17-03-2026, 01:02 AM
38 de Verano, año 17
Puerto de Baquella
02:00 am.
Puerto de Baquella
02:00 am.
Mi alma estaba despierta. Desde la primera pisada en el puerto, mi corazón reconoció el hogar antes que mi mente. La brisa del mar me hablaba en un idioma antiguo y familiar, uno que había echado de menos sin saberlo. El sueño no llegaba, tras tanto tiempo lejos… volver era demasiado intenso para permitirme descansar.
Caminaba descalza, como solía hacerlo de pequeña, con las sandalias colgando de una mano mientras la otra se mantenía firme sobre la correa de mi violín. Avancé primero por el muelle, haciendo crujir la madera bajo el leve peso de mi cuerpo. Pasé junto a los puestos ambulantes del muelle, la mayoría estaban cerrados a estas horas de la madrugada, pero algunos permanecían abiertos hasta el amanecer, recibiendo a marineros que encontraban refugio en el alcohol.
De mis labios escapaba el tarareo suave de una canción, apenas un susurro para mí misma, mientras mis ojos azulinos exploraban cada rincón por el que avanzaba. ¿Habría cambiado algo desde que me fui?, no lo sabía, y bajo la luz del anochecer aquel puerto no parecía dispuesto a brindarme la claridad suficiente para confirmarlo, habiendo rincones oscuros que no mostraban su verdadera forma.
Estar en casa se sentía bien y, al mismo tiempo, ya no era lo mismo. Ahora debía caminar con cautela, procurando no meterme en problemas después de los recientes acontecimientos. Por eso, cualquier atajo que me apartara de alguna guardia de la marina me resultaba especialmente útil.
El camino del muelle terminó y decidí avanzar por la costa, dejando que el agua empapará mis pies a cada paso por el que andaba. El viento del mar acariciaba mi cuerpo de manera constante, abrazándome con cariño como si supiera que había vuelto. A lo lejos, en altamar, pequeños relámpagos anunciaban un monzón que no tardaría en arremeter contra las costas de Baquella — Parece que lloverá… — Susurré para mí misma, deteniéndome un instante a contemplar la inmensidad del mar.
—Tantos recuerdos… —- Una sonrisa nostálgica se dibujó en mis labios, estaba lejos del puerto y del pueblo, lejos y a la vez tan cerca de todo lo que conocía y se promulgaba en mi memoria. Sin embargo, me mantenía al margen, con el corazón despierto, deseando y añorando gritar a los cuatros vientos: “Estoy en casa”.
Un poco más, solo un poco más… Continué mi camino hasta llegar a una zona solitaria, casi adentrándome en el bosque y sus manglares, pero permaneciendo en la orilla de la arena y el mar. No había luna ni cielo estrellado, solo un firmamento opaco y nublado que no traía frío consigo, sino, la sensación de una pasadera tropical a punto de anunciar algún cambio en el panorama mientras el sonido del agua y el viento me acompañaban silentes, envolviendo mis pasos y mis pensamientos en memorias del ayer, me sentía pequeña y libre a la vez, absorbiendo cada detalle de aquel regreso a mi tierras.
Al sentirme cómoda y segura, tiré mis sandalias a un costado y saqué mi violín del estuche, con un millón de emociones girando en mi pecho, ¿deber?, ¿culpa?, ¿anhelos?, ¿aventura?, ¿tristeza?, no, no sabía cómo concretarlas ni qué cara ponerles. Coloqué la parte inferior del violín sobre mi hombro izquierdo, posicionando los dedos de mi mano zurda sobre las cuerdas y fijando el mentón sobre su madera para que no se moviera, y fue entonces, al cerrar mis ojos, que comencé a tocar una melodía pacífica y armoniosa, tan perfecta que el ruido del oleaje del mar parecía convertirse en el coro de mi sinfonía.
Un látido, suspiré.
Recordé mis momentos en Samba y a todas las personas que han pasado por mi camino junto a la trayectoria que he vivido. Evocaba los momentos más felices, las aventuras compartidas, a cada una de esas personas que dejaron huella en mi corazón, con sonrisas genuinas y las palabras que se marcaron hasta mis huesos, me permití sentir la libertad con ellos.
Dos látidos, añoré.
Recordé mi familia, mi crianza y todos aquellos maravillosos momentos compartiendo la mesa, las fiestas, las danzas, los festivales y el arduo trabajo de los navíos pesqueros. Evocaba lo admirable que era Baquella y su gente, mi gente. Recordé el taller de mi padre, donde no solo nacieron distintos objetos e instrumentos músicales a mi solicitud, sino que también era mi lugar favorito, donde podía ver un sueño hecho realidad reflejado en el rostro del hombre que me dio a Amphitrite, mi violín.
Tres latidos, el amor no se encuentra ahí.
Mientras tocaba aquella melodía, mis pies y mi cuerpo apenas danzaban al compás de cada entonación, girando suavemente sobre mi propio eje, con movimientos leves y tranquilos. La brisa proveniente del horizonte hacía mecer mi vestido blanco junto con los mechones largos de mi pelo naranja cuál llamas fuego. Estaba sola esta noche, pero… al mismo tiempo, sentía felicidad de estar aquí.
Al terminar la canción, mi mirada azulina se encontró de nuevo con aquel escenario tranquilo y misterioso. El mar de noche podría causar miedo, pero en mí despertaba un sentimiento de amor profundo. En cualquier momento… — Lloverá.
Cuarto latido, un tesoro.
¿Y el quinto?, Una verdad que podría doler.
Referencia
![[Imagen: miyoocheja.png]](https://i.ibb.co/20ZJ1jdH/miyoocheja.png)
Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
![[Imagen: file-000000008bfc822faef83e223001f3f5.png]](https://i.ibb.co/WWRcn6nZ/file-000000008bfc822faef83e223001f3f5.png)
