El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv.
#10
Kibai observó extrañado como MM ponía una cara de todo menos saludable antes de disculparse y salir corriendo. La joven peliazul saltó del muelle y empezó a correr por la arena.

— Vaya… — comentó el anciano que el dueño del puesto de comida había identificado como Svensson. — diría que su amiga no se encuentra muy bien.

El mink se dio un leve golpe en la frente. MM había devorado el plato de tofu casi sin pararse a respirar. A él mismo, que tenía una gran afición por el picante, aún le ardía la boca tras la parada técnica que habían realizado. A buen seguro, la sacudida que había recibido la pobre semi sirena en el estómago entre el caldo hirviente, el picante y el medio litro de agua que se había embuchado de un trago habían sido el equivalente a una andanada de un acorazado de la Marina.

Tras recoger la bolsa de MM y la suya propia, así como un pequeño molinillo que pudo adquirir, Kibai se dirigió hacia el muelle, rastreando el olor de MM, que aunque no era especialmente destacable, si había estado a su lado el tiempo suficiente para distinguirlo. Sin embargo, apenas tuvo que esforzarse ya que un sonido llegó claramente hasta sus oídos.

¡Blaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaargh!


¡Blaaaaaaaaaaaaargh!


¡Blaaaaargh!

Tras aquello, una ráfaga de viento trajo hasta Kibai el olor del tofu que se habían comido hacía un rato, junto con el ácido aroma de la bilis y el punto acre de la comida apenas digerida. Kibai observó a MM durante un segundo, o más bien, observó el desastre en el que se había convertido la joven. Los efectos del Mapo Tofu habían sido inmediatos y devastadores. La chica estaba prácticamente ovillada en un rincón del muelle, con la cara roja como un tomate y soltando pequeños quejidos ahogados mientras intentaba, sin éxito, abanicarse la lengua con la mano. El picante de de aquel plato desde luego no perdonaba, y menos a alguien con su ímpetu.

Arrugando la nariz ante el espectáculo, el mink soltó un suspiro de resignación. Sabía que el agua que llevaba con él en la cantimplora por sí sola no serviría de mucho; necesitaba algo sólido para limpiar el desastre y algo dulce para aplacar el incendio que MM tenía ahora mismo en la boca. Se ajustó el poncho y cambió bruscamente de dirección, dejando atrás el puesto del viejo Svensson para internarse de nuevo en el bullicio de la hilera de comerciantes.

En primer lugar, se detuvo frente a un puesto de telas y suministros generales. El toldo estaba raído por el salitre y el dueño, un hombre de mediana edad con los dedos manchados de tinta, ni siquiera levantó la vista de un libro de cuentas cuando Kibai se acercó. El mink empezó a examinar la mercancía expuesta sobre el mostrador: había rollos de lona pesada para velas, cuerdas de cáñamo y una pila de retales de diversos tamaños.

Kibai alargó la mano y palpó un trozo de tela de algodón crudo. Era áspera, demasiado basta para lo que buscaba. Pasó a la siguiente pila y sacó un pañuelo de cocina cuadrado, de un color blanquecino con una sencilla raya azul en el borde. Lo estiró entre sus manos, comprobando la resistencia del tejido y su capacidad de absorción. Era sencillo, funcional y, lo más importante, estaba limpio.

— Oiga, amigo, ¿cuánto por este trapo? —preguntó Kibai, dejando caer el pañuelo sobre el mostrador.

El vendedor levantó la vista finalmente, entornando los ojos para evaluar al mink. Sus ojos se detuvieron un momento en el el poncho antes de responder con desgana.

— Trescientos berries. Es algodón de buena calidad, aguanta lavados con sosa.

Kibai soltó una risa seca, sin rastro de humor. Sus dedos tamborilearon sobre la madera de la barra.

— Es un retal sobrante con un dobladillo mal hecho, jefe. No me cuente historias. Le doy ciento cincuenta y me lo llevo ahora mismo, así puede volver a sus cuentas.

El hombre cerró el libro con un golpe seco y se cruzó de brazos.

— Doscientos cincuenta. No voy a perder dinero hoy.

— Doscientos — replicó Kibai con voz plana, dejando las monedas sobre la madera una a una, haciendo que el metal tintineara—. Y no me haga perder el tiempo, que tengo a una emergencia médica esperándome en forma de sirena de pelo azul y poco o ningún sentido común.

El vendedor miró las monedas, luego la cara inexpresiva del marine y, finalmente, refunfuñó algo ininteligible mientras barría los doscientos berries hacia su cajón. Kibai guardó el pañuelo en su bolsillo sin añadir nada más, hizo un breve gesto con la mano a modo de despedida y se marchó.

Su siguiente parada fue un puesto de frutas cercano. El olor dulce y atrayente de las frutas de hueso maduras flotaba en el aire, compitiendo con el aroma a pescado del mercado. El mink optó por tomarse su tiempo aquí, en vez de apresurarse. No podía llevarle cualquier cosa a MM si quería que el picante remitiera. Se acercó a una cesta de mimbre llena de melocotones y nectarinas que brillaban bajo el sol.

Con movimientos precisos, Kibai tomó una de las piezas. La presionó ligeramente con el pulgar cerca del tallo para comprobar su madurez; no debía estar ni demasiado dura ni excesivamente blanda. La olió, buscando ese rastro floral que indicaba un alto contenido en azúcar. Repitió el proceso hasta seleccionar cinco piezas de buen tamaño, todas con la piel tensa y sin magulladuras.

— Póngamelas en una red, por favor — le dijo a la frutera, una mujer anciana que lo observaba con curiosidad.

Tras pagar el precio estipulado por la fruta sin discutir, ya que al menos en este caso la calidad del producto no admitía regateos, Kibai se encontró cargando con todas las compras. El pañuelo, la red de frutas y las especias que ya traía de antes formaban un bulto considerable, pero se movía con la agilidad propia de su especie.

De un salto ligero, el mink bajó de la plataforma de madera del muelle a la arena de la playa baja, donde el agua apenas lamía la orilla. Comenzó a caminar tranquilamente, con el paso firme de quien ya ha cumplido con su deber, hacia el lugar donde MM seguía convulsionando de forma dramática. La joven peliazul parecía un pez fuera del agua, intentando recuperar el aliento en un rincón sombrío.

Kibai se detuvo frente a ella, proyectando su sombra sobre su figura encogida. Con un movimiento fluido, sacó un melocotón de la red y lo limpió rápidamente con el pañuelo nuevo.

Sin decir una palabra, Kibai le alargó el trozo de tela para que se limpiase la boca, antes de dar una patada al suelo para cubrir el mejunje rojizo que había salido de las tripas de la joven con una nueva capa de arena.

— Te dije que no comieses tan rápido. Anda, enjuágate la boca con esto, ansiosa.

Tras darle el odre, Kibai la miró de arriba a abajo. Quizás el acto de vomitar no fuese estrictamente por la comida en si. Viendo lo inconsciente que era aquella chica, habría sido capaz de haber pasado todo el día al sol, y todo aquello fuese un principio de insolación galopante. El mink no era ningún médico, pero había pasado el suficiente tiempo en alta mar apra saber los peligros de la exposición al astro rey.

Recordando las lecciones del capitán Seijuru, dejó todas las bolsas en el suelo y se sacó el poncho por la cabeza y sin darle opción a protestar se lo calzó a MM de un solo movimiento. Tras sacar una de las frutas de la ed y ponérsela en las manos, Kibai tomó las bolsas por el asa y las deslizó hasta su antebrazo antes de agarrar a la joven por debajo de los brazos y las rodillas y levantarla en vilo en posición horizontal y volver a la madera del muelle de un salto.

— Ni media palabra de protesta, jovencita.—  le dijo mientras comenzaba a caminar en dirección a la salida del mercado. — Ya tienes todo lo que has venido a buscar, y es posible que estés mala, por eso la comida te ha sentado mal. Cómete la fruta poco a poco, te aliviará el estómago con su zumo. Y ten cuidado, que el centro tiene hueso.

Mientras continuaba caminando, casi indiferente al leve peso de MM en sus brazos, a Kibai no pudo evitar dibujársele una sonrisa. La última vez que una mujer había estado en sus brazos, dudaba mucho que siquiera hubiese podido recorrer diez pasos.

“Al fin y al cabo, cuatro metros son cuatro metros” pensó mientras ajustaba un poco la posición de MM para agarrarla mejor. Por suerte, al haberla cubierto con el poncho, evitaba que al andar o al moverse ella levemente, parte de sus piernas o de su busto quedasen algo más expuestas de lo que deberían ante la curiosa mirada de los transeúntes.

— Ah, y tengo una buena noticia. Ya no tienes por qué preocuparte por tu encargo. Ya me he encargado de recogerlo todo, así que tu amiga podrá volver a cocinar esas salsas tan ricas de las que me hablabas. Además, también he encontrado todo lo que necesitaba yo, hasta el molinillo, ¿te lo puedes creer? El dueño del puesto de comida tenía razón, el viejo Svensson tenía de todo y más.

Viendo que al menos la frescura de la fruta parecía en apariencia ir calmando el estómago de MM, Kibai decidió seguir hablando, atento a las indicaciones y carteles que señalaban el camino de vuelta hacia los muelles. Si lo que le había dicho la joven era correcto, seguramente su barco estuviese en aquella dirección.

— Antes, en la tienda de especies, me di cuenta de algo. Tienes que procurar tener más cuidado, vale? Aquel hombre… supongo que no te enteraste pero no tenía buenas intenciones, quería hacer algo malo contigo. Claro que tú estabas distraída porque te dio pena verlo sangrar, pero cuando trató de deshacerse de mi, fue porque no quería que nadie pudiese ayudarte. Y yo no estoy de servicio, ni destinado a la base de la Marina de esta isla, así que no hubiera podido detenerle sin pruebas, tampoco iba a dejar que te hiciese daño, as que elegí comportarme como un civil y dejarle claro que estabas bajo mi protección.

Kibai se detuvo un momento, manteniendo a la joven semi sirena entre sus brazos, aunque la urgencia de su voz hizo que la estrechase un poco más contra él.

— Pero yo no voy a estar siempre presente para cuando alguien quiera hacerte algo malo, ¿comprendes? Así que tienes que procurar estar un poco más atenta a quién te habla y cómo te habla. Si ves que son muy amables y pretenden quedarse contigo a solas enseguida, seguramente no sea para nada bueno.

Tras aquella última frase, el mink continuó su camino hacia la zona dónde numerosos barcos estaban atracados. Recorriendo la fila con la vista, localizó el Royal Quiver en un extremo, ya reparado tras los acontecimientos de la Reverse Mountain.

— Vale señorita, ya hemos llegado a la zona de los muelles. Dime cuál es tu barco y te acompañaré hasta él.

La caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: El Día que el Umami Salvó el Saborrrr de un Horrible Pato Dientón :: Pasado :: Priv. - por Kibai - 17-03-2026, 08:57 PM

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