19-03-2026, 01:14 AM
Tal y como me temía, mi adversario había sido lo suficientemente diestro e inteligente como para cubrir con Busoshoku el punto de impacto, pero no fue suficiente. La actitud burlesca y jocosa de mi oponente se esfumó en un instante al ver cómo su casco era destruido a pedazos gracias a mi reiterada estocada primaveral. En su lugar, en el interior de Sohem tan sólo anidaban sus emociones más primitivas, emociones que no hacían falta sentir con mi Kenbunshoku, al ser fácilmente apreciable tanto en su rostro como en su lenguaje. Con enojo, frustración e ira, reprochó que aquel casco se trataba de uno que le había regalado su compañero más leal, su mejor amigo. No podía no entender su dolor pues, si alguien destrozara el colgante que me regaló mi amada, o un objeto de valor que me recordara a mí apreciado hijo, o a Bjorn, probablemente sentiría una furia desmedida. Nuestros seres queridos son lo que más nos atan a este mundo. Y yo le había arrebatado una parte de uno de ellos. Y si bien, no comprendí bajo que motivo dejó caer su kanabo, el que parecía ser su mayor fuente de poder y daño más allá de su Akuma no Mi, mi haki me decía que aún no había tirado la toalla. O mejor dicho, esto no había hecho más que empezar.
Al pronunciar el nombre de lo que debía ser una nueva técnica, de su cuerpo comenzó a emanar diversas columnas de vapor, como si estuviera hirviendo por dentro. En sus ojos, como dos destellos, parecía concentrarse en ellos el mismísimo sol, brillando y relampagueando con intensidad al mismo tiempo que lo hacía cada una de las venas de su cuerpo. Pero, lo que me dejó verdaderamente atónito, fue lo siguiente. Desde tiempos inmemoriales, había leído desde diversas culturas, una leyenda, un mito en concreto que siempre captó mi atención. Una leyenda que databa sobre la eterna y encendida rivalidad entre la figura del dragón y la del tigre. Cuando mis ancianos ojos fueron testigos de cómo, toda la aura que rodeaba a Sohem, se transformaba por momentos en la cabeza de un dragón rosado lo supe al instante. Siendo mi figura representada claramente en la de un tigre tenía claro que este encuentro, esta batalla… Estaba destinada desde el principio de los tiempos.
Junto a ese dragón, su camiseta estalló hasta dejar si torso al descubierto, pudiendo ver con mayor claridad como toda su piel se volvió negruzca, como el carbón, haciendo que destacaran aún más sus brillantes e incandescentes venas. Tanto su pelo como sus ojos parecían convertirse en llamas, que quemaban con tan solo mirarlas, de forma metafórica, por supuesto.
Vociferé, enseñando dos hileras afiladas de dientes, alabando el enorme espectáculo que estaba presenciando cuando, estando completa su transformación, pide sentir con mi Kenbunshoku un potente ataque directo hacia el lateral izquierdo de mi rostro. Y, en ese momento, Sohem desapareció por completo de mi campo de visión, dejando una huella incandescente en el suelo en su lugar.- ¿Cuándo es qué..? - Me pregunté a mi mismo, intentando cubrir tanto mi rostro con Busoshoku, al igual que intentaba anteponer mi arma ante el inminente ataque y, sin embargo, nada fue lo suficientemente rápido para la bala a la que estaba confrontando.
Como si una bala de cañón en llamas me hubiera impactado en mi perfil izquierdo de la cara, pide sentir de lleno el golpe de Sohem precedido por un grito ronco y roto, probablemente al sobreesfuerzo al que estaba siendo sometido. Y si bien el dolor no fue lo suficientemente como para mellar mi voluntad, sí que era cierto que aquel combo devastador era el más fuerte que me había conectado hasta el momento, produciéndome una quemadura mucho más grave de la que me proporcionó con su anterior oleada de calor. Maldito mocoso prepotente, ¡no estaba usando ni el 70% de su poder en ningún momento del combate!
Mis ojos, siendo consciente de que era imposible seguirle la pista visualmente, se centraron exclusivamente en mi arma, pudiendo cerciorarme de cómo la cazoleta no estaba rodeada de aquel espejismo esférico que inutilizaba las propiedades de mi pipa. Conforme Sohem se volvía a mover tras su embestida, me dispuse a golpear la cazoleta de la pipa contra el suelo, poniendo cada parte de mi en ese simple movimiento pero percibiendo, aún así, como él se había reposicionado con tiempo de margen. Era demasiado rápido, no lo suficientemente como para no sentirlo, pero sí como para no ser capaz de reaccionar acorde a sus movimientos. Ni siquiera era capaz de hacer manifestar mi haki con tiempo y, para más inri, se había colocado a un metro de mi, a mis espaldas, inhabilitándome por completo al no ser capaz de atacar o defenderme con propiedad debido al gran tamaño de mi arma y de mi cuerpo. Y por eso necesitaba a mi fiel arma, arma que, en el momento en el que golpeó el suelo, comenzó a emitir una suerte de humo magenta, que correspondía más bien a un gas nocivo que imposibilitaba su respiración allá por dónde pasara. Si bien el dial de fuego se había quedado vacío después de que se activara inútilmente, al dial de olor todavía le quedaba algo de sustancia en su interior. Cogí todo el aire que pude, inhalando tanto por mi nariz como por boca para poder aguantar la respiración el mayor tiempo posible.
Mi oponente tenía el moméntum, el ritmo del combate, pero no iba a cedérselo tan fácilmente. Utilizando mi cola, hice un barrido horizontal, de mi lado izquierdo hacia el derecho, buscando golpear con ella al hombre del pelo rosado llameante mientras que, mi arma, la coloqué en vertical, a mis espaldas, con la cazoleta mirando hacia abajo, mientras daba un paso hacia delante, de unos dos metros de largo, para ganar toda la distancia posible momento, en el cuál, usé toda la fuerza y torque de mi cadera para girar en sentido antihorario, cambiando la posición de mi arma hacia mi flanco derecho para aprovechar mi propia rotación para, a su vez, abanicar mi propia pipa hacia la posición en la que se encontraba Sohem, haciendo así otro barrido horizontal cubierto del veneno producido por el propio Zuìzhōng Pànjué, que se seguía propagando por el terreno. Si esta plaza de Rainbase llegaba a ser mi tumba, no pensaba irme sin haber peleado hasta el final.
Al pronunciar el nombre de lo que debía ser una nueva técnica, de su cuerpo comenzó a emanar diversas columnas de vapor, como si estuviera hirviendo por dentro. En sus ojos, como dos destellos, parecía concentrarse en ellos el mismísimo sol, brillando y relampagueando con intensidad al mismo tiempo que lo hacía cada una de las venas de su cuerpo. Pero, lo que me dejó verdaderamente atónito, fue lo siguiente. Desde tiempos inmemoriales, había leído desde diversas culturas, una leyenda, un mito en concreto que siempre captó mi atención. Una leyenda que databa sobre la eterna y encendida rivalidad entre la figura del dragón y la del tigre. Cuando mis ancianos ojos fueron testigos de cómo, toda la aura que rodeaba a Sohem, se transformaba por momentos en la cabeza de un dragón rosado lo supe al instante. Siendo mi figura representada claramente en la de un tigre tenía claro que este encuentro, esta batalla… Estaba destinada desde el principio de los tiempos.
Junto a ese dragón, su camiseta estalló hasta dejar si torso al descubierto, pudiendo ver con mayor claridad como toda su piel se volvió negruzca, como el carbón, haciendo que destacaran aún más sus brillantes e incandescentes venas. Tanto su pelo como sus ojos parecían convertirse en llamas, que quemaban con tan solo mirarlas, de forma metafórica, por supuesto.
-¡TORARARARARA ESO ES-KOZO! -
Vociferé, enseñando dos hileras afiladas de dientes, alabando el enorme espectáculo que estaba presenciando cuando, estando completa su transformación, pide sentir con mi Kenbunshoku un potente ataque directo hacia el lateral izquierdo de mi rostro. Y, en ese momento, Sohem desapareció por completo de mi campo de visión, dejando una huella incandescente en el suelo en su lugar.- ¿Cuándo es qué..? - Me pregunté a mi mismo, intentando cubrir tanto mi rostro con Busoshoku, al igual que intentaba anteponer mi arma ante el inminente ataque y, sin embargo, nada fue lo suficientemente rápido para la bala a la que estaba confrontando.
Como si una bala de cañón en llamas me hubiera impactado en mi perfil izquierdo de la cara, pide sentir de lleno el golpe de Sohem precedido por un grito ronco y roto, probablemente al sobreesfuerzo al que estaba siendo sometido. Y si bien el dolor no fue lo suficientemente como para mellar mi voluntad, sí que era cierto que aquel combo devastador era el más fuerte que me había conectado hasta el momento, produciéndome una quemadura mucho más grave de la que me proporcionó con su anterior oleada de calor. Maldito mocoso prepotente, ¡no estaba usando ni el 70% de su poder en ningún momento del combate!
Mis ojos, siendo consciente de que era imposible seguirle la pista visualmente, se centraron exclusivamente en mi arma, pudiendo cerciorarme de cómo la cazoleta no estaba rodeada de aquel espejismo esférico que inutilizaba las propiedades de mi pipa. Conforme Sohem se volvía a mover tras su embestida, me dispuse a golpear la cazoleta de la pipa contra el suelo, poniendo cada parte de mi en ese simple movimiento pero percibiendo, aún así, como él se había reposicionado con tiempo de margen. Era demasiado rápido, no lo suficientemente como para no sentirlo, pero sí como para no ser capaz de reaccionar acorde a sus movimientos. Ni siquiera era capaz de hacer manifestar mi haki con tiempo y, para más inri, se había colocado a un metro de mi, a mis espaldas, inhabilitándome por completo al no ser capaz de atacar o defenderme con propiedad debido al gran tamaño de mi arma y de mi cuerpo. Y por eso necesitaba a mi fiel arma, arma que, en el momento en el que golpeó el suelo, comenzó a emitir una suerte de humo magenta, que correspondía más bien a un gas nocivo que imposibilitaba su respiración allá por dónde pasara. Si bien el dial de fuego se había quedado vacío después de que se activara inútilmente, al dial de olor todavía le quedaba algo de sustancia en su interior. Cogí todo el aire que pude, inhalando tanto por mi nariz como por boca para poder aguantar la respiración el mayor tiempo posible.
Mi oponente tenía el moméntum, el ritmo del combate, pero no iba a cedérselo tan fácilmente. Utilizando mi cola, hice un barrido horizontal, de mi lado izquierdo hacia el derecho, buscando golpear con ella al hombre del pelo rosado llameante mientras que, mi arma, la coloqué en vertical, a mis espaldas, con la cazoleta mirando hacia abajo, mientras daba un paso hacia delante, de unos dos metros de largo, para ganar toda la distancia posible momento, en el cuál, usé toda la fuerza y torque de mi cadera para girar en sentido antihorario, cambiando la posición de mi arma hacia mi flanco derecho para aprovechar mi propia rotación para, a su vez, abanicar mi propia pipa hacia la posición en la que se encontraba Sohem, haciendo así otro barrido horizontal cubierto del veneno producido por el propio Zuìzhōng Pànjué, que se seguía propagando por el terreno. Si esta plaza de Rainbase llegaba a ser mi tumba, no pensaba irme sin haber peleado hasta el final.
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