportarse y poder seguir buscando los ingredientes que necesitaba de manera más o menos normalizada.

No obstante, mientras la joven peliazul salia disparada hacia un puesto de anillos, el mink se miró la mano con la que le había tapado la boca. Aquella chica definitivamente estaba loca si lo primero que se le había pasado por la cabeza había sido lamerle la mano cuando la había obligado a cerrar el pico.

“No sé que demonios te habrá pasado para ser así, chica, pero no ha tenido que ser nada bueno…” pensó mientras negaba con la cabeza y se dirigía hacia dónde su improvisada compañera de compras ya estaba examinando la mercancía del puesto.

Mientras MM miraba las piezas que el vendedor le ofrecía, Kibai dejó pasar la vista por las diversas joyas y bisutería que se exponían en las bandejas de madera, aunque sin quitarle ojo al vendedor, atento a si su expresión con respecto a la joven cambiaba de la mera profesionalidad. Después de lo ocurrido en la tienda de especies, y visto que MM tenía el sentido del peligro de un ladrillo, más valía prestar atención a cualquiera que hablase más de treinta segundos seguidos con ella.

— Si quieres mi opinión, y estás buscando dos anillos, el anillo de él no debería ser muy grande ni elaborado. — intervino el mink. — Las joyas así tienden a engancharse en el peor momento, y molestan para usar guantes y armas. Escoge algo sencillo para él, le gustará porque vendrá de ti. El resto es completamente secundario.

De manera casi automática, Kibai giró la vista a su alrededor, controlando el entorno, a la vez que deslizaba una hoja de lechuga dentro de su bolsillo dónde el Den Den Mushi continuaba dormitando. Varios de sus compañeros también habían abandonado el barco para reabastecerse, reparar su equipo y hacer algunas mejoras de cara a continuar su viaje, pero su olor no estaba por aquella zona, así que era factible que le reclamasen dentro de poco.

— ¿Alguna vez te has enamorado?

Los ojos del mink se abrieron, mientras las pupilas se le contraían, a la vez que se giraba hacia MM, que lo miraba expectante, balanceando la cabeza de lado a lado con una expresión inocente y curiosa en el rostro. En un acto reflejo, Kibai posó una mano encima de su pecho, dónde debajo del poncho, en el bolsillo de la americana, asomaba un trozo de fina tela, blanca como el alabastro, compuesta de un delicado encaje.

Enamorado? Aquella era una muy buena pregunta...

El mink miró hacia el mar que se extendía más allá del mercado. Su cabeza voló tras el horizonte, superó la Reverse Mountain, de vuelta hacia el South Blue. Casi como si pudiese volver a sentirlo, un aroma de azucar quemado llenó sus fosas nasales. Aunque era solo un recuerdo, lo sentía tan vívidamente como si la tuviese al lado.

— No díría que estoy enamorado, sería mentirme a mi mismo y a ella. Enamorarse requiere tiempo, conocer a esa persona, enfadarte con esa persona, y comprender que vuestro enfado no vale la pena si eso os mantiene alejados el uno del otro.

Kibai volvió a enfocar a la joven de pelo azul con la mirada, con los ojos brillando de una determinación absoluta.

— Pero hay una persona a la que he prometido volver a ver. No sé cuando, y no sé muy bien siquiera si será posible por mis obligaciones. Pero que algo sea imposible deja de tener importancia si estás lo suficientemente decidido a ello.

Tras el súbito arranque de honestidad, Kibai desvió la mirada hacia el resto del mercado, sintiéndose muy estúpido de repente.

“La has visto dos veces, Kibai. Y ya estás con demasiadas cosas en la cabeza. Ella está en el South Blue, y tú eres un maldito marine… La División 60 no va a detenerse a que te vayas de escapadita feliz cuando hay deberes que cumplir”

Sacudiendo levemente la cabeza para quitarse los nubarrones de encima, el mink aguardó pacientemente a que MM acabase de parlotear con el vendedor antes de, con ya algo de experiencia en lo que era acompañar a la joven, engarzó su propio brazo con el suyo, mientras se adentraban en el mercado.

— Has dicho que necesitaban ajinomoto, no es así? No debería ser muy complicado pero la mejor manera que tienes de encontrar algo así es siempre usar tu olfato. — dijo dándole un toque con el dedo en la nariz a MM. — El ajinomoto se emplea para darle gusto a los caldos y salsas, así que…

Kibai detuvo su paso, cerrando los ojos y aspirando profundamente por la nariz, hinchando su ya de por sí voluminoso pecho, antes de dividir mentalmente todos los aromas que su olfato iba percibiendo: el agradable olor corporal de MM (aunque nada tenía que ver con el de ella), sal marina, redes mal limpiadas, pescado, mariscos… Finalmente, el mink abrió los ojos con una sonrisa. Ahí estaba lo que necesitaba: el inconfundible aroma del humo y el carbón.

— Por aquí.

Casi de manera automática, como siempre que seguía un rastro, Kibai condujo a su acompañante entre varios puestos de mercaderes, hasta llegar a un pequeño carro estacionado al lado del borde del muelle, donde un hombre con delantal y un pañuelo atado alrededor de la cabeza removía el contenido de dos ollas, una de un color lechoso y otra de un profundo color rojizo. El mink tomó asiento en uno de los taburetes delante del carro, cuya cubierta desplegada servía de improvisado techo y un tablón encajado entre los palos como barra.

— Buenos días jefe! Mi amiga y yo estamos muriéndonos de hambre. Si las ollas ya están a punto, nos gustaría comer algo.

El hombre se giró, y Kibai puedo notar de inmediato como su sudoración se incrementaba ligeramente al ver a la joven semi sirena, dando pequeños saltitos de emoción en la silla.

— Oh por supuesto por supuesto señores clientes. Hoy tengo un tonkotsu que he empezado a cocinar al amanecer y también Mafo Tofu, si gustan.

Tras olfatear el ambiente una vez más, Kibai señaló hacia la olla con el contenido de color rojo.

— Dos raciones del Mafo Tofu, por favor.

El cocinero asintió y sirvió rápidamente dos boles humeantes sobre la barra de madera. El Mapo Tofu llegó acompañado de un aroma intenso a especias y que inundó el pequeño puesto.

El plato consistía en una base de arroz blanco cocido sobre la que reposaba un guiso de salsa roja y espesa. Los cubos de tofu, blancos y de corte limpio, estaban mezclados con soja seca y trozos de judía negra fermentada. Un chorro de aceite de chile teñía el conjunto de un tono anaranjado, mientras que un poco de cebollino picado y pimienta molida remataban la superficie. El vapor que desprendía el bol era denso, cargado con el olor picante y terroso característico de los fermentos.

Kibai observó cómo las burbujas de aceite se asentaban en los bordes del recipiente antes de coger sus palillos, le pasaba otro par a MM y juntaba las manos inclinado levemtne la cabeza para agradecer la comida.

— Cuidado, MM —advirtió el mink, tomando las paletas de madera y pasándole una a la joven. — Si lo comes muy rápido, el picante te hará olvidar hasta cómo te llamas.

Pero, conociendo a su acompañante, Kibai sabía que aquel aviso era probablemente una invitación al desastre. Mientras él soplaba con paciencia su primera cucharada, el aroma a ajo frito, jengibre y chiles fermentados ya había invadido cada rincón de sus sentidos.

— Bon appetit!
Mafo Tofu sabrosón

Mientras comía, el mink miraba entretenido como la joven engullía el tofu con ansia.

— Venga, venga, despacio, que no se va a acabar! Notas ese regusto que te llena la boca?. Eso es el ajinomoto. Oiga jefe? Sabes de alguien de por aquí que venda ajinomoto? Mi amiga necesitaba comprar un poco para su cocinera.

El hombre les señaló hacia la zona sur del muelle.

— El viejo Svensson lo vende. No tiene pérdida, es el puesto con el cartel de color verde brillante. Os venderá lo que necesitéis.

Tras acabar los cuencos y darle las gracias al amable señor, mink y semisirena se levantaron y se dirigieron en la dirección indicada. Con el calor del tofu llenando su estómago, Kibai le pasó un brazo por encima del hombro a MM, acariciando su brazo en un gesto de ánimo.

— Ves? a veces no hace falta ir a toda prisa de lado a lado, sino simplemente sentarse a disfrutar de un buen plato de comida, y la solución aparece sola.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv. - por Kibai - 14-03-2026, 02:26 AM

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