15-03-2026, 07:38 PM
Owen quedó tirado boca abajo a un metro de mis pies. El enano pelirrojo había tenido más agallas que muchos tipos del doble de su tamaño que habían caído antes que él; no iba a decírselo, estaba inconsciente, pero tampoco iba a pisarle de camino o golpearle con la maza de mi cola como fácilmente podría hacer para sacarle las entrañas como si fuese un insecto. Asunto cerrado, mis ojos ya estaban enfocados en el rubio que se movía a gran velocidad, mientras yo recorría diez metros el recorrió veintinueve en diagonal hacia mi costado derecho quedando ambos separados a veintiún metros de distancia. El rubio corría en diagonal hacia mi costado derecho con los antebrazos cruzados frente al rostro, cubriendo su cara como si eso fuera a servirle de algo. Antes llevaba una ofensiva, antes venía a por mí con intención, con furia, con la misma llama que lo había hecho el pelirrojo. Ahora corría con los brazos levantados protegiéndose la cara como si esperara recibir lo que sabía que se merecía. Aquella actitud pusilánime me molestó más que cualquier golpe que hubiera recibido en toda la pelea, un rival que pasa de atacar a defender lo indefendible es un rival que ya perdió, que ya ha aceptado la derrota y solo espera el golpe de gracia.
Saqué la última hacha corta que me quedaba por usar del costado derecho con la mano derecha. La del costado izquierdo ya la llevaba empuñada. La levanté a la altura de mi cabeza hacia su lado derecho, mi visión enfoco a Ubbe perfectamente incluso mejor de lo habitual alimentada por aquel coraje que me consumía, la llevé ligeramente hacia atrás cargando el impulso en el hombro y el codo, y la solté limpia y directa hacia aquellos brazos cruzados – “¡SAMMAMISH!” – rugí, y esta vez no fallé. Sin darle tiempo a procesar el impacto, lancé el hacha de mi mano izquierda en un segundo golpe directo y brutal hacia el mismo objetivo. Tras este segundo impacto Ubbe se desplomó sobre la arena del campo de futbol que se había convertido en nuestro coliseo improvisado. Me quedé un instante mirando las dos hachas grandes que descansaban cruzadas en mi espalda, su peso tan familiar como el calor del whisky en mis entrañas me hacía ansiar haberlas usado, las mejores armas que cargaba encima y no había tenido que tocarlas en toda la pelea. No sabía si sentirme satisfecho o insultado. Insultado. Definitivamente insultado. Malditos sean, Rubio, Pelirrojo. Maldito sea yo también, pues nunca me puedo controlar en un combate y soy incapaz de degustar del mismo.
Recogí impulso y me lancé en un salto que me comió 10 metros de los 21 que nos separaban, y en el aire me encogí sobre mí mismo convirtiendo mi cuerpo en una bola acorazada de casi dos toneladas que rodó los 11 metros restantes levantando una marea de tierra y polvo hasta frenar con un golpe sordo justo donde había caído Ubbe para finalmente cortar la transformación y volver a mi figura original. Le registré los bolsillos encontrando dinero, un botiquín mediano, un ungüento, varias otras basuras médicas que no me servían de nada, y un Den Den Mushi. Me apliqué el ungüento por todo el cuerpo reduciendo la molestia que aquella quemadura me había dejado tras la explosión que causo el pelirrojo, y luego el botiquín el cual usé en su mayoría sobre mis ojos pues era donde más había recibido daño antes de que el rubio decidiera jugar a las muñecas – “¡GRR!” – gruñí del coraje al recordar como el rubio me había negado disfrutar del final del combate, mientras el caracol descansaba en mi palma y sus ojillos empezaban a abrirse lentamente con esa parsimonia de molusco que no tiene ningún apuro en el mundo – “Llama a Akatora” – le ordené de forma firme. El caracol me miró, abrió bien sus ojos estudiándome durante un momento largo con esa expresión que solo un caracol puede tener cuando está sopesando en silencio el nivel de pendejez y subnormalidad de quien le habla. Luego cerró los ojos despacio y no hizo absolutamente nada. Me quedé atónito, mirándolo fijamente – “¡QUE LLAMES A AKATORA MALDITA MIERDA MEDIOCRE! ¡GRR!” – gruñí, y lancé el caracol al riachuelo que flanqueaba aquel campito de futbol en el cual habían regados dos cuerpos y cuatro hachas. Las hachas más valiosas que los cuerpos. Al menos para mí. Saque la botella de whisky, dándole el último trago a la botella, mediocre hasta la última gota, y me dispuse a recoger mi arsenal para empezar el camino rio arriba y reencontrarme con Akatora.
Saqué la última hacha corta que me quedaba por usar del costado derecho con la mano derecha. La del costado izquierdo ya la llevaba empuñada. La levanté a la altura de mi cabeza hacia su lado derecho, mi visión enfoco a Ubbe perfectamente incluso mejor de lo habitual alimentada por aquel coraje que me consumía, la llevé ligeramente hacia atrás cargando el impulso en el hombro y el codo, y la solté limpia y directa hacia aquellos brazos cruzados – “¡SAMMAMISH!” – rugí, y esta vez no fallé. Sin darle tiempo a procesar el impacto, lancé el hacha de mi mano izquierda en un segundo golpe directo y brutal hacia el mismo objetivo. Tras este segundo impacto Ubbe se desplomó sobre la arena del campo de futbol que se había convertido en nuestro coliseo improvisado. Me quedé un instante mirando las dos hachas grandes que descansaban cruzadas en mi espalda, su peso tan familiar como el calor del whisky en mis entrañas me hacía ansiar haberlas usado, las mejores armas que cargaba encima y no había tenido que tocarlas en toda la pelea. No sabía si sentirme satisfecho o insultado. Insultado. Definitivamente insultado. Malditos sean, Rubio, Pelirrojo. Maldito sea yo también, pues nunca me puedo controlar en un combate y soy incapaz de degustar del mismo.
Recogí impulso y me lancé en un salto que me comió 10 metros de los 21 que nos separaban, y en el aire me encogí sobre mí mismo convirtiendo mi cuerpo en una bola acorazada de casi dos toneladas que rodó los 11 metros restantes levantando una marea de tierra y polvo hasta frenar con un golpe sordo justo donde había caído Ubbe para finalmente cortar la transformación y volver a mi figura original. Le registré los bolsillos encontrando dinero, un botiquín mediano, un ungüento, varias otras basuras médicas que no me servían de nada, y un Den Den Mushi. Me apliqué el ungüento por todo el cuerpo reduciendo la molestia que aquella quemadura me había dejado tras la explosión que causo el pelirrojo, y luego el botiquín el cual usé en su mayoría sobre mis ojos pues era donde más había recibido daño antes de que el rubio decidiera jugar a las muñecas – “¡GRR!” – gruñí del coraje al recordar como el rubio me había negado disfrutar del final del combate, mientras el caracol descansaba en mi palma y sus ojillos empezaban a abrirse lentamente con esa parsimonia de molusco que no tiene ningún apuro en el mundo – “Llama a Akatora” – le ordené de forma firme. El caracol me miró, abrió bien sus ojos estudiándome durante un momento largo con esa expresión que solo un caracol puede tener cuando está sopesando en silencio el nivel de pendejez y subnormalidad de quien le habla. Luego cerró los ojos despacio y no hizo absolutamente nada. Me quedé atónito, mirándolo fijamente – “¡QUE LLAMES A AKATORA MALDITA MIERDA MEDIOCRE! ¡GRR!” – gruñí, y lancé el caracol al riachuelo que flanqueaba aquel campito de futbol en el cual habían regados dos cuerpos y cuatro hachas. Las hachas más valiosas que los cuerpos. Al menos para mí. Saque la botella de whisky, dándole el último trago a la botella, mediocre hasta la última gota, y me dispuse a recoger mi arsenal para empezar el camino rio arriba y reencontrarme con Akatora.
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