15-03-2026, 06:54 PM
En la isla de Samba la presencia de Marines es, cuanto menos, escasa y prácticamente nula. En aquel país festivo, donde prima el jolgorio durante casi todas las horas del día, especialmente en ocio nocturno, hombres como Kael destacan por un millar de ideas. Si bien es capaz de no llamar la atención si así se prepara para ello, lo cierto es que en ocasiones ha de actuar como Marine, ya sea por órdenes explícitas o...bueno, la vida le ha enseñado a no actuar como tal si no está trabajando. Siempre, para descubrir todo cuanto pueda a su alrededor, lo mejor es evitar llevar puesto su uniforme.
Hoy, desgraciadamente para él, no era uno de esos días.
Ataviado con su orgulloso traje bien planchado, y con la firmeza que le destaca como Marine, camina por las calles realizando labores de patrulla indiscreta, mostrando los primeros indicios de presencia de Marines en la zona aún sin tener una base de operaciones en la zona. Incluso ellos deben dejar en claro de vez en cuando que los marines están por todas partes, que pueden llegar allí donde se les necesite, por más que no estén operando directamente en el lugar. Por eso, la división setenta y cinco nació en un primer lugar.
Caminando durante varios minutos en solitario, prácticamente todos los civiles -y los que en realidad no lo eran- se quedaron observando al joven Marine. Algunos durante más tiempo, otros menos, pero todos de igual forma quisieron observar al hombre que tan tranquilamente se atrevía a caminar con el uniforme. Él hacía mucho que había dejado de prestar atención a esos detalles, pero instantes después, observando al frente de esa misma calle, parecía que había una conmoción que llamaba más la atención incluso que el marine. Lo que se entendía como un miembro del ejército real de Samba, aquellos que conforman la única fuerza de seguridad en todo el país, había detenido a un hombre para interrogarlo. El carro estaba en el suelo, una de sus ruedas perdidas en el suelo, y el pobre comerciante, temeroso en el suelo por no saber como proceder.
Con intriga en su mirada, Kael actuó de la única forma que sabía poder hacer algo. Se acercó hasta el lugar, apartado de su camino con algo de cuidado a todos los que se interpusieran de por medio hasta, finalmente, estar dentro de todo el centro de atención.
—¿Va todo bien, soldado?—preguntó al "agente" dedicado, la figura autoritaria en toda aquella contienda.
—Marine...tú no tienes nada que hacer en este lugar.—Lo miró de reojo, observando con suficiente destreza el rango que sobre sus hombros manejaba como un miembro raso.—Aunque si uno como tú quiere hacer algo, quizás seas útil alejando a toda la multitud. Esto no es ningún espectáculo.
Que le den órdenes suele ser algo habitual que lo obliga a asentir y obedecer sin rechistar, no obstante, parecía que la atención de ese hombre dedicado a la protección del Reino estaba más interesada en el contenido del carro que en asegurar la zona...y eso es algo que, al de cabello azabache le hace preguntarse ¿por qué?
—Puede continuar con su trabajo, soldado, pero no tiene potestad ninguna para dar órdenes a la Marina. Si no le importa, mientras investiga e interroga al hombre, realizaré una investigación a las pertenencias del carro.
Sin embargo, aquella respuesta no parecía ser totalmente satisfactoria para el soldado, quién, según su postura, parecía más dispuesto a generar escándalo y pelear que mantener la seguridad que tan honorablemente debía modelar.
—¿No estará usted dispuesto a...?—Apenas pudo pronunciar la frase...
Hoy, desgraciadamente para él, no era uno de esos días.
Ataviado con su orgulloso traje bien planchado, y con la firmeza que le destaca como Marine, camina por las calles realizando labores de patrulla indiscreta, mostrando los primeros indicios de presencia de Marines en la zona aún sin tener una base de operaciones en la zona. Incluso ellos deben dejar en claro de vez en cuando que los marines están por todas partes, que pueden llegar allí donde se les necesite, por más que no estén operando directamente en el lugar. Por eso, la división setenta y cinco nació en un primer lugar.
Caminando durante varios minutos en solitario, prácticamente todos los civiles -y los que en realidad no lo eran- se quedaron observando al joven Marine. Algunos durante más tiempo, otros menos, pero todos de igual forma quisieron observar al hombre que tan tranquilamente se atrevía a caminar con el uniforme. Él hacía mucho que había dejado de prestar atención a esos detalles, pero instantes después, observando al frente de esa misma calle, parecía que había una conmoción que llamaba más la atención incluso que el marine. Lo que se entendía como un miembro del ejército real de Samba, aquellos que conforman la única fuerza de seguridad en todo el país, había detenido a un hombre para interrogarlo. El carro estaba en el suelo, una de sus ruedas perdidas en el suelo, y el pobre comerciante, temeroso en el suelo por no saber como proceder.
Con intriga en su mirada, Kael actuó de la única forma que sabía poder hacer algo. Se acercó hasta el lugar, apartado de su camino con algo de cuidado a todos los que se interpusieran de por medio hasta, finalmente, estar dentro de todo el centro de atención.
—¿Va todo bien, soldado?—preguntó al "agente" dedicado, la figura autoritaria en toda aquella contienda.
—Marine...tú no tienes nada que hacer en este lugar.—Lo miró de reojo, observando con suficiente destreza el rango que sobre sus hombros manejaba como un miembro raso.—Aunque si uno como tú quiere hacer algo, quizás seas útil alejando a toda la multitud. Esto no es ningún espectáculo.
Que le den órdenes suele ser algo habitual que lo obliga a asentir y obedecer sin rechistar, no obstante, parecía que la atención de ese hombre dedicado a la protección del Reino estaba más interesada en el contenido del carro que en asegurar la zona...y eso es algo que, al de cabello azabache le hace preguntarse ¿por qué?
—Puede continuar con su trabajo, soldado, pero no tiene potestad ninguna para dar órdenes a la Marina. Si no le importa, mientras investiga e interroga al hombre, realizaré una investigación a las pertenencias del carro.
Sin embargo, aquella respuesta no parecía ser totalmente satisfactoria para el soldado, quién, según su postura, parecía más dispuesto a generar escándalo y pelear que mantener la seguridad que tan honorablemente debía modelar.
—¿No estará usted dispuesto a...?—Apenas pudo pronunciar la frase...
