22-03-2026, 08:42 AM
Menta.
Si salió de la comodidad y calidez del Royal Flush fue porque necesitaba menta y la consiguió. No la planta, pero si una esencia, cuyo olor aspiró, para probar su calidad, incluso antes de pagar por ella.
Y fue ahí, en la botica, que escuchó por primera vez de la feria servía de distracción para los habitantes de Drum… ¿Qué tenía de especial ese lugar? Creyó que el país sería, solamente, un infierno de hielo en el que tenía que habitar, hasta que sus compañeros se cansaran de la isla, y que solo soportaría porque Maki le había prometido que era un paraíso médico…algo que aún no había tenido la oportunidad de comprobar cómo era debido.
Sea como sea, a pesar del frío y de la leve nevada que hacía que la mochila negra, llena de insumos médicos y otras cosas, que acostumbraba a llevar en su espalda y su ropa nueva —cortesía de Merlot y pagada por Maki — se llenara de copos blancos, que solo servían para humedecer la tela, haciendo que el friolento médico se estremeciera con cada paso que daba, el pelirrosa se decidió a conocer la dichosa feria ¿Por qué? La pregunta debería ser ¿Por qué no? Tras varios meses en una isla en donde la civilización era inexistente, pasear por un sitio en donde podría encontrar posibles candidatos para “mercancía” en su “negocio”, sería más que provechoso y, de paso, comprobaría si la feria era tan buena como la pintaban.
Atraído por el ruido, y no por las direcciones que le dieron algunos lugareños, llegó a la entrada de la feria. Desde ahí podía ver las atracciones coloridas, la rueda de la fortuna, los puestos de comida y de juegos. La algarabía era contagiosa y, de hecho, por unos segundos olvidó la frialdad de Drum, pues el ir y venir de tantas personas hacían que ese sitio se sintiera más cálido de lo que en verdad era, incluso sus dientes dejaron de castañear, aunque cada tanto sus músculos temblaban y, por supuesto, su nariz seguía roja; sin embargo, eso no significaba que no estuviera atento a sus alrededores.
Sus ojos dorados analizaron el sitio, a la gente. La mayoría se veían distraídos, demasiados centrados en las atracciones para fijarse en la gente a sus alrededores. Era el sitio perfecto para separar a las personas y llevarlas a un lugar en donde no pudieran defenderse y mucho menos ser escuchados. Volvería a sus andanzas, pero antes…Antes se alejaría del puesto de frutas que estaba a punto de hacerlo vomitar.
¿Cómo era posible que en un clima tan nevado la gente estuviera comiendo una fruta tan tropical y nefasta como lo era el mango? Ver a algunos niños con los guantes manchados con el jugo de la fruta, por agarrar los pedazos con la mano, y a otros más con la boca sucia del color naranja característico de la fruta, fue suficiente para que su estómago se revolviera y prefiriera alejarse lo más rápido posible. Su rostro, de rojo, pasó a verde. Menos mal que su olfato era tan débil, porque de haber sentido de cerca el olor del mango, se habría vomitado en sus botas.
—Que asco…puaj —. Se quejó en medio de refunfuños, no demasiado altos, pero aquellos murmullos fueron suficiente para ganarse la mirada de alguno que otro curioso, todo mientras una de sus manos se apoyaba en su cintura, apenas acariciando el cinturón en el que ocultaba una daga que, aunque no se veía a simple vista, llevaba por seguridad, y su otra mano se apoyaba en el mostrador de uno de los tantos puestos de la feria: uno de juegos…Y, por supuesto, el dueño de aquel local no perdería el tiempo para promocionarse.
—Venga, venga, olvide los malos ratos, señorita ¿Por qué no prueba suerte? No necesita que ningún hombre gane este enorme peluche por usted ¿Verdad? —El hombre, muy seguro de lo que decía y solo habiéndose fijado en el largo y rosado cabello del médico, siguió hablando mientras señalaba un peluche, de casi un metro, de un hipopótamo lanudo. El premio estelar. —Seguro alguno la decepcionó y por eso está enojada. Desquítese demostrando que no lo necesita. Lo único que tiene que hacer para ganar es derribar estas tres botellas con esta pelota —. El comerciante dejó de señalar al peluche para sacar de un caja una pelota de baseball que lucía bastante…normal.
—¿Disculpe? —El médico se giró, miró a su alrededor, no había nadie más cerca del puesto, al menos no lo suficiente como para que el dueño estuviera hablándole con esa confianza. —¿Me habla a mí? —El pelirrosa se señaló a si mismo y alzó una ceja. No sabía si sentirse indignado o halagado. En menos de una semana lo confundían dos veces con una chica, primero Thrym —su propio compañero — y ahora este vendedor extraño. —¿En verdad cree que luzco como una chica? Pues me halaga —Bueno, al final decidió tomarlo como un cumplido, además…esperaba que al menos lo viera como una chica guapa. —, pero claro que no necesito un hombre para ganar el peluche cuando yo mismo soy hombre —. Tal vez la voz lo delató desde un inicio, pues con la primera pregunta que hizo, vio el cambio en el semblante del vendedor…se veía…pálido, demasiado pálido.
—Deme eso acá… ¿Cuántos berries me dijo que son? Bueno, no importa, supongo que tendrá suficiente con mil, por el momento —. Había leído, en el propio cartel del puesto, que cada 3 tiros costaban cien berries, pero no tenía cambio y su puntería era pésima…así que, multiplicar las posibilidades no estaría mal por el momento. Puso los berries sobre la mesa y le arrebató la pelota de baseball al vendedor que, por algún motivo, aún seguía “helado”.
Solo para hacerse el interesante, hizo como si midiera la distancia entre él y las botellas. Parecía concentrado en calcular un buen ángulo de tiro, tanto que, incluso el señor que antes parecía confundido por su inicial error sobre el género del médico, ahora lo miró con curiosidad renovada y con el dejo de temor de alguien que creía que sería derrotado en su propia trampa.
Claro que…respiró aliviado después del primero tiro.
¿Cómo es que alguien podía errar tan horriblemente un tiro cercano?
—Jmp…solo probaba suerte. No es lo mejor que puedo hacer —dijo con un tono de voz más presumido del que podía permitirse. Ahora el vendedor estaba relajado y el médico, tenso, pero dispuesto a ganarse aquel peluche de hipopótamo lanudo.
Tiro dos. El resultado fue el mismo, quizá peor. La pelota pasó a un lado de las botellas, ni siquiera cerca, es más…el vendedor se hizo a un lado, temiendo que alguno de los tiros pudiera darle a él por culpa de la mala puntería del pelirrosa.
Y así siguió pasando con los diez tiros que siguieron. Apenas iban doce de treinta. El dueño del juego creía que no terminaría y eso le preocupaba, porque si…no se ganaría el peluche, eso estaba claro, pero seguro destruiría la madera de la tienda, pues los tiros podían ser pésimos, pero cada uno hacía resonar la madera del pequeño puesto con más fuerza que el anterior.
Sin embargo, lo que pasaría tal vez sería peor.
Tiro No.13.
—Jmmm…tal vez si cambio de ángulo no me vaya tan mal, ya que de frente no funciona —. Y eso hizo el pelirrosa, se colocó de lado, en diagonal a las botellas y…lanzó.
La pelota no chocó con la madera, no. Tampoco con las botellas, eso era obvio…el problema es que esta vez esa pequeña pelota de baseball, aparentemente inofensiva, fue volando directo hacia un lado de la carpa, a un lugar en donde no había madera si no…una cortina de tela.
No hace falta decir que la cortina se levantó con facilidad y la pelota no tuvo nada que pudiera detenerla en el camino para estrellarse con alguna persona o…mejor dicho…contra un sombrero.
El vendedor apartó la cortina, asustado y ¡Oh! Sus temores se hicieron realidad.
—¡SEÑOR ESPINOSA! ¿Está usted bien? —Gritó el dueño desde su tienda, mientras que el médico observaba desde la barrera del mostrador. Sonrió, nervioso…eso si que era llamar la atención, aunque, claro…nunca esperó que la pelota terminara incrustada en las espinas de un cactus que ni siquiera debía estar en un sitio con nieve.
—¿Ups? Supongo que me debo disculpar —. Desde su lugar saludó al afectado, que estaba al menos a unos ocho metros de él. Al lado había otro sujeto, de traje rojo y bastante parecido al que traía un cactus como sombrero… ¿No los había visto caminar antes por ahí? Creía que sí, pero no estaba seguro. —¡Lo siento! Mi puntería no es tan buena…pero sigo queriendo ese peluche ¿Aún puedo ganármelo? —No había habido heridos, quizá solo el sombrero, así que… ¿Para qué hacer de esto un show? Podían seguir con sus vidas, después de todo, él ya se había disculpado de la forma más honesta que podía.
Botiquín. Solo abrir en caso de emergencias.
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