18-03-2026, 09:45 PM
(Última modificación: 18-03-2026, 10:04 PM por Dimitri St. George.)
[personajeinvalido=3367]
Una condena tiene muchas caras. La que estaba a punto de caer sobre nuestro cuello tenía aspecto de promesas y sueños. El viento, casi inexistente hasta que nos hicimos a la mar, hinchó las velas con violencia, logrando que la triste goleta cobrara mayor velocidad. Cualquiera habría pensado que era la mano de un Dios benévolo empujando nuestro camino. A mí, sin embargo, se me encogió el corazón una vez más.
No conseguía deshacerme de la inquietud que me había carcomido por la noche. Por eso, aunque suene ridículo, casi agradecí los malos humos de mi recién conocido compañero. Estaba acostumbrado a las personas como Hasegawa: impredecibles, orgullosas y explosivas. El tipo de gente que no tolera ser contradecido. Me recordaba a otro tipo de figuras que habían gobernado mi vida años atrás.
—El Tempestad no está preparado para alcanzar un ferry, eso es más que evidente —respondí sin acritud. Tan solo mis pupilas sobre las suyas bajo el semblante más conciliador que podría ofrecerle—. Sin embargo, tampoco lo está para entrar en un combate naval directo. Haber comenzado uno en las costas de Baterilla habría significado perder la oportunidad de alcanzar más tarde al ferry. —Volví a fijar la vista en la estela que este dejaba a su paso y en la marea, en un intento por descifrar lo que pudiera avecinarse ante tal cambio climatológico—. Entiendo tu preocupación, Hasegawa. Por supuesto que a ninguno nos agrada la idea de saber que alguien como Dharma se encuentra en libertad, pero parece ser que está interesado en el mismo viaje que nosotros. Se trata de esperar el momento y la estrategia adecuada para actuar. Además, el ferry siempre fue el objetivo de esta misión y los pasajeros podrían estar en peligro por la presencia de Kazan. —Hice una pausa, contenido un suspiro que nunca llegó a nacer de mis labios—. En cualquier caso, somos un equipo. Ya que Omuyaga y tú conocéis bien nuestras fortalezas y debilidades, podríais aprovechar el viaje para pensar una buena estrategia.
Lo vi marcharse hacia la proa. Mi vista buscó de soslayo a Omuyaga, en una invitación silente a que fuera a intentar limar las asperezas que el albino había provocado. Guardé para mis adentros el pensamiento de que por supuesto que obedecería a Omuyaga por encima de Hasegawa. A él sí lo conocía y había demostrado su valía. Toda tripulación necesita un líder. Llámalo capitán; llámalo X. Incluso si todos pertenecíamos al mismo rango, la ausencia de líder sólo habría sido una invitación directa al caos.
No quise involucrarme más en la relación que pudieran mantener. Sé que Omuyaga estuvo un rato hablando con él, pero toda mi atención seguía puesta en la travesía.
A medida que el viaje avanzaba y el sol decaía, mi salud empeoró, tan voluble como el tiempo. Todo lo que me rodeaba adquirió un matiz granulado, demasiado parecido al de las interferencias provocadas en un den den Mushi visual. Me froté los ojos, rezando por hacerlas desaparecer. A esas alturas ya era inevitable. Lo sabía. El peor ataque de migrañas siempre venía precedido por el aura.
—¡Reducid vela! —ordené. Voz rasposa y más grave de lo habitual—. ¡Y despejad la cubierta!
El dolor de cabeza me preocupaba, especialmente cuando estábamos en alta mar, pero estaba acostumbrado a él. Para lo que no estaba preparado era para el nuevo rumbo trazado por el ferry: Kutsuku. Las manos, aferradas con fuerza sobre el timón, comenzaron a sudarme. Un escalofrío me atenazó la columna. Viré el timón como pude para ajustar el rumbo a un viento lateral controlado.
Un martillazo en la sien me hizo apretar la mandíbula. «Ahora no, por favor», pensé con las náuseas arremolinadas en el estómago. Apenas hacía un día desde que había superado el episodio de fiebre que me había tenido en cama más tiempo del deseado. La niebla comenzó a envolver al Tempestad y yo me sentí particularmente atrapado en ella.
—Nunca tuve el privilegio de conocer este lugar.
La voz de Hasegawa me llegó abortargada. Apenas pude dedicarle un vistazo, centrado como estaba en la marea y las rocas de una costa que conocía demasiado bien.
—Es la isla Kutsuku.
«Y has tenido la fortuna de no conocerla» me tragué la bilis; los recuerdos de una niñez teñidos por la podredumbre de las apuestas y el alcohol. Había crecido en aquellas calles.
—Conocí a alguien que procedía de aquí —mentí.
Por supuesto que el bueno de St. George jamás podría haber nacido en un lugar tan cuestionable. Justo en ese instante, sentí la mano de mi ángel sobre el hombro. Un contacto que me ancló a tierra y apartó ligeramente la neblina que amenazaba con llevarme.
—Dima, cariño, ¿te encuentras bien? ¿Quieres descansar un momento?
Le dediqué una sonrisa suave. Por supuesto, decliné con una negativa la idea de descansar. A ella sí me permití mirarla a los ojos un poco más, antes de continuar con lo que tenía que decir. Una puerta abierta para que Hae-won, que conocía todo lo que había tras mi historia, pudiera dilucidar un pedacito más de mi pasado.
—Kutsukku es una isla dedicada especialmente a la chatarra, armas y balísticas, pero lo más importante es… que cada ciudad cuenta con una banda criminal que rige cierto territorio. —Localicé a Nyra con la mirada, mientras luchaba por esquivar los últimos obstáculos—. Informa de ello a la División 80. Es posible que vayamos directos a una emboscada.
Ya no era solo el dolor de cabeza lo que atenazaba mi cuerpo. Lo hacía también esos recuerdos hasta entonces sepultados, el incesante latido en mi pecho y la falta de oxígeno. Me llevé un puñado de hojas de menta a la boca, antes de que las vías respiratorias amenazaran con cerrarse.
Había escapado de aquella isla quince años atrás.
Ahora echábamos ancla en ella.
Mi último recuerdo allí era el cadáver de mi madre desmadejado junto a la mesa del comedor. El rostro colérico de mi padre; sus manos intentando darme caza a mí también.
Tragué saliva.
Quizás si no me hubieran invadido los recuerdos, habría dado mayor importancia a esa extraña tonalidad verdácea de un sol extinto. Habría visto el origen del trueno.
—Dima, mantente alerta. No te separes de…
El corazón se me detuvo al escuchar su voz. Un terror arrollador. «No. No. No. No puedo perderte también…» y entonces sentí el latigazo antinatural. Me lancé hacia Hae-won sin pensar. Mi cuerpo cubriendo el suyo cuando golpeamos la cubierta.
—Estoy… contigo…
Lo último que recuerdo es abrazarla con todas mis fuerzas. Desear que si esta vez el destino debía llevarse a alguien fuese a mí. Rogar al espíritu de Rose que la protegiera a ella, que la librase del mismo destino que ya nos atrapó a nosotros.
Después, todo se desvaneció.
Una condena tiene muchas caras. La que estaba a punto de caer sobre nuestro cuello tenía aspecto de promesas y sueños. El viento, casi inexistente hasta que nos hicimos a la mar, hinchó las velas con violencia, logrando que la triste goleta cobrara mayor velocidad. Cualquiera habría pensado que era la mano de un Dios benévolo empujando nuestro camino. A mí, sin embargo, se me encogió el corazón una vez más.
No conseguía deshacerme de la inquietud que me había carcomido por la noche. Por eso, aunque suene ridículo, casi agradecí los malos humos de mi recién conocido compañero. Estaba acostumbrado a las personas como Hasegawa: impredecibles, orgullosas y explosivas. El tipo de gente que no tolera ser contradecido. Me recordaba a otro tipo de figuras que habían gobernado mi vida años atrás.
—El Tempestad no está preparado para alcanzar un ferry, eso es más que evidente —respondí sin acritud. Tan solo mis pupilas sobre las suyas bajo el semblante más conciliador que podría ofrecerle—. Sin embargo, tampoco lo está para entrar en un combate naval directo. Haber comenzado uno en las costas de Baterilla habría significado perder la oportunidad de alcanzar más tarde al ferry. —Volví a fijar la vista en la estela que este dejaba a su paso y en la marea, en un intento por descifrar lo que pudiera avecinarse ante tal cambio climatológico—. Entiendo tu preocupación, Hasegawa. Por supuesto que a ninguno nos agrada la idea de saber que alguien como Dharma se encuentra en libertad, pero parece ser que está interesado en el mismo viaje que nosotros. Se trata de esperar el momento y la estrategia adecuada para actuar. Además, el ferry siempre fue el objetivo de esta misión y los pasajeros podrían estar en peligro por la presencia de Kazan. —Hice una pausa, contenido un suspiro que nunca llegó a nacer de mis labios—. En cualquier caso, somos un equipo. Ya que Omuyaga y tú conocéis bien nuestras fortalezas y debilidades, podríais aprovechar el viaje para pensar una buena estrategia.
Lo vi marcharse hacia la proa. Mi vista buscó de soslayo a Omuyaga, en una invitación silente a que fuera a intentar limar las asperezas que el albino había provocado. Guardé para mis adentros el pensamiento de que por supuesto que obedecería a Omuyaga por encima de Hasegawa. A él sí lo conocía y había demostrado su valía. Toda tripulación necesita un líder. Llámalo capitán; llámalo X. Incluso si todos pertenecíamos al mismo rango, la ausencia de líder sólo habría sido una invitación directa al caos.
No quise involucrarme más en la relación que pudieran mantener. Sé que Omuyaga estuvo un rato hablando con él, pero toda mi atención seguía puesta en la travesía.
A medida que el viaje avanzaba y el sol decaía, mi salud empeoró, tan voluble como el tiempo. Todo lo que me rodeaba adquirió un matiz granulado, demasiado parecido al de las interferencias provocadas en un den den Mushi visual. Me froté los ojos, rezando por hacerlas desaparecer. A esas alturas ya era inevitable. Lo sabía. El peor ataque de migrañas siempre venía precedido por el aura.
—¡Reducid vela! —ordené. Voz rasposa y más grave de lo habitual—. ¡Y despejad la cubierta!
El dolor de cabeza me preocupaba, especialmente cuando estábamos en alta mar, pero estaba acostumbrado a él. Para lo que no estaba preparado era para el nuevo rumbo trazado por el ferry: Kutsuku. Las manos, aferradas con fuerza sobre el timón, comenzaron a sudarme. Un escalofrío me atenazó la columna. Viré el timón como pude para ajustar el rumbo a un viento lateral controlado.
Un martillazo en la sien me hizo apretar la mandíbula. «Ahora no, por favor», pensé con las náuseas arremolinadas en el estómago. Apenas hacía un día desde que había superado el episodio de fiebre que me había tenido en cama más tiempo del deseado. La niebla comenzó a envolver al Tempestad y yo me sentí particularmente atrapado en ella.
—Nunca tuve el privilegio de conocer este lugar.
La voz de Hasegawa me llegó abortargada. Apenas pude dedicarle un vistazo, centrado como estaba en la marea y las rocas de una costa que conocía demasiado bien.
—Es la isla Kutsuku.
«Y has tenido la fortuna de no conocerla» me tragué la bilis; los recuerdos de una niñez teñidos por la podredumbre de las apuestas y el alcohol. Había crecido en aquellas calles.
—Conocí a alguien que procedía de aquí —mentí.
Por supuesto que el bueno de St. George jamás podría haber nacido en un lugar tan cuestionable. Justo en ese instante, sentí la mano de mi ángel sobre el hombro. Un contacto que me ancló a tierra y apartó ligeramente la neblina que amenazaba con llevarme.
—Dima, cariño, ¿te encuentras bien? ¿Quieres descansar un momento?
Le dediqué una sonrisa suave. Por supuesto, decliné con una negativa la idea de descansar. A ella sí me permití mirarla a los ojos un poco más, antes de continuar con lo que tenía que decir. Una puerta abierta para que Hae-won, que conocía todo lo que había tras mi historia, pudiera dilucidar un pedacito más de mi pasado.
—Kutsukku es una isla dedicada especialmente a la chatarra, armas y balísticas, pero lo más importante es… que cada ciudad cuenta con una banda criminal que rige cierto territorio. —Localicé a Nyra con la mirada, mientras luchaba por esquivar los últimos obstáculos—. Informa de ello a la División 80. Es posible que vayamos directos a una emboscada.
Ya no era solo el dolor de cabeza lo que atenazaba mi cuerpo. Lo hacía también esos recuerdos hasta entonces sepultados, el incesante latido en mi pecho y la falta de oxígeno. Me llevé un puñado de hojas de menta a la boca, antes de que las vías respiratorias amenazaran con cerrarse.
Había escapado de aquella isla quince años atrás.
Ahora echábamos ancla en ella.
Mi último recuerdo allí era el cadáver de mi madre desmadejado junto a la mesa del comedor. El rostro colérico de mi padre; sus manos intentando darme caza a mí también.
Tragué saliva.
Quizás si no me hubieran invadido los recuerdos, habría dado mayor importancia a esa extraña tonalidad verdácea de un sol extinto. Habría visto el origen del trueno.
—Dima, mantente alerta. No te separes de…
El corazón se me detuvo al escuchar su voz. Un terror arrollador. «No. No. No. No puedo perderte también…» y entonces sentí el latigazo antinatural. Me lancé hacia Hae-won sin pensar. Mi cuerpo cubriendo el suyo cuando golpeamos la cubierta.
—Estoy… contigo…
Lo último que recuerdo es abrazarla con todas mis fuerzas. Desear que si esta vez el destino debía llevarse a alguien fuese a mí. Rogar al espíritu de Rose que la protegiera a ella, que la librase del mismo destino que ya nos atrapó a nosotros.
Después, todo se desvaneció.
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