21-03-2026, 05:46 PM
[personajeinvalido=3367]
Desperté aquejado por un ataque de tos. Una sensación asfixiante que me hizo aferrar la camisa con fuerza, justo a la altura del pecho. Creí que moriría. Si es que no lo había hecho ya y estaba atrapado en mi propio infierno personal. Primero pensé que el mundo temblaba. Después fui consciente de que era yo el que tiritaba, ajeno al terror visceral que se había colado entre mis entrañas. Así debían de sentirse los marineros que caían a las turbulentas aguas de una tormenta, con los pulmones encharcados de agua y una sensación gélida constriñéndoles el cuerpo.
Arañé bocanada tras bocanada de un aire rancio; demasiado putrefacto para que pudiera suponer un alivio aspirarlo. Igual que arañé el terreno para librarme de aquello que me cubría. Fue entonces cuando empecé a cobrar consciencia de lo que me rodeaba. Los párpados me pesaban. Las punzadas en la cabeza se acentuaron aún más que en el barco.
«El barco…»
Lo último que recordaba era esa presencia que todavía se hacía eco de mis músculos. Esa mirada que parecía enredarseme en la nuca, siseo de una amenaza silente.
—Ángel…
La recordé a ella y el modo en que había caído abrazado a su cuerpo sobre la cubierta. Hae-won fue probablemente la única razón por la que, a pesar de sentir que todo me consumía, logré semi incorporarme a gatas. Bajo mi cuerpo, la montaña que identifique como restos de basura (siendo generosos) amenazó con ceder. Por eso aguardé allí, barrí el resto de la estancia como pude con la mirada.
—¿Dónde estás…?
No voy a mentir ni a hacerme el valiente. En aquel momento, mientras poco a poco serenaba la tos, por mi cabeza se sucedían un millar de recuerdos. Todos ellos tenían que ver con celdas, cadenas y pestilencia. El corazón triplicaba latidos, la piel me ardía por los nervios y clamaba un sinfín de silenciosas maldiciones.
«Otra vez igual».
No sé en qué momento descubrí que mis dedos se habían aferrado a la llave que pendía de mi cuello. Esa que representaba mi única victoria: mi marca de libertad. Guardé la cadena por debajo de la camisa para protegerla. Quise creer que mientras la llevará conmigo me daría suerte.
Había detectado otro puñado de cuerpos más, entre ellos el que reconocí como la cantante de la División ochenta. Sin embargo, al único que me acerqué a gatas, con sumo cuidado, fue al de Hae-won. Por fortuna, la tenía lo bastante cerca para no desestabilizar aquel terreno movedizo, cerca del lateral izquierdo de la pared. La cabellera plateada cubierta de mugre, resaltaba entre el resto de desechos.
—Ángel, despierta. —Tiré de ella con cuidado. Lo justo para atraerla hacia mi cuerpo—. Tenemos que irnos.
Le acaricié el rostro con dulzura, para despertarla. Otro ataque de tos me hizo cubrirme las vías respiratorias con el antebrazo libre. No lo retiré de esa posición, mientras me fijaba en el resto de presentes. Proyecté la voz lo más clara y suave que pude, en un intento por no llamar la atención de cualquier enemigo que pudiera haber al otro lado de la puerta.
—¿Os encontráis bien? —pregunté, analizando las paredes, los excrementos y restos putrefactos que nos envolvían y esa puerta que parecía alzarse como única oportunidad de vivir—. Escuchad, estoy convencido de que el aire de esta sala es tóxico. —Por eso también reacomodé a Hae-won contra mi pecho para evitar que lo inhalara de forma directa—. No sabemos lo que hay al otro lado, pero tampoco podemos permanecer aquí. Los movimientos bruscos podrían causar un derrumbe, así que avanzad de rodillas y, si es posible, pegaros a las paredes. Intentaremos reagruparnos cerca de la salida, pero distribuyendo el peso para que no ceda bajo nosotros.
No tenía ni idea de quiénes eran las otras dos personas, aunque intuí que serían pasajeros del ferry.
—Lo más importante es que mantengamos la calma e intentemos no llamar la atención.
Porque no solo no teníamos ni idea de quién era el enemigo, tampoco sabíamos por qué nos habían llevado hasta allí ni que aguardaba al otro lado.
Y yo ni siquiera había sido capaz de dejar de temblar… mientras la visión se me nublaba de nuevo.
Desperté aquejado por un ataque de tos. Una sensación asfixiante que me hizo aferrar la camisa con fuerza, justo a la altura del pecho. Creí que moriría. Si es que no lo había hecho ya y estaba atrapado en mi propio infierno personal. Primero pensé que el mundo temblaba. Después fui consciente de que era yo el que tiritaba, ajeno al terror visceral que se había colado entre mis entrañas. Así debían de sentirse los marineros que caían a las turbulentas aguas de una tormenta, con los pulmones encharcados de agua y una sensación gélida constriñéndoles el cuerpo.
Arañé bocanada tras bocanada de un aire rancio; demasiado putrefacto para que pudiera suponer un alivio aspirarlo. Igual que arañé el terreno para librarme de aquello que me cubría. Fue entonces cuando empecé a cobrar consciencia de lo que me rodeaba. Los párpados me pesaban. Las punzadas en la cabeza se acentuaron aún más que en el barco.
«El barco…»
Lo último que recordaba era esa presencia que todavía se hacía eco de mis músculos. Esa mirada que parecía enredarseme en la nuca, siseo de una amenaza silente.
—Ángel…
La recordé a ella y el modo en que había caído abrazado a su cuerpo sobre la cubierta. Hae-won fue probablemente la única razón por la que, a pesar de sentir que todo me consumía, logré semi incorporarme a gatas. Bajo mi cuerpo, la montaña que identifique como restos de basura (siendo generosos) amenazó con ceder. Por eso aguardé allí, barrí el resto de la estancia como pude con la mirada.
—¿Dónde estás…?
No voy a mentir ni a hacerme el valiente. En aquel momento, mientras poco a poco serenaba la tos, por mi cabeza se sucedían un millar de recuerdos. Todos ellos tenían que ver con celdas, cadenas y pestilencia. El corazón triplicaba latidos, la piel me ardía por los nervios y clamaba un sinfín de silenciosas maldiciones.
«Otra vez igual».
No sé en qué momento descubrí que mis dedos se habían aferrado a la llave que pendía de mi cuello. Esa que representaba mi única victoria: mi marca de libertad. Guardé la cadena por debajo de la camisa para protegerla. Quise creer que mientras la llevará conmigo me daría suerte.
Había detectado otro puñado de cuerpos más, entre ellos el que reconocí como la cantante de la División ochenta. Sin embargo, al único que me acerqué a gatas, con sumo cuidado, fue al de Hae-won. Por fortuna, la tenía lo bastante cerca para no desestabilizar aquel terreno movedizo, cerca del lateral izquierdo de la pared. La cabellera plateada cubierta de mugre, resaltaba entre el resto de desechos.
—Ángel, despierta. —Tiré de ella con cuidado. Lo justo para atraerla hacia mi cuerpo—. Tenemos que irnos.
Le acaricié el rostro con dulzura, para despertarla. Otro ataque de tos me hizo cubrirme las vías respiratorias con el antebrazo libre. No lo retiré de esa posición, mientras me fijaba en el resto de presentes. Proyecté la voz lo más clara y suave que pude, en un intento por no llamar la atención de cualquier enemigo que pudiera haber al otro lado de la puerta.
—¿Os encontráis bien? —pregunté, analizando las paredes, los excrementos y restos putrefactos que nos envolvían y esa puerta que parecía alzarse como única oportunidad de vivir—. Escuchad, estoy convencido de que el aire de esta sala es tóxico. —Por eso también reacomodé a Hae-won contra mi pecho para evitar que lo inhalara de forma directa—. No sabemos lo que hay al otro lado, pero tampoco podemos permanecer aquí. Los movimientos bruscos podrían causar un derrumbe, así que avanzad de rodillas y, si es posible, pegaros a las paredes. Intentaremos reagruparnos cerca de la salida, pero distribuyendo el peso para que no ceda bajo nosotros.
No tenía ni idea de quiénes eran las otras dos personas, aunque intuí que serían pasajeros del ferry.
—Lo más importante es que mantengamos la calma e intentemos no llamar la atención.
Porque no solo no teníamos ni idea de quién era el enemigo, tampoco sabíamos por qué nos habían llevado hasta allí ni que aguardaba al otro lado.
Y yo ni siquiera había sido capaz de dejar de temblar… mientras la visión se me nublaba de nuevo.
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