21-03-2026, 06:17 PM
Los pasos de Dooti eran pesados. Lentos. Como una marcha fúnebre.
Muchos eran los días que habían pasado sin que el pobre Massimo hubiera comido caliente. Días de pescado seco y pan duro, de cargar sacos para los comerciantes a cambio de un plato de arroz, de atender a los enfermos de la zona pobre con la esperanza de que le dieran algo a cambio. Y ahora que por fin había ganado dinero real —no un barril de conservas, no las sobras de algún trabajo cutre, no. Dinero de verdad. Monedas de verdad que tintineaban en el fondo de su fedora como una canción nueva— aparece alguien y se lo arrebata.
Pero lo que más daño le producía al frío Massimo no era que le hubieran robado. El hambre la conocía bien. La necesidad la conocía desde antes de que le saliera la barba. Podía con eso. Lo que más le hería era el quién.
Otro Buccaneer. Otro de su misma raza. Alguien más grande que él. Alguien que, a primera vista, parecía más fuerte.
Esa era la puñalada. No el bolsillo vacío. La certeza de que alguien que podría haber sido como él —que podría haber pasado por lo mismo, que podría haber entendido— había decidido quitárselo todo sin pestañear. Como si los años de látigos y cicatrices no hubieran servido para nada. Como si la sangre que compartían no valiera ni el peso de una moneda.
Mientras Dolly soltaba su verborrea de insultos y falacias, Dooti se mantuvo en silencio. Ni una sola palabra ante la acusación. Ni un "hm" de esos suyos. Ni un simple y llano "no". Nada. Solo los brazos cruzados, la gabardina inmaculada, el fedora calado hasta las cejas. Una estatua de cuatro metros que respiraba despacio.
Hasta que Dolly arrancó uno de los carteles que había por ahí pegados.
Al grito de "¡Es él!", los ojos de Dooti se abrieron de golpe. Un gesto de sorpresa, raro en él. Las cejas, siempre fruncidas en ese reposo que parecía enfado, se levantaron un milímetro. Los ojos claros, cristalinos, se hicieron un poco más grandes. Dolly le estampó el cartel en la cara antes de que pudiera reaccionar.
-¡Quita, coño, pedazo de-! -bufó, arrebatándole el papel de las manos con un manotazo rápido.
Dolly seguía amenazando al aire, pero Massimo ya no la escuchaba. Se quedó mirando el cartel, con los ojos fijos en esas letras que tantas vueltas le habían dado.
En el Ripped Throat.
Lo releyó otra vez. Y otra. Como si esperara que las palabras cambiaran solas.
Dooti dobló el papel con cuidado, como quien guarda una prueba. Se lo metió en el bolsillo interior de la gabardina, junto al pecho. Donde apenas llegaba el frío.
-Vamos.
La noche era cerrada, pero dentro del Ripped Throat la música escupía luz por cada rendija.
Massimo llevaba varios minutos con los brazos cruzados, apoyado contra la pared de un edificio vecino, mirando la fachada mugrienta del bar como quien mira un problema que no pidió tener. Las notas del saxofón llegaban hasta él con una claridad irritante. No eran malas. Eso era lo peor. Ese hijo de puta tocaba bien.
-Di lo que quieras.- Murmuró, más para sí mismo que para la cría -Pero no toca mal.
Y no solo bien. Tocaba con una seguridad que solo dan los años de práctica, los escenarios, la costumbre de que la gente te aplauda. Todo lo que Massimo no tenía.
Apretó el puño. Con decisión, sacó del interior de su gabardina dos guantes que se colocó con rapidez y dureza. Cual cirujano poniéndose un par de guantes de goma esterilizados. Los dedos torcidos se estiraron dentro de la tela, como preparándose para algo que aún no sabían bien qué era.
Observó cómo Dolly se alejaba correteando hacia la parte de atrás del edificio. Él, en cambio, escondió las manos tras la gabardina y se plantó frente a la puerta.
Tomó una larga bocanada de aire. Suspiró con pesadez.
Posó la mano en la ajada madera. Empujó.
La puerta crujió con un quejido largo, como si le doliera abrirse. El humo salió primero, denso, espeso, mezclado con el olor a sudor y alcohol barato. Las cabezas se giraron. Algunas. No todas. La música seguía sonando, pesada, lenta, ese blues que la cría tanto odiaba pero que a él le sonaba a algo conocido. Algo que no sabía que recordaba hasta que lo oyó.
Massimo avanzó.
La gabardina barrió el suelo. El fedora le sombreaba la cara, pero no lo suficiente. Alguien silbó bajito. Alguien más soltó una risa corta. Él no miró a nadie. No apartó la vista del escenario.
Ahí estaba.
Seis metros. Más grande que él. Mucho más grande. Con un traje que le quedaba justo, las mangas arremangadas hasta los codos, y ese saxofón dorado en las manos, brillando bajo la luz sucia del bar. King Bulk. El que les había robado el dinero. El que había mandado a su gente a hacer el trabajo sucio mientras él se llevaba los aplausos.
Lo que más ganas tenía de hacer era saltar al escenario y asestarle a ese capullo un fuerte puñetazo en la mandíbula. Pero se contuvo. No era el momento. La cría no estaba. Él solo contra todos ellos era una estupidez, y Massimo no era estúpido. No cuando se trataba de sobrevivir.
En su lugar, se arrastró hacia la barra y apoyó su gran cuerpo en ella. La madera crujió bajo su peso, pero aguantó. Apoyó los codos en la superficie mugrienta, cruzó los brazos, y se quedó mirando el escenario con esa cara de reposo que parecía enfadada.
A su alrededor, los piratas lo miraban. Evaluaban. Calculaban. Uno, el más cercano, dejó la botella que tenía en la mano sobre la barra con un golpe seco. Otro se incorporó lentamente en su silla. Massimo no les devolvió la mirada.
Solo esperó.
En algún lugar, allá arriba o allá atrás, Dolly estaría buscando su momento. Él estaba aquí. Ahora solo faltaba el momento.
Massimo sintió el cartel doblado contra su pecho. Y esperó
Muchos eran los días que habían pasado sin que el pobre Massimo hubiera comido caliente. Días de pescado seco y pan duro, de cargar sacos para los comerciantes a cambio de un plato de arroz, de atender a los enfermos de la zona pobre con la esperanza de que le dieran algo a cambio. Y ahora que por fin había ganado dinero real —no un barril de conservas, no las sobras de algún trabajo cutre, no. Dinero de verdad. Monedas de verdad que tintineaban en el fondo de su fedora como una canción nueva— aparece alguien y se lo arrebata.
Pero lo que más daño le producía al frío Massimo no era que le hubieran robado. El hambre la conocía bien. La necesidad la conocía desde antes de que le saliera la barba. Podía con eso. Lo que más le hería era el quién.
Otro Buccaneer. Otro de su misma raza. Alguien más grande que él. Alguien que, a primera vista, parecía más fuerte.
Esa era la puñalada. No el bolsillo vacío. La certeza de que alguien que podría haber sido como él —que podría haber pasado por lo mismo, que podría haber entendido— había decidido quitárselo todo sin pestañear. Como si los años de látigos y cicatrices no hubieran servido para nada. Como si la sangre que compartían no valiera ni el peso de una moneda.
Mientras Dolly soltaba su verborrea de insultos y falacias, Dooti se mantuvo en silencio. Ni una sola palabra ante la acusación. Ni un "hm" de esos suyos. Ni un simple y llano "no". Nada. Solo los brazos cruzados, la gabardina inmaculada, el fedora calado hasta las cejas. Una estatua de cuatro metros que respiraba despacio.
Hasta que Dolly arrancó uno de los carteles que había por ahí pegados.
Al grito de "¡Es él!", los ojos de Dooti se abrieron de golpe. Un gesto de sorpresa, raro en él. Las cejas, siempre fruncidas en ese reposo que parecía enfado, se levantaron un milímetro. Los ojos claros, cristalinos, se hicieron un poco más grandes. Dolly le estampó el cartel en la cara antes de que pudiera reaccionar.
-¡Quita, coño, pedazo de-! -bufó, arrebatándole el papel de las manos con un manotazo rápido.
Dolly seguía amenazando al aire, pero Massimo ya no la escuchaba. Se quedó mirando el cartel, con los ojos fijos en esas letras que tantas vueltas le habían dado.
En el Ripped Throat.
Lo releyó otra vez. Y otra. Como si esperara que las palabras cambiaran solas.
Dooti dobló el papel con cuidado, como quien guarda una prueba. Se lo metió en el bolsillo interior de la gabardina, junto al pecho. Donde apenas llegaba el frío.
-Vamos.
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La noche era cerrada, pero dentro del Ripped Throat la música escupía luz por cada rendija.
Massimo llevaba varios minutos con los brazos cruzados, apoyado contra la pared de un edificio vecino, mirando la fachada mugrienta del bar como quien mira un problema que no pidió tener. Las notas del saxofón llegaban hasta él con una claridad irritante. No eran malas. Eso era lo peor. Ese hijo de puta tocaba bien.
-Di lo que quieras.- Murmuró, más para sí mismo que para la cría -Pero no toca mal.
Y no solo bien. Tocaba con una seguridad que solo dan los años de práctica, los escenarios, la costumbre de que la gente te aplauda. Todo lo que Massimo no tenía.
Apretó el puño. Con decisión, sacó del interior de su gabardina dos guantes que se colocó con rapidez y dureza. Cual cirujano poniéndose un par de guantes de goma esterilizados. Los dedos torcidos se estiraron dentro de la tela, como preparándose para algo que aún no sabían bien qué era.
Observó cómo Dolly se alejaba correteando hacia la parte de atrás del edificio. Él, en cambio, escondió las manos tras la gabardina y se plantó frente a la puerta.
Tomó una larga bocanada de aire. Suspiró con pesadez.
Posó la mano en la ajada madera. Empujó.
La puerta crujió con un quejido largo, como si le doliera abrirse. El humo salió primero, denso, espeso, mezclado con el olor a sudor y alcohol barato. Las cabezas se giraron. Algunas. No todas. La música seguía sonando, pesada, lenta, ese blues que la cría tanto odiaba pero que a él le sonaba a algo conocido. Algo que no sabía que recordaba hasta que lo oyó.
Massimo avanzó.
La gabardina barrió el suelo. El fedora le sombreaba la cara, pero no lo suficiente. Alguien silbó bajito. Alguien más soltó una risa corta. Él no miró a nadie. No apartó la vista del escenario.
Ahí estaba.
Seis metros. Más grande que él. Mucho más grande. Con un traje que le quedaba justo, las mangas arremangadas hasta los codos, y ese saxofón dorado en las manos, brillando bajo la luz sucia del bar. King Bulk. El que les había robado el dinero. El que había mandado a su gente a hacer el trabajo sucio mientras él se llevaba los aplausos.
Lo que más ganas tenía de hacer era saltar al escenario y asestarle a ese capullo un fuerte puñetazo en la mandíbula. Pero se contuvo. No era el momento. La cría no estaba. Él solo contra todos ellos era una estupidez, y Massimo no era estúpido. No cuando se trataba de sobrevivir.
En su lugar, se arrastró hacia la barra y apoyó su gran cuerpo en ella. La madera crujió bajo su peso, pero aguantó. Apoyó los codos en la superficie mugrienta, cruzó los brazos, y se quedó mirando el escenario con esa cara de reposo que parecía enfadada.
A su alrededor, los piratas lo miraban. Evaluaban. Calculaban. Uno, el más cercano, dejó la botella que tenía en la mano sobre la barra con un golpe seco. Otro se incorporó lentamente en su silla. Massimo no les devolvió la mirada.
Solo esperó.
En algún lugar, allá arriba o allá atrás, Dolly estaría buscando su momento. Él estaba aquí. Ahora solo faltaba el momento.
Massimo sintió el cartel doblado contra su pecho. Y esperó
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