La roca en la que llevaba media hora sentado era lo suficientemente ancha para contenerlo, aunque sus diez metros hacían que sus rodillas quedasen casi a la altura del pecho, una postura que en cualquier otro habría parecido incómoda pero que en Kazan era simplemente la forma que tenía su cuerpo de descansar donde el mundo no había sido construido para él. Sus pies descalzos reposaban en la arena húmeda de la orilla cada vez que cambiaba el peso los dedos se hundían mas. Fumaba, como siempre, la pipa llevaba encendida desde antes de que el sol terminara de asomarse sobre el horizonte y el humo ascendía en volutas lentas mezclándose con el olor a sal y a verano temprano. Y luego estaba ella que la había escuchado llegar mucho antes de verla.
El estruendo en las escaleras algo rodando algo golpeando la secuencia inconfundible de un cuerpo encontrando cada peldaño con más generosidad de la prevista, una caida, lo había sacado de su meditación sin alarmarlo. Conocía ese sonido, por desgracia, no era el sonido del peligro. Era el sonido de Seraphine despertando al mundo con toda la discreción que podia. "Ga-ha..." El inicio murio antes de seguir porque algo en el ritmo posterior, los pasos rápidos hacia el agua unido a la determinación silenciosa con que empuñaba el arco le dijo que esta mañana ella no estaba de humor para bromas.
Así que esperó y observó. La vio meterse hasta la cintura y la vio detenerse, entonces tensó el arco. La flecha se clavó en la arena. Kazan sacó la pipa de entre los dientes y expulsó el humo por la nariz, despacio. Cuatro metros de Skypean parada en el agua, mirando una flecha inútil, sin saber realmente lo que estaba pasando por esa cabeza.
Llevó los dedos a un cuerno, sin darse cuenta. Los dejó ahí un momento. Hay una diferencia entre entrenarse y castigarse. Y no siempre es fácil saber en cuál de los dos estás. Volvió a ponerse la pipa en la boca. Se puso de pie y crujió levemente su cuerpo. Cada paso hacia la orilla hundía la arena en huellas hondas y anchas charcos pequeños que el agua llenaba al momento. Se detuvo a unos diez metros de donde Seraphine había disparado. No habló enseguida, no quería molestarla. Le dio ese espacio que solo Kazan sabe dar pese a su tamaño. Luego, cuando consideró que el silencio ya había dicho lo que tenía que decir, sacó la pipa y habló, con la voz baja. -Por las profundidades... llevo un rato viéndote desde esa roca.- Una pausa. Contempló la flecha clavada en la arena, a unos tres metros de donde ella estaba de pie. -La flecha no llegó al pez. Eso ya lo sabes. Lo que me pregunto...- Volvió los ojos pequeños, casi entrecerrados bajo la luz del amanecer, hacia ella. -...es qué imagen tienes en tu cabeza para necesitar entrenar con tanta premura. Qué ves exactamente.-
No añadió nada más. Volvió a fumar, y esperó.
El estruendo en las escaleras algo rodando algo golpeando la secuencia inconfundible de un cuerpo encontrando cada peldaño con más generosidad de la prevista, una caida, lo había sacado de su meditación sin alarmarlo. Conocía ese sonido, por desgracia, no era el sonido del peligro. Era el sonido de Seraphine despertando al mundo con toda la discreción que podia. "Ga-ha..." El inicio murio antes de seguir porque algo en el ritmo posterior, los pasos rápidos hacia el agua unido a la determinación silenciosa con que empuñaba el arco le dijo que esta mañana ella no estaba de humor para bromas.
Así que esperó y observó. La vio meterse hasta la cintura y la vio detenerse, entonces tensó el arco. La flecha se clavó en la arena. Kazan sacó la pipa de entre los dientes y expulsó el humo por la nariz, despacio. Cuatro metros de Skypean parada en el agua, mirando una flecha inútil, sin saber realmente lo que estaba pasando por esa cabeza.
Llevó los dedos a un cuerno, sin darse cuenta. Los dejó ahí un momento. Hay una diferencia entre entrenarse y castigarse. Y no siempre es fácil saber en cuál de los dos estás. Volvió a ponerse la pipa en la boca. Se puso de pie y crujió levemente su cuerpo. Cada paso hacia la orilla hundía la arena en huellas hondas y anchas charcos pequeños que el agua llenaba al momento. Se detuvo a unos diez metros de donde Seraphine había disparado. No habló enseguida, no quería molestarla. Le dio ese espacio que solo Kazan sabe dar pese a su tamaño. Luego, cuando consideró que el silencio ya había dicho lo que tenía que decir, sacó la pipa y habló, con la voz baja. -Por las profundidades... llevo un rato viéndote desde esa roca.- Una pausa. Contempló la flecha clavada en la arena, a unos tres metros de donde ella estaba de pie. -La flecha no llegó al pez. Eso ya lo sabes. Lo que me pregunto...- Volvió los ojos pequeños, casi entrecerrados bajo la luz del amanecer, hacia ella. -...es qué imagen tienes en tu cabeza para necesitar entrenar con tanta premura. Qué ves exactamente.-
No añadió nada más. Volvió a fumar, y esperó.
