22-03-2026, 03:52 AM
(Última modificación: 22-03-2026, 03:56 AM por Maria Merlot.)
Narrador / María Merlot.
¿Volvería a comer picante?
Definitivamente no en comidas tan calientes.
Definitivamente no en comidas tan calientes.
María, inclinada hacia delante, vaciaba su estómago. El mal sabor y la acidez se combinaban para que se tratara de su peor evento médico hasta la fecha en esa isla. Su cabello caía a los lados, intento con una mano llevarlo hacia atrás pero tan largo como era fue imposible dejarlo en un solo sitio, le llegaba casi a los tobillos. En honor a la verdad, el sabor fue increíble, el plato fue muy bueno, si tan solo su amigo Kiwi lo hubiera pedido sin picante, habría sido la mejor comida, no solo porque estaba delicioso sino porque vino del buen corazón de un nuevo nakama, y uno peludo, su debilidad.
No se dio cuenta cuanto tiempo tardo. Su piel sudaba, y posiblemente estaba tan pálida como una hoja blanca. Los ojos derramaban lagrimas de frustración, y parte de su cabello estaba lleno de vomito. ¡Qué falta de belleza! ¡Qué asco! Al final simplemente cedió, dejándose caer un poco más allá del menjurje que salio de su boca. Por suerte le había dado chance de salir de la multitud, y evitar un evento bochornoso en presente, que seria divertido en retrospectiva. Se limpio con el dorso de la mano la boca, mientras cerraba los ojos revisando internamente como desde la laringe hasta el estomago quemaba sin compasión, sin embargo, se sentía mejor que antes.
De pronto la luz que chocaba contra sus parpados se atenuó, al abrirlos se encontró con la figura del leopardo. ¡No perdió su rastro! ¡No la abandono! Una sonrisa, un poco desganada pero llena de felicidad, se instalo en sus labios. Quiso decirle algo al gato, pero sus acciones la mantuvieron atenta. Cualquier otro se quejaría de su comportamiento errático, precipitado y hasta tonto, pero él solo con su pata tapo el vomito rojizo y le extendió un pedazo de tela.
No se dio cuenta cuanto tiempo tardo. Su piel sudaba, y posiblemente estaba tan pálida como una hoja blanca. Los ojos derramaban lagrimas de frustración, y parte de su cabello estaba lleno de vomito. ¡Qué falta de belleza! ¡Qué asco! Al final simplemente cedió, dejándose caer un poco más allá del menjurje que salio de su boca. Por suerte le había dado chance de salir de la multitud, y evitar un evento bochornoso en presente, que seria divertido en retrospectiva. Se limpio con el dorso de la mano la boca, mientras cerraba los ojos revisando internamente como desde la laringe hasta el estomago quemaba sin compasión, sin embargo, se sentía mejor que antes.
De pronto la luz que chocaba contra sus parpados se atenuó, al abrirlos se encontró con la figura del leopardo. ¡No perdió su rastro! ¡No la abandono! Una sonrisa, un poco desganada pero llena de felicidad, se instalo en sus labios. Quiso decirle algo al gato, pero sus acciones la mantuvieron atenta. Cualquier otro se quejaría de su comportamiento errático, precipitado y hasta tonto, pero él solo con su pata tapo el vomito rojizo y le extendió un pedazo de tela.
Te dije que no comieses tan rápido. Anda, enjuágate la boca con esto, ansiosa.
¡Oh! Si, le estaba reprochando, pero lo que sus palabras no decían, las acciones y objetos lo transmitían — Gracias Amigo Kiwi. Eres el mejorrrrrrrr — balbuceo con su voz encantadora y risueña un poco menos activa, después de todo acababa de pasar por un muy mal rato gastro. Se sentó y tomo la toalla, limpiándose la boca, el dorso de la mano y los mechones de cabello salpicados — Lo sé, lo sé, pero estalle como un confeti colorido ante tu invitación felina, solo me emocione muchísimo. ¿Sabes? Soy vegana, no como nada que tuviera pulso, sentimientos o antepasados. ¡Que la casualidad de tu invitación fuera esa pudo conmigo! Fue como ver al universo colisionar contra mi cara directamente y llenarme de estrellas titilantes… entonces, debía comerlo todo, no dejar nada en ese plato. Ni un grano, ni una gota, ni un rastro de tu buen corazón amigo Kiwi — comentó sin detenerse, y recuperando su característica alegría y brillo. A pesar del malestar concateno sus aleatorias ideas y espero que él entendiera que simplemente la hizo feliz comer lo que le gustaba con el peludo amigo que había hecho ese día en un sitio Random de Whisky Peak.
Lo vio inclinarse, traía bolsas… la suya de antes también, no sabía cuando la dejo caer, pero que bueno que él la recogió. En un parpadeo, o quizás por su estado algo convaleciente, el poncho fue impuesto en ella. Y luego la acción menos esperada de esa interacción… la cargo tipo princesa… ¡LA CARGO! Los ojos de María se abrieron como plato, y las estrellas del universo volvieron a brillar en sus orbes ámbar.
Lo vio inclinarse, traía bolsas… la suya de antes también, no sabía cuando la dejo caer, pero que bueno que él la recogió. En un parpadeo, o quizás por su estado algo convaleciente, el poncho fue impuesto en ella. Y luego la acción menos esperada de esa interacción… la cargo tipo princesa… ¡LA CARGO! Los ojos de María se abrieron como plato, y las estrellas del universo volvieron a brillar en sus orbes ámbar.
Ni media palabra de protesta, jovencita.
Le hizo caso, apretó la boca, aunque quería decir tantas cosas. No es que nunca la hubieran cargado así, solo que nunca lo había hecho un peluche y eso hizo esa escena idílica. Cuando le escribiera al pelirrojo le diría que un Leopardo, no un gato porque era una ofensa hacia ellos, la había cargado ¡UN PELUCHE LA CARGO! Eso la hizo pensar en que, en la misma postal, debía pedirle que también la cargara como una princesa, aunque si él se negaba, ella podía cargarlo. Claro, eso nunca sucedería...
Con el dolor desapareciendo a cada paso, la chica solo sonreía y movía las piernas mientras tatareaba sin decir nada, fue la petición del gatito. No sabía a dónde iba, pero le daba igual, con el transcurrir de los minutos se iba sintiendo mejor, y más aún por el melocotón que empezó a comer, el que Kibai le dio antes. El dulce néctar la embriago, aumentando su sonrisa, y recuperando el color en sus mejillas. ¡El amor Mink podía sanar! Empezaba a llegar a esa conclusión, recordando como el mink hurón despertó luego de su beso en la nariz, pensó ingenua que había sido ella, no fue él quien se recuperó solo, y ahora con el leopardo a su lado ella se estaba sintiendo mucho mejor. ¡Los peluches bípedos eran curanderos mágicos! No tenía duda, debía darle la información a Algodón de Azúcar.
Con el dolor desapareciendo a cada paso, la chica solo sonreía y movía las piernas mientras tatareaba sin decir nada, fue la petición del gatito. No sabía a dónde iba, pero le daba igual, con el transcurrir de los minutos se iba sintiendo mejor, y más aún por el melocotón que empezó a comer, el que Kibai le dio antes. El dulce néctar la embriago, aumentando su sonrisa, y recuperando el color en sus mejillas. ¡El amor Mink podía sanar! Empezaba a llegar a esa conclusión, recordando como el mink hurón despertó luego de su beso en la nariz, pensó ingenua que había sido ella, no fue él quien se recuperó solo, y ahora con el leopardo a su lado ella se estaba sintiendo mucho mejor. ¡Los peluches bípedos eran curanderos mágicos! No tenía duda, debía darle la información a Algodón de Azúcar.
Ya no tienes por qué preocuparte por tu encargo. Ya me he encargado…
Las palabras se hicieron presente, María subió la mirada para verlo mientras hablaba. La sonrisa que esbozo el minino no la paso por alto, se trataba de una cándida y lejana, ella misma había sonreído así esa mañana mientras estaba en el mascaron del Flush Royal recordando cierto “Trehehe”. ¿Estaría pensando en la mujer de la que hablo? ¿Sería una gatita como él? Estuvo a punto de cotillar pero el hablo primero...
… en la tienda de especies, me di cuenta de algo. Tienes que procurar tener más cuidado, vale?...
La joven mestiza bajo la mirada a la fruta a medio comer en sus manos, en contraste con el poncho verde. Escucho esa advertencia tantas veces, y sabía a que se refería, porque en la mayoría de las veces siempre terminaba traicionada, malherida o encerrada en una pecera. Aunque ella viera en todos una potencial amistad y buenos samaritanos, la realidad siempre la golpeaba y le recordaba que no era así… sin embargo, no podía dejar de intentarlo, la naturaleza de su propio corazón le exigía ver el lado positivo de las personas y las situaciones. Como ahora, no le importaba haber vomitado ni el dolor que le causo, lo importante es que Kiwi la estaba cargando, hablando con ella y cuidándola.
No iba agregar nada. ¿Qué podía decirle? Todos tenían razón, hacia dos días hasta su propio esposo de mentiras también se lo advirtió. Los grillos en su cabeza chillaron muy fuerte, trayendo pensamientos de pasados y traiciones, atribuidos a su ingenuidad, aunque ella no lo catalogaría de esa forma. Tal vez en el fondo percibía las intenciones oscuras... solo que siempre mantenía la fe de que… no la lastimarían. Un suave suspiro escapo de sus labios, luego mordió el melocotón con cuidado para no dejar un diente en la semilla.
¿Base Marina? ¿Qué era una base marina? ¿Actuar como civil? Los orbes volvieron a enfocarse en el mink… ¿de qué estaba hablando Kiwi? ¿Qué tenían que ver los marines? Estaba un poco confundida, pero, aunque no lo pareciera e ignorara muchas cosas, ella no era tonta en el sentido de la palabra, podía razonar… ¿Acaso él era un marine? Como el perfecto pelirrojo, como el malvavisco, como el sueño de Leviatan… y tenía sentido, ya había visto a Bertram Gaufrid antes, posiblemente hubieran más por ahí… ¿Era relevante para ella? No relamente.
No iba agregar nada. ¿Qué podía decirle? Todos tenían razón, hacia dos días hasta su propio esposo de mentiras también se lo advirtió. Los grillos en su cabeza chillaron muy fuerte, trayendo pensamientos de pasados y traiciones, atribuidos a su ingenuidad, aunque ella no lo catalogaría de esa forma. Tal vez en el fondo percibía las intenciones oscuras... solo que siempre mantenía la fe de que… no la lastimarían. Un suave suspiro escapo de sus labios, luego mordió el melocotón con cuidado para no dejar un diente en la semilla.
¿Base Marina? ¿Qué era una base marina? ¿Actuar como civil? Los orbes volvieron a enfocarse en el mink… ¿de qué estaba hablando Kiwi? ¿Qué tenían que ver los marines? Estaba un poco confundida, pero, aunque no lo pareciera e ignorara muchas cosas, ella no era tonta en el sentido de la palabra, podía razonar… ¿Acaso él era un marine? Como el perfecto pelirrojo, como el malvavisco, como el sueño de Leviatan… y tenía sentido, ya había visto a Bertram Gaufrid antes, posiblemente hubieran más por ahí… ¿Era relevante para ella? No relamente.
Pero yo no voy a estar siempre presente para cuando alguien quiera hacerte algo malo, ¿comprendes?
De pronto se detuvo, la voz y sus facciones felinas cambiaron, se volvieron a su parecer protectoras, y más con la suave presión adicional de sus brazos. ¿Si son muy amables? Eso la hizo bajar la mirada, esbozar una sonrisa enigmática mientras recordaba a Pedro Francesco Ruíz De León Madrigal… cada golpe, cada grito, cada vez que la arrastraba hasta las puertas de la preciosa muerte solo para negarle el descanso eterno, todo eso venía acompañado de una dulzura podrida y asquerosa. El tritón quebraba su cuerpo y cuando aún sangraba por sus atrocidades, él la envolvía en palabras cálidas pero huecas. Le susurraba al oído que ella era la culpable de todo, que ella lo obligaba a hacerle tanto daño…
“… Kassandra. Lo lamento tanto, de verdad, pero aborrezco verte en brazos de otros, por eso tuve que romperte una vez más, para que no olvides a quien perteneces…”
Ese recuerdo, esa voz, la hizo estremecer. Tal vez el gato pensara que era un residual del malestar pero se trataba de algo más profundo causado por alguien que le había hecho mucho daño, quien arruino su vida al arrancándola de las pinzas del Gyojin Cangrejo.
Vale señorita, ya hemos llegado a la zona de los muelles. Dime cuál es tu barco y te acompañaré hasta él.
Kiwi se pronunció, sacándola de sus amargos recuerdos. Lo que la hizo parpadear alejando esos pensamientos indeseados. ¿Señorita? Ashveil le decía así, y siempre la hacia sonreír cuando venia de él porque usaba un tono tan educado y caballeroso, tan decente y nada cuestionable. María le sonrió, con su mejilla acaricio el pecho del mink, como si la gata fuera ella, luego pidió que la soltara quedando de pie en aquel muelle llenos de navíos.
— Yo… — comenzó su chachara mientras sus ojos evaluaban cada barco anclado en el muelle, luego se volteo a mirarlo — … lo intentaré, amigo Kiwi. No te preocupes, estaré bien, siempre lo estoy — le sonrió con encanto, aunque una voz muy en el fondo le susurro “… porque nunca te dejan morir” — ¿Mi barco? No tengo un abarco, aunque si pudiera tener uno me gustaría… — miro en todas las direcciones evaluando la calidad de cada uno de los presentes, había al fondo uno que se veía especialmente resistente con un casco verde, luego uno con velas rosadas, otro con una forma curiosa — … ¡Todos! ¡Compraría todos! — hablo entre risas, le gustaba comerciar, así que en algún momento tendría mucho de todo, tal vez hasta de barcos, el límite era el cielo — Haciendo posible lo imposible, Kiwi — le sonrió con encanto guiñándole uno de sus orbes, citando la frase del mink. Estaba a punto de decirle que su barco no estaba en el muelle cuando una voz la interrumpió...
— ¡María Preciosa Merlot! — se dejo escuchar en el muelle. La joven mestiza busco al dueño, sus ojos brillaron al reconocer a su amigo carpintero: Marco.
— ¡MarMar! — levanto ambas manos para agitarlas frente a ella, saludando con evidente emoción al moreno — ¿Qué haces por aquí? ¿También vienes a ver los barcos? ¿Cuál te gusta más? — la joven lo interrogo, y él se sintio feliz de tener su atención.
— Haciendo unos ajustes a un navío a domicilio, a veces debo salir de la astillería, Preciosa. Hay muy buenos barcos anclados estos días en el muelle — comento sin especificar nada más pero sonriéndole medio embobado. Luego su mirada azul oscura se posó en el mink — ¿Es uno de tus amigos, María Preciosa? — pregunto un poco renuente.
— Si, es Ki…Bai. ¡Kibai! Mi amigo Leopardo — logro recordar su nombre, él fue muy enfático en que los apodos lo ofendían, entonces delante de otros procuraría usar su nombre, aunque en su cabeza siempre estaría diciendo KIWI — … nos conocimos en un mercadillo flotante, me ayudo a encontrar ajinomoto para Bonita — explico, y el hombre solo solto un “Ah”, entendiendo que no era uno de los piratas que viajaban con ella, si a esa banda de personas agradables se le podría etiquetar así, sobre todo el gigante, con el que bebió un buen rato cuando fue por el barco que les construyo. Y eso lo hizo recordar, que justo, al final del muelle, había un barco de la marina. Mejor alejar a la joven celeste de ese lugar.
— … encantado, Kibai. Cualquier amigo de María Preciosa, es mi amigo — inclino levemente la cabeza, luego miro a la chica, sus ojos se suavizaron — … debes venir a ver lo que tallo Kenny, te gustará muchísimo. ¿Tienes tiempo ahora? — le pregunto con una media sonrisa, la de un hombre enamorado, que queria pasar tiempo con la chica que le gustaba.
— Oh — pronuncio María. Ya tenia todo lo que necesitaba y justo Kiwi la estaba llevando a su barco, pero su barco no estaba ahí — ¡Si, me encantaría! Pero es que debo regresar con Bonita. Y la verdad no me siento muy bien… — cuando la chica dijo eso, los ojos del moreno se oscurecieron, en dos pasos estaba sujetandola por la mejilla con delicadeza
— Te ves algo pálida… ¿Paso algo? — pregunto con una voz que prometía tormentas si el causante estaba cerca.
— No, bueno si, pero estoy bien, Ki…Bai me ayudo — le respondió con alegría, haciendo que el carpintero soltara la tensión.
— Gracias por cuidarla, pero aquí acaba el paseo — se dirigió al mink con voz neutral y mirada afilada, luego regreso su atención a la joven y volvió a suavizarse. Era evidente que le gustaba y mucho. Lo cual era normal, la semi sirena parecía tocada por divinidades — … vamos a que Leo te revise… seguro que a tu Algodón de Azúcar no le gustaría verte así — comento cuando la vio que iba a protestar, la chica cerro la boca.
La mención de Hyakinthos la convenció de irse con Marco, él tenía razón, no podía preocupar al objeto de su lealtad y fanatismo — … debo irme, Kiwi… — se dirigió al gato rompiendo la distancia, pero sin llegar a tocarlo. Tomo sus compras —… ¡Esperare nuestra próxima comida! Prometo que comeré con mas calma pero no lo pidas picante y tampoco tan caliente, por favor. Y deberás contarme más sobre tu chica, la que te hace sonreír tan lindo... — metió la mano en la bolsa, y saco la taza de vaca, dándosela al gato. La quería para Trhym pero ya que ella se estaba llevando el poncho, le quería dejar algo… —… hasta pronto, yeeheei — se despidió con su encantadora sonrisa.
Marco le quito las bolsas, y se fue con ella conversando de cosas randoms. Luego de separarse de Kibai, el par caminaron por el pueblo María paso por varias tiendas más, aprovechando que el carpintero conocía a todos, pero no compro nada realmente luego se comió la manzana que llevaba consigo.
Finalizaron en el astillero, dónde el médico la reviso, para ese momento ella ya se sentía mejor. Converso un rato con ellos sobre la madera y el precio de estas, luego María se despidió, lanzándose al mar. Se sumergió y nado sin rumbo, le costaba orientarse, pero la marea siempre la llevaba hacia sus nakamas. En el fondo del mar oscuro no vio muchas cosas, solo algunas embarcaciones, gracias a su buena vista. Recordó cuando nado con el Príncipe Einarr, se perdió en sus pensamientos tanto que cuando salió a la superficie ya estaba oscureciendo, pero había encontrado el Flush Royal.
Cuando subió al barco, y Bonita le pregunto por las compras… fue cuando la chica se dio cuenta que las había dejado en el astillero. Por suerte la Oni solo suspiro profundo, resignada a que la joven sirena vivía en su mundo de fantasías, la próxima vez iría ella misma por lo que necesitaba.
María fue hasta el mascaron, se sentó sobre la cabeza tallada de Cara Melo, justo como comenzó su día, pero ahora veía el atardecer. El agua chorreaba de ella, mientras pensaba que al parecer ahí afuera habían tantas personas, con tantos corazones, qué quizás... podría, si lo intentaba, conseguir lo que deseaba, disfrutar del viaje con sus nakamas, cumplir sus sueños. Recordó la mirada lejana y la sonrisa de Kiwi hacia la misteriosa mujer... seguro quien fuera ella, también miraría el horizonte y sonreiría pensando en el gato, su corazón esperaba que fuera así. En su caso en particular, dudaba que su esposo de mentiras lo hiciera porque ellos no estaban enamorados, pero no necesitaba su reciprocidad y no se trataba de eso tampoco, lo que su mente cavilaba era el haberlo conocido, cruzar sus caminos... a ella si le encanto conocerlo y sonreiría tontamente por ambos en ese crepúsculo...
— Yo… — comenzó su chachara mientras sus ojos evaluaban cada barco anclado en el muelle, luego se volteo a mirarlo — … lo intentaré, amigo Kiwi. No te preocupes, estaré bien, siempre lo estoy — le sonrió con encanto, aunque una voz muy en el fondo le susurro “… porque nunca te dejan morir” — ¿Mi barco? No tengo un abarco, aunque si pudiera tener uno me gustaría… — miro en todas las direcciones evaluando la calidad de cada uno de los presentes, había al fondo uno que se veía especialmente resistente con un casco verde, luego uno con velas rosadas, otro con una forma curiosa — … ¡Todos! ¡Compraría todos! — hablo entre risas, le gustaba comerciar, así que en algún momento tendría mucho de todo, tal vez hasta de barcos, el límite era el cielo — Haciendo posible lo imposible, Kiwi — le sonrió con encanto guiñándole uno de sus orbes, citando la frase del mink. Estaba a punto de decirle que su barco no estaba en el muelle cuando una voz la interrumpió...
— ¡María Preciosa Merlot! — se dejo escuchar en el muelle. La joven mestiza busco al dueño, sus ojos brillaron al reconocer a su amigo carpintero: Marco.
— ¡MarMar! — levanto ambas manos para agitarlas frente a ella, saludando con evidente emoción al moreno — ¿Qué haces por aquí? ¿También vienes a ver los barcos? ¿Cuál te gusta más? — la joven lo interrogo, y él se sintio feliz de tener su atención.
— Haciendo unos ajustes a un navío a domicilio, a veces debo salir de la astillería, Preciosa. Hay muy buenos barcos anclados estos días en el muelle — comento sin especificar nada más pero sonriéndole medio embobado. Luego su mirada azul oscura se posó en el mink — ¿Es uno de tus amigos, María Preciosa? — pregunto un poco renuente.
— Si, es Ki…Bai. ¡Kibai! Mi amigo Leopardo — logro recordar su nombre, él fue muy enfático en que los apodos lo ofendían, entonces delante de otros procuraría usar su nombre, aunque en su cabeza siempre estaría diciendo KIWI — … nos conocimos en un mercadillo flotante, me ayudo a encontrar ajinomoto para Bonita — explico, y el hombre solo solto un “Ah”, entendiendo que no era uno de los piratas que viajaban con ella, si a esa banda de personas agradables se le podría etiquetar así, sobre todo el gigante, con el que bebió un buen rato cuando fue por el barco que les construyo. Y eso lo hizo recordar, que justo, al final del muelle, había un barco de la marina. Mejor alejar a la joven celeste de ese lugar.
— … encantado, Kibai. Cualquier amigo de María Preciosa, es mi amigo — inclino levemente la cabeza, luego miro a la chica, sus ojos se suavizaron — … debes venir a ver lo que tallo Kenny, te gustará muchísimo. ¿Tienes tiempo ahora? — le pregunto con una media sonrisa, la de un hombre enamorado, que queria pasar tiempo con la chica que le gustaba.
— Oh — pronuncio María. Ya tenia todo lo que necesitaba y justo Kiwi la estaba llevando a su barco, pero su barco no estaba ahí — ¡Si, me encantaría! Pero es que debo regresar con Bonita. Y la verdad no me siento muy bien… — cuando la chica dijo eso, los ojos del moreno se oscurecieron, en dos pasos estaba sujetandola por la mejilla con delicadeza
— Te ves algo pálida… ¿Paso algo? — pregunto con una voz que prometía tormentas si el causante estaba cerca.
— No, bueno si, pero estoy bien, Ki…Bai me ayudo — le respondió con alegría, haciendo que el carpintero soltara la tensión.
— Gracias por cuidarla, pero aquí acaba el paseo — se dirigió al mink con voz neutral y mirada afilada, luego regreso su atención a la joven y volvió a suavizarse. Era evidente que le gustaba y mucho. Lo cual era normal, la semi sirena parecía tocada por divinidades — … vamos a que Leo te revise… seguro que a tu Algodón de Azúcar no le gustaría verte así — comento cuando la vio que iba a protestar, la chica cerro la boca.
La mención de Hyakinthos la convenció de irse con Marco, él tenía razón, no podía preocupar al objeto de su lealtad y fanatismo — … debo irme, Kiwi… — se dirigió al gato rompiendo la distancia, pero sin llegar a tocarlo. Tomo sus compras —… ¡Esperare nuestra próxima comida! Prometo que comeré con mas calma pero no lo pidas picante y tampoco tan caliente, por favor. Y deberás contarme más sobre tu chica, la que te hace sonreír tan lindo... — metió la mano en la bolsa, y saco la taza de vaca, dándosela al gato. La quería para Trhym pero ya que ella se estaba llevando el poncho, le quería dejar algo… —… hasta pronto, yeeheei — se despidió con su encantadora sonrisa.
Marco le quito las bolsas, y se fue con ella conversando de cosas randoms. Luego de separarse de Kibai, el par caminaron por el pueblo María paso por varias tiendas más, aprovechando que el carpintero conocía a todos, pero no compro nada realmente luego se comió la manzana que llevaba consigo.
Finalizaron en el astillero, dónde el médico la reviso, para ese momento ella ya se sentía mejor. Converso un rato con ellos sobre la madera y el precio de estas, luego María se despidió, lanzándose al mar. Se sumergió y nado sin rumbo, le costaba orientarse, pero la marea siempre la llevaba hacia sus nakamas. En el fondo del mar oscuro no vio muchas cosas, solo algunas embarcaciones, gracias a su buena vista. Recordó cuando nado con el Príncipe Einarr, se perdió en sus pensamientos tanto que cuando salió a la superficie ya estaba oscureciendo, pero había encontrado el Flush Royal.
Cuando subió al barco, y Bonita le pregunto por las compras… fue cuando la chica se dio cuenta que las había dejado en el astillero. Por suerte la Oni solo suspiro profundo, resignada a que la joven sirena vivía en su mundo de fantasías, la próxima vez iría ella misma por lo que necesitaba.
María fue hasta el mascaron, se sentó sobre la cabeza tallada de Cara Melo, justo como comenzó su día, pero ahora veía el atardecer. El agua chorreaba de ella, mientras pensaba que al parecer ahí afuera habían tantas personas, con tantos corazones, qué quizás... podría, si lo intentaba, conseguir lo que deseaba, disfrutar del viaje con sus nakamas, cumplir sus sueños. Recordó la mirada lejana y la sonrisa de Kiwi hacia la misteriosa mujer... seguro quien fuera ella, también miraría el horizonte y sonreiría pensando en el gato, su corazón esperaba que fuera así. En su caso en particular, dudaba que su esposo de mentiras lo hiciera porque ellos no estaban enamorados, pero no necesitaba su reciprocidad y no se trataba de eso tampoco, lo que su mente cavilaba era el haberlo conocido, cruzar sus caminos... a ella si le encanto conocerlo y sonreiría tontamente por ambos en ese crepúsculo...
... estoy impactada, bailando aquí sola ♪♬
... pasaré una eternidad preguntándome si supiste ♬♪
... que me encantó conocerte ♪♬
... pasaré una eternidad preguntándome si supiste ♬♪
... que me encantó conocerte ♪♬
CANCIÓN
README
Karma Fanático: Hyakinthos.
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