20-03-2026, 07:30 AM
El ímpetu del baile lo llevó a sumergir los pies en el agua, avanzar en ella hasta que la altura del mar le tapó las rodillas y las primeras señales de debilidad lo forzaron a regresar, siempre al ritmo de la melodía. A cada paso le correspondió un chapoteo. La arena húmeda cedía bajo el peso del cuerpo, las ondas dibujaban figuras en la superficie y el reflejo seguía el movimiento de sus brazos, coordinados en el ir y venir que marcaba la marea. Bailar lo relajaba. Lo descubrió cuando tenía cinco años en el salón del que fuera su hogar, junto a su madre, que era una gran bailarina, y, desde entonces, aunque se le olvidaba por periodos, siempre regresaba al baile. Se convirtió en algo natural en él. Una respuesta física, arraigada como el impulso irrefrenable de respirar.
El ritmo marcaba el paso. Uno, dos, tres, y una vuelta. Uno, dos, tres, y repetía. Lineal, fluido, constante. La música ya no hacía falta. Sentía el compás en la cabeza y los pies se movían solos.
Al cabo de unos segundos disfrutando a ojos cerrados del momento, se detuvo. La cadena de pasos conoció su final cuando sus pies se plantaron frente a la mujer del violín, la joven de cabellos anaranjados y un cielo en la mirada. Miyori, se llamaba. Recordó su nombre como quien rememora la letra de una canción que no pudo escuchar en mucho tiempo.
Enji abrió los ojos, bajó los brazos y guardó las manos en los bolsillos. ¿Allí quería llevarlo la melodía? ¿Cara a cara con aquella mujer? Rojo y celeste se volvieron a encontrar y se sorprendió de ver familiaridad en su mirada. ¿Cómo logró reconocerlo con tanta facilidad? Un año había pasado, además de una afeitada, tinte para el cabello y bastante ejercicio. Eso sin mencionar el diablo que tenía dentro.
Pero eso no hacía falta mencionarlo.
El tacto de su mano era suave, cálido y destilaba dulzura. Enji hizo memoria, pero no logró recordar la última vez que alguien acarició su rostro con tanto cuidado. Cómo si un mal movimiento pudiera resquebrajarle la piel. Es cierto, ella no había visto su lunar, tampoco la cicatriz del labio. Ella solo vio cansancio, frustración y resignación pintadas en un rostro demacrado.
¿Qué vería ahora? ¿Fuerza? ¿Confianza?
¿Locura?
—Ya lo creo, sí.
Los ojos del marine reflejaban gratitud. Gratitud para quien lo vio en el suelo y en lugar de pasar de largo, se detuvo, le tendió una mano y permitió que descansara de su tormento durante unos minutos. El mundo ardió a su alrededor y ella logró acallar los susurros de las llamas en su cabeza, al menos, por unos instantes.
Los instantes necesarios para volver a levantarse.
—Estuve en la Isla del Karate una temporada —comentó, sin apartarse un centímetro pero tampoco acercarse más—. Regresé hace varios meses pero… no te encontré por aquí, chica. ¿Dónde te habías metido? —indagó, genuinamente curioso al respecto—. A tu hermano creo haberlo topado alguna vez. Él no me reconoció. Parece que a ti no te puedo engañar tan fácil.
El ritmo marcaba el paso. Uno, dos, tres, y una vuelta. Uno, dos, tres, y repetía. Lineal, fluido, constante. La música ya no hacía falta. Sentía el compás en la cabeza y los pies se movían solos.
Al cabo de unos segundos disfrutando a ojos cerrados del momento, se detuvo. La cadena de pasos conoció su final cuando sus pies se plantaron frente a la mujer del violín, la joven de cabellos anaranjados y un cielo en la mirada. Miyori, se llamaba. Recordó su nombre como quien rememora la letra de una canción que no pudo escuchar en mucho tiempo.
Enji abrió los ojos, bajó los brazos y guardó las manos en los bolsillos. ¿Allí quería llevarlo la melodía? ¿Cara a cara con aquella mujer? Rojo y celeste se volvieron a encontrar y se sorprendió de ver familiaridad en su mirada. ¿Cómo logró reconocerlo con tanta facilidad? Un año había pasado, además de una afeitada, tinte para el cabello y bastante ejercicio. Eso sin mencionar el diablo que tenía dentro.
Pero eso no hacía falta mencionarlo.
El tacto de su mano era suave, cálido y destilaba dulzura. Enji hizo memoria, pero no logró recordar la última vez que alguien acarició su rostro con tanto cuidado. Cómo si un mal movimiento pudiera resquebrajarle la piel. Es cierto, ella no había visto su lunar, tampoco la cicatriz del labio. Ella solo vio cansancio, frustración y resignación pintadas en un rostro demacrado.
¿Qué vería ahora? ¿Fuerza? ¿Confianza?
¿Locura?
—Ya lo creo, sí.
Los ojos del marine reflejaban gratitud. Gratitud para quien lo vio en el suelo y en lugar de pasar de largo, se detuvo, le tendió una mano y permitió que descansara de su tormento durante unos minutos. El mundo ardió a su alrededor y ella logró acallar los susurros de las llamas en su cabeza, al menos, por unos instantes.
Los instantes necesarios para volver a levantarse.
—Estuve en la Isla del Karate una temporada —comentó, sin apartarse un centímetro pero tampoco acercarse más—. Regresé hace varios meses pero… no te encontré por aquí, chica. ¿Dónde te habías metido? —indagó, genuinamente curioso al respecto—. A tu hermano creo haberlo topado alguna vez. Él no me reconoció. Parece que a ti no te puedo engañar tan fácil.

