14-03-2026, 03:14 AM
La pregunta quedó flotando en el aire.
Massimo no contestó rápido. Se quedó mirando el río, con el saxofón quieto en el regazo, los dedos rozando las llaves sin apretarlas. La mujer había hablado mucho. Él no estaba acostumbrado a tanto de golpe. Ella seguía ahí. Un escalón más arriba.
Massimo exhaló despacio por la nariz.
-No sé si la he tocado otras veces... -Dijo al fin, mezclado con el largo suspiro. -Ni siquiera sé si es una canción de verdad...
Pausa. Posó su mirada en el saxo y comenzó a juguetear con las llaves del mismo. El metal oxidado respondía con chirridos suaves, casi quejidos, como si el instrumento también estuviera aprendiendo a hablar.
-Salió sola. Como si llevara tiempo ahí, esperando.
Se encogió de hombros. Un gesto lento, pesado. La gabardina se movió con él, levantando una pequeña nube de polvo.
-La memoria es así. Guarda cosas. O directamente se las inventa.
El agua pasaba. El viento también.
La mujer no se movía. Massimo notaba su mirada sin necesidad de mirarla. Como se nota el sol en la nuca. Como se nota cuando alguien te presta atención de verdad, no esa atención de compromiso que la gente regala por educación.
-Lo que sí sé es que no la he improvisado. -Añadió. -¿La recordé? No... Es diferente.
Se calló. Había hablado suficiente, pero ella seguía ahí: Esperando.
La mayoría de la gente, cuando él se callaba, aprovechaba para irse. O para cambiar de tema. O para llenar el silencio con palabras inútiles. Ella no. Ella solo esperaba.
Massimo giró la cabeza. No del todo. Lo justo para que el perfil se recortara contra el río.
-Dijiste que no eras público fácil. ¿Qué música escuchabas?
Preguntó, sin darle mucha importancia. Como quien pregunta la hora. Una pregunta anodina que, poco interés le generaba en realidad. Una pregunta más por obligación que por otro motivo. Una pregunta cuya única razón de ser era alargar la vida de la conversación.
O eso quería creer él.
-Si sabes de músicos que afinan el silencio, sabes cosas que yo no sé.
Otra pausa. Miró el saxofón y pasó su mano por él, en forma de delicada caricia. Como si el instrumento fuera un animal herido que necesitaba calma. Luego miró al río y luego, de reojo, a ella.
-No tengo a nadie que me enseñe.
Una pausa más larga. El silencio se estiró como un chicle. Y entonces, de repente, sin venir a cuento, sin avisar, sin que nada en su cara o su postura anticipara lo que iba a venir...
-Heh... Hehehe... Hahaha ¡Tubababahahah!
La risa le salió ronca, extraña, como un motor que lleva años sin arrancar y de repente tose y hace un ruido que no sabes si es risa o llanto o las dos cosas.
-¡No tengo a nadie, en general!
Y se calló.
Tan rápido como había empezado, se acabó. Su cara volvió a ser la de siempre. Esa máscara de reposo enfadado. Pero por un momento, por un instante diminuto, algo se había asomado. Algo que él mismo no sabía que seguía ahí. No era un lamento. Era un hecho. Como decir que el cielo está nublado o que el pescado está caro. Un hecho. Nada más.
Pasaron unos segundos.
-Lo de "quedate un rato"... -Dijo de repente, de la nada, como si hubiera estado dándole vueltas en la cabeza todo este tiempo. -No lo había pensado. Pero puede que tengas razón.
Otra pausa. Miró el río. El agua seguía su curso, indiferente a todo.
-No es un mal título, de hecho.
Giró la cabeza por fin. La miró directo. Esos ojos claros, cristalinos, sosteniéndole la mirada sin pestañear. Sin prisas. Sin exigencias. Solo mirando.
-Gracias.
Una palabra. Dicha en serio.
Luego volvió al río.
-¿Y tú? -Preguntó sin mirarla. -¿Tocas algo? ¿O solo escuchas?
El viento movió la gabardina, mostrando por un breve momento el torso de Dooti. Magullado. Cicatrizado. Hendido. Un mapa de dolor que él pasaba el día entero ocultando bajo la tela.
Massimo no se dio cuenta. O sí, pero no hizo nada por cubrirse. Ya había pasado. Ya estaba hecho.
El río siguió su curso mientras él esperaba.
La mujer, ahí arriba, con sus alas y su plata y su mirada de daga suave, seguía sin irse.
Y eso, pensó Massimo sin decirlo, era más de lo que podía pedir.
Massimo no contestó rápido. Se quedó mirando el río, con el saxofón quieto en el regazo, los dedos rozando las llaves sin apretarlas. La mujer había hablado mucho. Él no estaba acostumbrado a tanto de golpe. Ella seguía ahí. Un escalón más arriba.
Massimo exhaló despacio por la nariz.
-No sé si la he tocado otras veces... -Dijo al fin, mezclado con el largo suspiro. -Ni siquiera sé si es una canción de verdad...
Pausa. Posó su mirada en el saxo y comenzó a juguetear con las llaves del mismo. El metal oxidado respondía con chirridos suaves, casi quejidos, como si el instrumento también estuviera aprendiendo a hablar.
-Salió sola. Como si llevara tiempo ahí, esperando.
Se encogió de hombros. Un gesto lento, pesado. La gabardina se movió con él, levantando una pequeña nube de polvo.
-La memoria es así. Guarda cosas. O directamente se las inventa.
El agua pasaba. El viento también.
La mujer no se movía. Massimo notaba su mirada sin necesidad de mirarla. Como se nota el sol en la nuca. Como se nota cuando alguien te presta atención de verdad, no esa atención de compromiso que la gente regala por educación.
-Lo que sí sé es que no la he improvisado. -Añadió. -¿La recordé? No... Es diferente.
Se calló. Había hablado suficiente, pero ella seguía ahí: Esperando.
La mayoría de la gente, cuando él se callaba, aprovechaba para irse. O para cambiar de tema. O para llenar el silencio con palabras inútiles. Ella no. Ella solo esperaba.
Massimo giró la cabeza. No del todo. Lo justo para que el perfil se recortara contra el río.
-Dijiste que no eras público fácil. ¿Qué música escuchabas?
Preguntó, sin darle mucha importancia. Como quien pregunta la hora. Una pregunta anodina que, poco interés le generaba en realidad. Una pregunta más por obligación que por otro motivo. Una pregunta cuya única razón de ser era alargar la vida de la conversación.
O eso quería creer él.
-Si sabes de músicos que afinan el silencio, sabes cosas que yo no sé.
Otra pausa. Miró el saxofón y pasó su mano por él, en forma de delicada caricia. Como si el instrumento fuera un animal herido que necesitaba calma. Luego miró al río y luego, de reojo, a ella.
-No tengo a nadie que me enseñe.
Una pausa más larga. El silencio se estiró como un chicle. Y entonces, de repente, sin venir a cuento, sin avisar, sin que nada en su cara o su postura anticipara lo que iba a venir...
-Heh... Hehehe... Hahaha ¡Tubababahahah!
La risa le salió ronca, extraña, como un motor que lleva años sin arrancar y de repente tose y hace un ruido que no sabes si es risa o llanto o las dos cosas.
-¡No tengo a nadie, en general!
Y se calló.
Tan rápido como había empezado, se acabó. Su cara volvió a ser la de siempre. Esa máscara de reposo enfadado. Pero por un momento, por un instante diminuto, algo se había asomado. Algo que él mismo no sabía que seguía ahí. No era un lamento. Era un hecho. Como decir que el cielo está nublado o que el pescado está caro. Un hecho. Nada más.
Pasaron unos segundos.
-Lo de "quedate un rato"... -Dijo de repente, de la nada, como si hubiera estado dándole vueltas en la cabeza todo este tiempo. -No lo había pensado. Pero puede que tengas razón.
Otra pausa. Miró el río. El agua seguía su curso, indiferente a todo.
-No es un mal título, de hecho.
Giró la cabeza por fin. La miró directo. Esos ojos claros, cristalinos, sosteniéndole la mirada sin pestañear. Sin prisas. Sin exigencias. Solo mirando.
-Gracias.
Una palabra. Dicha en serio.
Luego volvió al río.
-¿Y tú? -Preguntó sin mirarla. -¿Tocas algo? ¿O solo escuchas?
El viento movió la gabardina, mostrando por un breve momento el torso de Dooti. Magullado. Cicatrizado. Hendido. Un mapa de dolor que él pasaba el día entero ocultando bajo la tela.
Massimo no se dio cuenta. O sí, pero no hizo nada por cubrirse. Ya había pasado. Ya estaba hecho.
El río siguió su curso mientras él esperaba.
La mujer, ahí arriba, con sus alas y su plata y su mirada de daga suave, seguía sin irse.
Y eso, pensó Massimo sin decirlo, era más de lo que podía pedir.
