Cuerpo, mente y espíritu. Bajo ese lema que me había llevado a la cima del mundo, me disponía a enseñarle a mi aguerrido oponente de lengua sibilina el que, probablemente, se trataba de mi ataque más poderoso en mi estado actual. Me había percatado mientras cortaba distancia con él en como anteponía su brazo sobre él, advirtiendo gracias a su Kenbunshoku cuál sería mi maniobra ofensiva. Y si bien podría cambiar mi estrategia y ataque ante esta respuesta, ¿qué clase de guerrero se achanta con el más mínimo contratiempo? De igual forma que al principio del combate, pudo comprobar el poder ofensivo y manejo con el garrote de Sohem, ahora era el turno de averiguar como se las gastaba a la hora de defenderse y, sobre todo, que era lo que tenía que ofrecer aquel brazo mecánico. A fin de cuentas, lo más hermoso y satisfactorio en la batalla, es ir descubriendo poco a poco a tu oponente... Que habilidades posee, como piensa, cuáles son sus fortalezas y debilidades... Era de esta forma como uno se alzaba verdaderamente con la victoria y, ante todo, como llegaba a recordar a cada uno de los grandes adversarios con los que se había medido. Y Sohem no sería la excepción.
Conforme alcé mi arma, envuelta en mi propio aura y en rayos negros que azotaban sin piedad los rincones más cercanos de la plaza, mi nivel más álgido del haki de observación me advirtió de lo que estaba por suceder y, aunque en parte era como arruinarle la experiencia a tu amigo, contándole el final de un libro que se estaba leyendo por primera vez, en mi caso, no pude hacer otra cosa sino sonreír. Al parecer, ese brazo hecho de metal, escondía en su interior una suerte de escudo, escudo que usó para protegerse de manera sobresaliente de mi devastador ataque, pagando el precio de verse fracturado a pedazos. Pero salir ileso e intacto de mi Línghún shān... Sólo lo más grandes guerreros podían contarlo, y me sobraban demasiados dedos para enumerarlos. Este combate estaba siendo indudablemente, sublime, ¡magnífico! No esperaba una defensa tan sólida por parte del hombre enmascarado y, sinceramente, me alegraba de sobremanera porque aquello significaba que el combate duraría aún más. No me equivocaba para nada cuando me decidí a aceptarme e ir con todo.
Todas las acciones que mi premonición me habían advertido sucedieron. Yo había defendido uno de sus mejores ataques - o al menos el mejor ataque que me había hecho en el momento - y el me había bloqueado de vuelta mi técnica más poderosa, aunque con el bonus añadido de que yo le había conseguido destrozar una parte de su brazo. No obstante, él tenía en su favor que yo me empezaba a encontrar cansado, no física ni mentalmente, sino espiritualmente. La edad, por toda la experiencia, momentos y sabiduría que te dotaba, era un regalo que atesorar pero, al mismo tiempo, era una maldición, una maldición por no ser capaz de vivir con la misma intensidad este tipo de combates. Debía economizar lo mejor que pudiera mi haki o mis reservas se acabarían más tarde que pronto.
Cambié el empuñe de mi arma, agarrando ahora con mi diestra el extremo libre de la vara - es decir, el extremo más cercano a la boquilla - y, con mi mano izquierda el centro de gravedad de esta, cubriendo del negro de mi haki de armadura tan solo mi arma y, por el otro lado, activando el nivel intermedio de mi haki de observación, a cinco metros de distancia, lo justo para percibir las acciones de mi oponente. Mientras tanto, entre una nueva oleada de calor, el hombre de la máscara volvió a hacer un comentario jocoso, y con cierto tono burlesco, invitándome a que volviera a intentarlo, ya que había salido completamente ileso de mi ataque. Flexioné mis dos piernas y posicioné mi diestra a la altura de mi cadera y en un punto cercano a mi espalda. Cuando alguien te invitaba a desafiarlo, un verdadero guerrero lo aceptaba, sin pensárselo dos veces. Era como cuando, en mi juventud, pasaba el tiempo junto a personas de confianza haciendo actos, de dudosa moralidad, bajo la norma "no hay huevos". Vaya que si iba a volver a intentarlo.
Aflojé el agarre de mi mano izquierda, dejando un pequeño espacio entre la palma de mi mano y la superficie de la vara, extendiendo entonces mi brazo derecho hacia su casco en primer lugar, al mismo tiempo que giraba la muñeca de ese respectivo brazo para dotarle de rotación a mi arma, causando que unos pétalos de cerezo brotaran del propio arma. La cazoleta de mi arma impactó de lleno en su agujerada máscara, agrietándola hasta el punto de fracturarla, haciendo que sus pedazos cayeran al suelo, y revelando tan solo - y en primera instancia - un cabello corto de color rosado pues, el extremo de Zuìzhōng Pànjué se estamparía de lleno en todo su rostro tras traspasar la primera barrera que sería su casco. Aunque con esas, me mantuve alerta, señal de que me mi cola trasera se arremolinaba y agitaba con jovialidad tras de mi, casi como si tuviera vida propia y quisiera también participar en la contienda. Tras el impacto, contraje mi brazo derecho, pero no para terminar el ataque pues, este, no había hecho más que empezar.
Volví a extender dicho brazo añadiendo rotación a mi arma pero con la salvedad de que, usando el espacio libre que había dejado con mi siniestra, apoyé con delicadeza parte de la palma de mi mano sobre la vara en movimiento, haciendo que esta cambiara abruptamente de dirección, golpeando en un punto a 2,5 metros del eje que formaba inicialmente la vara. Volví a contraer el brazo, repitiendo el mismo proceso, varias veces, realizando sucesivos estoques que impregnaban todo el área de acción - consistente en un cono que emergía desde mi mano derecha - de mi ataque de pétalos de cerezo, tales como si estuviera anunciando la llegada de la primavera, recordándome al momento en el que mi amada y yo nos juramos amor eterno en uno de nuestros viajes a la Capital de las Flores, en Wanokuni.
Solo cuando terminé de atosigar a mi adversario con la cazoleta, pude observar de buena manera su rostro, de facciones bien marcadas gracias a su prominente y fuerte mandíbula, pasándome a llamar la atención, no sólo sus ojos ambarinos, sino la cicatriz que recorría horizontalmente su cara.- Torarara, ¿qué tal ahora-kozo? - Respondí, ante su anterior comentario, quedándome en guardia y con una postura similar con la que había iniciado mi ofensiva. Nos seguían separando 5 metros, pero sabía que, quitando el calor que desprendía, le convenía reducir nuestra separación para pelear a corto alcance. ¿Qué más sorpresas tienes para mi, Sohem?
Conforme alcé mi arma, envuelta en mi propio aura y en rayos negros que azotaban sin piedad los rincones más cercanos de la plaza, mi nivel más álgido del haki de observación me advirtió de lo que estaba por suceder y, aunque en parte era como arruinarle la experiencia a tu amigo, contándole el final de un libro que se estaba leyendo por primera vez, en mi caso, no pude hacer otra cosa sino sonreír. Al parecer, ese brazo hecho de metal, escondía en su interior una suerte de escudo, escudo que usó para protegerse de manera sobresaliente de mi devastador ataque, pagando el precio de verse fracturado a pedazos. Pero salir ileso e intacto de mi Línghún shān... Sólo lo más grandes guerreros podían contarlo, y me sobraban demasiados dedos para enumerarlos. Este combate estaba siendo indudablemente, sublime, ¡magnífico! No esperaba una defensa tan sólida por parte del hombre enmascarado y, sinceramente, me alegraba de sobremanera porque aquello significaba que el combate duraría aún más. No me equivocaba para nada cuando me decidí a aceptarme e ir con todo.
Todas las acciones que mi premonición me habían advertido sucedieron. Yo había defendido uno de sus mejores ataques - o al menos el mejor ataque que me había hecho en el momento - y el me había bloqueado de vuelta mi técnica más poderosa, aunque con el bonus añadido de que yo le había conseguido destrozar una parte de su brazo. No obstante, él tenía en su favor que yo me empezaba a encontrar cansado, no física ni mentalmente, sino espiritualmente. La edad, por toda la experiencia, momentos y sabiduría que te dotaba, era un regalo que atesorar pero, al mismo tiempo, era una maldición, una maldición por no ser capaz de vivir con la misma intensidad este tipo de combates. Debía economizar lo mejor que pudiera mi haki o mis reservas se acabarían más tarde que pronto.
Cambié el empuñe de mi arma, agarrando ahora con mi diestra el extremo libre de la vara - es decir, el extremo más cercano a la boquilla - y, con mi mano izquierda el centro de gravedad de esta, cubriendo del negro de mi haki de armadura tan solo mi arma y, por el otro lado, activando el nivel intermedio de mi haki de observación, a cinco metros de distancia, lo justo para percibir las acciones de mi oponente. Mientras tanto, entre una nueva oleada de calor, el hombre de la máscara volvió a hacer un comentario jocoso, y con cierto tono burlesco, invitándome a que volviera a intentarlo, ya que había salido completamente ileso de mi ataque. Flexioné mis dos piernas y posicioné mi diestra a la altura de mi cadera y en un punto cercano a mi espalda. Cuando alguien te invitaba a desafiarlo, un verdadero guerrero lo aceptaba, sin pensárselo dos veces. Era como cuando, en mi juventud, pasaba el tiempo junto a personas de confianza haciendo actos, de dudosa moralidad, bajo la norma "no hay huevos". Vaya que si iba a volver a intentarlo.
Aflojé el agarre de mi mano izquierda, dejando un pequeño espacio entre la palma de mi mano y la superficie de la vara, extendiendo entonces mi brazo derecho hacia su casco en primer lugar, al mismo tiempo que giraba la muñeca de ese respectivo brazo para dotarle de rotación a mi arma, causando que unos pétalos de cerezo brotaran del propio arma. La cazoleta de mi arma impactó de lleno en su agujerada máscara, agrietándola hasta el punto de fracturarla, haciendo que sus pedazos cayeran al suelo, y revelando tan solo - y en primera instancia - un cabello corto de color rosado pues, el extremo de Zuìzhōng Pànjué se estamparía de lleno en todo su rostro tras traspasar la primera barrera que sería su casco. Aunque con esas, me mantuve alerta, señal de que me mi cola trasera se arremolinaba y agitaba con jovialidad tras de mi, casi como si tuviera vida propia y quisiera también participar en la contienda. Tras el impacto, contraje mi brazo derecho, pero no para terminar el ataque pues, este, no había hecho más que empezar.
Volví a extender dicho brazo añadiendo rotación a mi arma pero con la salvedad de que, usando el espacio libre que había dejado con mi siniestra, apoyé con delicadeza parte de la palma de mi mano sobre la vara en movimiento, haciendo que esta cambiara abruptamente de dirección, golpeando en un punto a 2,5 metros del eje que formaba inicialmente la vara. Volví a contraer el brazo, repitiendo el mismo proceso, varias veces, realizando sucesivos estoques que impregnaban todo el área de acción - consistente en un cono que emergía desde mi mano derecha - de mi ataque de pétalos de cerezo, tales como si estuviera anunciando la llegada de la primavera, recordándome al momento en el que mi amada y yo nos juramos amor eterno en uno de nuestros viajes a la Capital de las Flores, en Wanokuni.
Solo cuando terminé de atosigar a mi adversario con la cazoleta, pude observar de buena manera su rostro, de facciones bien marcadas gracias a su prominente y fuerte mandíbula, pasándome a llamar la atención, no sólo sus ojos ambarinos, sino la cicatriz que recorría horizontalmente su cara.- Torarara, ¿qué tal ahora-kozo? - Respondí, ante su anterior comentario, quedándome en guardia y con una postura similar con la que había iniciado mi ofensiva. Nos seguían separando 5 metros, pero sabía que, quitando el calor que desprendía, le convenía reducir nuestra separación para pelear a corto alcance. ¿Qué más sorpresas tienes para mi, Sohem?
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