19-03-2026, 06:39 PM
Al terminar mi canción, mis ojos se quedaron en el mar, siguiendo cómo las nubes tormentosas comenzaban a cubrir el cielo más y más en un escenario oscuro y tenebroso, pero ese momento fue breve, porque una presencia que no había notado antes llamó mi atención. No fue tanto el verlo, sino el escuchar su tarareo, suave y cercano lo que me hizo girar y seguir con la cabeza todos sus pasos en una danza improvisada, moviéndose con naturalidad, como si él solo siguiera el ritmo que llevaba dentro, y sin darme cuenta, dejé de preocuparme por la tormenta para observarlo a él.
Palidecí apenas mis ojos reconocieron los vestigios de un uniforme de la marina, no necesitó decir palabra, era un oficial. Le faltaba la prenda superior, pero lo demás hablaba por él, las botas marcadas, el pantalón, el pañuelo azul atado en su cuello, y, coronándolo todo, aquella gorra insolente que con simple presencia proclamaba sin titubeos el lugar al que pertenecía.
Lo observé moverse entre giros y cierta gracia, dejando que el vaivén del oleaje mojara sus pies, y no pude evitar pensar que, quizás, se estaba burlando de mí. ¿Estaría borracho?, Tendría sentido, no hacía mucho había visto a otros como él refugiarse en el alcohol de los puestos ambulantes del puerto, ¿Podría alejarme sin problema… no?
No tenía miedo, si había decidido tomar un camino que desafiaba la ley, tarde o temprano tendría que enfrentar el riesgo de perder la vida. Ladeé ligeramente la cabeza ante el comportamiento del oficial, aguardando a que dijera algo, a que revelara sus intenciones. Estaba confundida ante sus actos.
No obstante, al permitirme recorrer con la mirada cada detalle de su figura, mis ojos azulinos se detuvieron en una marca inusual, extrañamente familiar, era en el costado derecho de su abdomen, una quemadura que se extendía entre sus costillas y su cadera, como un rastro del pasado grabado en su piel. Mi mente la reconoció antes de entenderla, procesando con lentitud ese hallazgo mientras una inquietud suave, casi íntima, comenzaba a tomar forma dentro de mí.
Y mientras lo observaba bailar, fascinado, tarareando la melodía que antes había tocado con el violín, mi curiosidad no hizo más que crecer, había algo en su presencia que me atraía, que me empujaba a querer saber quién era, y aún así, la imagen de la persona que cruzó por mi mente en ese instante no terminaba de encajar con él.
Empecé a superponer en mi mente una imagen antigua con la que tenía frente a mí, ambos marcados por cicatrices y quemaduras, de estatura y porte semejantes, aunque a este hombre lo percibía más fuerte, más cuidado por el paso del tiempo, y, como un eco persistente de aquellas memorias del pasado, se repetía el mismo patrón de alguien obstinado por el vicio del cigarro. Pero había algo que debía confirmar por mí misma.
Pasé el arco de mi violín a la mano que sostenía a Amphitrite, y con pasos que vacilaban entre la cautela y el impulso, me adentré en el agua y en el improvisado campo de baile que él había creado. Me acerqué lo suficiente para que dejara de moverse, quedando frente a frente, a escasos centímetros para obtener toda su atención. Entonces mi mano libre se elevó hacia su rostro y levanté el ala de su gorra con suavidad, revelando entonces el color de sus ojos, aquellos rojizos profundos que algún tiempo atrás me habían pertenecido a mí entre las llamas y el puerto, este mismo puerto con un presente diferente.
Casi no había dudas, y aun asi algo en él era distinto, su cabello era blanco y no llevaba barba, tan opuesto a aquel recuerdo que permanecía en mí, un hombre de pelo azabache y una barba tupida, marañada, casi indomable. Me detuve a observar con mayor detenimiento cada aspecto de su rostro, descubriendo detalles que antes habían permanecido ocultos, un lunar discreto, una cicatriz en la comisura de su boca, poco a poco esos aspectos iban encajando en una imagen más profunda. Mi mano descendió con suavidad hasta su mejilla, rozando aquella marca junto a sus labios, como si en ese contacto pudiera confirmar lo que mis recuerdos se negaban a soltar, y tras ese instante breve en los que me permití explorar, retiré mi mano en silencio.
Mi expresión, en ese momento, era la de una mujer perdida en una confusión absoluta, no como si hubiera visto renacer a un muerto ante mis ojos, sino porque mis recuerdos comenzaban a transformarse, cediendo su lugar a algo distinto a lo que esperaba, ¿Un Marine?, eso era lo de menos. Con un sentimiento a flote en mi pecho, le regalé una sonrisa serena y dulce, como si en medio de esa incertidumbre mi corazón hubiera decidido reconocerlo de todas formas. Y mis ojos no mentían, un pequeño sollozo intentó hacerse presente pero no me permití dejarlo salir, no ahora que finalmente lo miraba de nuevo.
—- Enji, ha pasado tiempo.
Palidecí apenas mis ojos reconocieron los vestigios de un uniforme de la marina, no necesitó decir palabra, era un oficial. Le faltaba la prenda superior, pero lo demás hablaba por él, las botas marcadas, el pantalón, el pañuelo azul atado en su cuello, y, coronándolo todo, aquella gorra insolente que con simple presencia proclamaba sin titubeos el lugar al que pertenecía.
Lo observé moverse entre giros y cierta gracia, dejando que el vaivén del oleaje mojara sus pies, y no pude evitar pensar que, quizás, se estaba burlando de mí. ¿Estaría borracho?, Tendría sentido, no hacía mucho había visto a otros como él refugiarse en el alcohol de los puestos ambulantes del puerto, ¿Podría alejarme sin problema… no?
No tenía miedo, si había decidido tomar un camino que desafiaba la ley, tarde o temprano tendría que enfrentar el riesgo de perder la vida. Ladeé ligeramente la cabeza ante el comportamiento del oficial, aguardando a que dijera algo, a que revelara sus intenciones. Estaba confundida ante sus actos.
No obstante, al permitirme recorrer con la mirada cada detalle de su figura, mis ojos azulinos se detuvieron en una marca inusual, extrañamente familiar, era en el costado derecho de su abdomen, una quemadura que se extendía entre sus costillas y su cadera, como un rastro del pasado grabado en su piel. Mi mente la reconoció antes de entenderla, procesando con lentitud ese hallazgo mientras una inquietud suave, casi íntima, comenzaba a tomar forma dentro de mí.
Y mientras lo observaba bailar, fascinado, tarareando la melodía que antes había tocado con el violín, mi curiosidad no hizo más que crecer, había algo en su presencia que me atraía, que me empujaba a querer saber quién era, y aún así, la imagen de la persona que cruzó por mi mente en ese instante no terminaba de encajar con él.
Empecé a superponer en mi mente una imagen antigua con la que tenía frente a mí, ambos marcados por cicatrices y quemaduras, de estatura y porte semejantes, aunque a este hombre lo percibía más fuerte, más cuidado por el paso del tiempo, y, como un eco persistente de aquellas memorias del pasado, se repetía el mismo patrón de alguien obstinado por el vicio del cigarro. Pero había algo que debía confirmar por mí misma.
Pasé el arco de mi violín a la mano que sostenía a Amphitrite, y con pasos que vacilaban entre la cautela y el impulso, me adentré en el agua y en el improvisado campo de baile que él había creado. Me acerqué lo suficiente para que dejara de moverse, quedando frente a frente, a escasos centímetros para obtener toda su atención. Entonces mi mano libre se elevó hacia su rostro y levanté el ala de su gorra con suavidad, revelando entonces el color de sus ojos, aquellos rojizos profundos que algún tiempo atrás me habían pertenecido a mí entre las llamas y el puerto, este mismo puerto con un presente diferente.
Casi no había dudas, y aun asi algo en él era distinto, su cabello era blanco y no llevaba barba, tan opuesto a aquel recuerdo que permanecía en mí, un hombre de pelo azabache y una barba tupida, marañada, casi indomable. Me detuve a observar con mayor detenimiento cada aspecto de su rostro, descubriendo detalles que antes habían permanecido ocultos, un lunar discreto, una cicatriz en la comisura de su boca, poco a poco esos aspectos iban encajando en una imagen más profunda. Mi mano descendió con suavidad hasta su mejilla, rozando aquella marca junto a sus labios, como si en ese contacto pudiera confirmar lo que mis recuerdos se negaban a soltar, y tras ese instante breve en los que me permití explorar, retiré mi mano en silencio.
Mi expresión, en ese momento, era la de una mujer perdida en una confusión absoluta, no como si hubiera visto renacer a un muerto ante mis ojos, sino porque mis recuerdos comenzaban a transformarse, cediendo su lugar a algo distinto a lo que esperaba, ¿Un Marine?, eso era lo de menos. Con un sentimiento a flote en mi pecho, le regalé una sonrisa serena y dulce, como si en medio de esa incertidumbre mi corazón hubiera decidido reconocerlo de todas formas. Y mis ojos no mentían, un pequeño sollozo intentó hacerse presente pero no me permití dejarlo salir, no ahora que finalmente lo miraba de nuevo.
—- Enji, ha pasado tiempo.
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Cita Diálogo / Habla / *Piensa*
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